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diciembre 2013

¿Coincidencias?

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Hace poco vi un documental de Discovery Channel llamado How The Earth Was Made. Dejando a un lado todas las cosas interesantes que se abordan a nivel científico (por cierto, es un documental perfectamente objetivo; no como esos del fin del mundo que más parecen una película de suspenso que un documento científico) generó en mí diversos pensamientos que quisiera comentar. Primero es necesario explicar de qué va el documental: explica, como su título lo dice, la formación de la tierra y todos los sucesos por lo que ha pasado hasta llegar a su forma actual. Son 4500 millones de años de historia. Pueden pasar a verlo, aquí les dejo el link; no me parece necesario que tengan conocimientos de geología, pero sí un mínimo interés en esta área; además, como deben saber, los documentales de Discovery son bastante didácticos. Ahora, dejando la publicidad, les diré el verdadero motivo por el que escribo esto. La tierra, en su larguísima vida, ha vivido una cantidad de catástrofes que, lejos de destruirla, la han acercado al estado ideal para desarrollar la vida. Yo, que estudio Geofísica y poco a poco he aprendido a amar este maravilloso planeta, me sorprendo todos los días al pensar en la serie de eventos que han permitido que los seres humanos hayamos podido reinar durante estos 10 mil años (este lapso e tiempo es, en palabras del documental, “una fracción de una fracción del 0,1% de la historia de la tierra”) Si uno solo de esos eventos y condiciones hubiese faltado no estaríamos hoy aquí. Les contaré algunos de estos elementos para que me entiendan mejor (espero no aburrirlos con algunos términos a los que necesariamente tendré que recurrir para explicarme bien) Al principio, los meteoritos no dejaban de estrellarse contra la tierra, incendiándola; pero precisamente estas rocas extraterrestres son la base de la principal teoría que justifica la presencia del agua en el planeta pues éstos contienen un 5% de H2O que se liberaba en vapor de agua y generaba precipitaciones. Algunos miles de millones de años después se produjo una nevada gigantesca que extinguió las pocas especies que ya existían, pero al mismo tiempo permitió la acumulación de calor necesaria para que se produjeran grandes explosiones volcánicas que separaron el súper continente Rodinia, generando así el primer modelo de nuestros continentes actuales. Cuando estos se unieron de nuevo en Pangea se dio en la tierra la explosión de vida más grande hasta ahora pero este hermoso continente (en el que ya existían los Dinosaurios) volvió a separarse mediante grandes y furiosas erupciones volcánicas que permitieron acondicionar el clima (y ayudar a acabar con los gigantes reptiles que ocupaban el planeta) para que la era de seres humanos por fin llegara (además, estas erupciones sacaron a la superficie unos minerales muya preciados por todos nosotros: los diamantes). Pudiera seguir relatando eventos y consecuencias pero sería bastante extenso y aburrido para todos. Lo más increíble de todo esto es que la tierra, con 7 planetas a su alrededor y tres de ellos muy parecidos a ella en cuanto a composición química y morfología, es la única que vivió cada uno de estos eventos y surgió de ellos renovada, lista para contener la vida. ¿No les sorprende? La tierra es el único planeta en nuestro sistema que funciona justo como debe funcionar para que nosotros estemos aquí; es como si cada una de las experiencias fuera un ingrediente de una preparación más grande: la vida. Las condiciones estuvieron dadas desde su formación, pero en el transcurso de todo este tiempo se estuvo preparando (o la estuvieron preparando) para recibirnos a nosotros. El clima que tenemos hoy en día, la baja actividad volcánica y sísmica, la capa de ozono que nos protege, la atmósfera rica en elementos necesarios para los vivientes, el campo magnético (este es otro señor que sólo tenemos nosotros y que es indispensable para la vida), nada de eso se había dado hasta ahora, ni se hubiera dado si no fuese por todo lo que pasó nuestro planeta. ¿Cómo es posible que haya sido un proceso tan bien pensado? No quería entrar en el tema de la religión (si, siempre lo digo) pero es imposible para mí hablar de tal perfección y no pensar en Dios. Un planeta tan maravilloso y funcional sólo puede ser obra divina. Si, tal vez la Iglesia exagere al decir que se formó todo en siete días, o en su teoría (totalmente refutada) de que la tierra tiene alrededor de 6 mil años; pero no se puede creer que un conjunto de eventos que apuntan a un solo objetivo es una coincidencia.  Incluso el hecho de que las rocas hayan sido erosionadas y trasladadas a la superficie, en la posición perfecta para que nosotros podamos estudiarlas es un regalo de Dios, para que podamos estudiar y entender. Él sabe muy bien que nosotros los humanos somos seres curiosos, que lo queremos saber todo y nos brinda una oportunidad para conocer hechos de hace nada menos que 4500 millones de años. Tal vez los estudiantes de medicina se maravillen de la misma manera al estudiar la perfección del cuerpo humano, y ese ya es otro tema que merece todo un tratado de filosofía y religión. Ya no me extenderé más. Pero, aunque no compartan mi punto de vista, espero que sí se sientan hechizados por el planeta en el que vivimos. Ahora sólo me queda hacer un poquito de propaganda ecológica. No soy de esas personas que viven verde y todo eso pero sí creo que es necesario que todos tomemos conciencia del tesoro que tenemos y que dejemos de jugar a que nos pertenece. No somos sus dueños. Este planeta nos ha sido prestado por unos miles de años, pero nuestra raza tal vez se extinga dentro de otros miles y el planeta siga existiendo para un nuevo ciclo de vida. La tierra es mucho más fuerte que nosotros, mucho más poderosa, por lo tanto, en algún momento nos pasará factura del daño que le hemos hecho en este corto período de tiempo. Y aún cuando no nos cobre nada, ¿por qué dañar algo que nos hace tanto bien? Teniendo todo lo que tenemos, sólo podemos dar gracias y enamorarnos de ella. Dámarys C.

Muñecas Monstruosas

Hace algunos meses vi un curso que estudiaba los modelos de “monstruos” de la sociedad. Qué es considerado monstruoso y por qué. Los anormales que salen del patrón y empiezan a molestar, para bien o para mal. Tuve la oportunidad de leer varios autores que abordan el tema de la anormalidad y brindan definiciones y perspectivas interesantes. Como siempre, tuve que escribir un ensayo acerca de un tipo de monstruo: político, religioso, social… más abajo les dejo lo que surgió de esto. Quisiera recordar que “monstruo” no necesariamente es algo malo; es algo raro, es algo incómodo, algo que no podemos manejar. El tema que elegí no es para despreciar un tipo de persona sino para analizar objetivamente las cosas buenas y malas que nos puede reportar. 

Muñecas monstruosas

Año 2013. Siglo XXI. Uno de los mayores orgullos de los habitantes de esta época, sean de la cultura que sea, es el incansable avance de nuestras generaciones. En  el aspecto tecnológico, los smartphone, las computadoras, son sólo un ejemplo; pero más allá, en los recónditos laboratorios de alta tecnología, donde ni siquiera es necesario utilizar la voz o las manos para activar un comando, hay un mundo de descubrimientos y hallazgos que nuestra mente es incapaz de imaginar. Sin embargo, creo que el mayor orgullo que ostentamos es el sentimiento de libertad que nos diferencia de los siglos anteriores. Yo pertenezco a una de las generaciones más recientes de este siglo; aunque nací en 1994, siglo XX, empecé a tener edad de analizar lo que observaba con el nuevo milenio. Crecí en un mundo donde la homosexualidad no es censurada, donde ir a la universidad no sólo es un derecho, sino que, en algunos círculos sociales, es una obligación; donde la mayoría de las mujeres, al menos en la cultura occidental, son libres de estar con quien quieran, hacer lo que quieran y decir lo que mejor les parezca. Yo misma pertenezco al sexo femenino y puedo dar fe de que me siento libre y con los medios para alcanzar mis sueños. Pero, ¿es igual para todo el género femenino?

Las mujeres hemos sido puestas en diferentes escenarios, siempre prestas a satisfacer las necesidades más apremiantes: madres abnegadas, hijas serviciales, esposas fieles, abnegadas y serviciales. Puede que este sea un contrato cuyo origen radique en la edad de piedra, donde el peligro rondaba por doquier en forma de bestias y hasta la principal función de la mujer, la maternidad, implicaba un riesgo; en este escenario, es muy probable que la mujer haya ofrecido servicio y placer a cambio de seguridad. El problema vino después. Cuando pasaron los peligros físicos y la mujer quiso ver el mundo con sus ojos y cuando, al verlo, surgieron anhelos, deseos y sueños. ¿Qué pensó el hombre al ver que la mujer, su mujer, no iba a estar siempre disponible para él?

Ahora bien, si generalizamos un poco más, no es difícil darnos cuenta de que la mujer ha tenido que recorrer un largo camino para alcanzar los derechos que tiene hoy, y ha sido un pasado tan tortuoso que fue necesario crear toda una serie de leyes para protegerla de los abusos del sexo masculino. Una de las principales características que vemos en los abusos hacia la mujer es la privación de libertad, la restricción de su espacio de poder. Pero ya los grupos feministas se han encargado no sólo de analizar, sino de tratar de resolver el problema, y no es mi intención repetir aquí sus ideas y justos planteamientos.

 Para cada época de la historia humana existía un tipo de mujer ideal, lo que se aceptaba y deseaba socialmente. Este parámetro de idealización marcaba el límite entre la mujer y el monstruo mujer. Son conocidas las imágenes de femme fatale, que surgen en el siglo XIX, como el lado diabólico de la mujer; la contraparte de un ente servicial, hogareño y sin deseos que representaba el ideal femenino del momento. Así, la mujer que se dedicaba únicamente a cuidar de su familia y a satisfacer a su marido era no sólo lo mejor sino lo más usual, mientras que la atrevida que osó soñar y no sacrificarse fue la que dio lugar a representaciones monstruosas, que la pintaban como un ser vil que sólo buscaba aprovecharse de los hombres y exprimirlos hasta la saciedad.

Por supuesto, en el pasado era fácil etiquetar a las mujeres de buenas o malas. La gran cantidad de limitaciones y estrictos códigos sociales a los que debía someterse el género femenino constituían el perfecto marco de referencia de lo normal y lo anormal. Dejando a un lado las restricciones legales, como el derecho al voto o a tener un peso en la opinión pública, la mujer ideal de los siglos XXIII y XIX tenía otras preocupaciones tácitas que la apremiaban a seguir un patrón rígido y limitante. Margaret Mitchell, autora de la novela Lo que el viento se llevó, obra que constituye, en mi opinión, una narración cercana y personal de la sociedad occidental del siglo XIX, describe precisamente lo que sería la vida de la mujer ideal en aquella época:

La vida de Elena no era fácil ni feliz; pero ella no había esperado que fuese fácil, y, en cuanto a la felicidad, era aquél su destino de mujer. El mundo pertenecía a los hombres, y ella lo aceptaba así. El hombre era el dueño de la prosperidad, y la mujer la dirigía. El hombre se llevaba el mérito de la gerencia y la mujer encomiaba su talento. El hombre mugía como un toro cuando se clavaba una astilla en un dedo y la mujer sofocaba sus gemidos en el parto, por temor a molestarle. Los hombres podían ser rudos y groseros, pero las mujeres debían ser siempre buenas, afables y fáciles al perdón (“Lo que el viento se llevó”, 9na edición: Abril de 1972, pag. 62)

Con semejante descripción, no es difícil entender a los hombres (y a algunas mujeres) que tachaban de demonio a cualquier fémina que se comportara como poco menos que un ángel. Así, la imagen de mujer monstruosa surge por la existencia de un previo código moral rígido que ponía expectativas muy altas. Si no hubiesen existido estas limitaciones y costumbres, es poco probable que surgiera la femme fatal, pues su maldad no tendría una contraparte bondadosa a la que oponerse.

Esta idea hace que sea inevitable pensar en el presente. ¿Cuál es la mujer ideal del siglo XXI? Con todas las libertades y derechos que hemos ganado a lo largo de los años, casi no quedan restricciones en la libertad del género femenino, tanto a nivel legal como social, lo que abre el camino para una gran variedad de personalidades y comportamientos, que dificultan el establecimiento de un modelo de mujer. Siendo que ya no existe un marco delimitante, podríamos preguntarnos ¿no existe entonces una mujer modelo? ¿No cabe en este siglo la diferenciación entre mujer monstruosa y mujer ideal?

Para responder a estas preguntas deberíamos empezar describiendo  a la mujer moderna (recordando que nos ubicamos en el espacio de la cultura occidental), para luego seguir con el establecimiento de su marco de referencia.

Hoy en día tenemos mujeres universitarias y amas de casa, madres solteras y solteronas por decisión propia; desde ingenieros hasta presidentas, pasando por cantantes, actrices, bailarinas y escritoras. Nos encontramos en un mundo lleno de mujeres que compiten no sólo con los hombres sino entre ellas mismas por un lugar en el mundo. Creo que no me equivocaría al decir que la mujer ideal de este siglo es la mujer luchadora y decidida. La mujer “normal” es la que decide su carrera y elige a su esposo; la que disfruta, la que pone primero sus deseos. No quiero decir que ya no exista la idea de maternidad y fidelidad, rasgos siempre característicos de la mujer, pero cada vez es más fácil encontrar mujeres que deciden no tener hijos o criarlos solas y éstas, a pesar de generar algunas dudas en su entorno, son aceptadas y, a veces, admiradas. De esta manera, tenemos que la mujer ideal del siglo XXI es, en pocas palabras, la mujer que irradia libertad y fortaleza. Como ocurría en el siglo XIX y a lo largo de toda la historia de la humanidad, lo que salga de este marco es considerado raro y anormal. Así, la mujer maltratada que no acude a las leyes que la protegen para salir de su situación, es incomprendida, se cataloga de enferma y se le asigna cualquier cantidad de síndromes para justificar su actitud. Aquella que permite que sus padres decidan su futuro es débil y despreciable. La que no se divorcia de su marido si éste la engaña, tiene problemas de autoestima y necesidad de atención, o no tiene fuerzas para salir adelante sola. En general, estas muñecas, mujeres sin voluntad, que salen del marco de la normalidad femenina actual, generan desprecio y compasión; pero, lo más importante, no se puede hacer nada para remediarlo, hecho que las acerca más al estado monstruoso.

En su libro Los Anormales, Michel Foucault caracteriza al “monstruo humano” como el que se encuentra dentro de un marco legal, pero no sólo porque rompa las leyes sino porque deja perpleja a la ley, en palabras de Foucault: “Puede decirse que lo que constituye la fuerza y la capacidad del monstruo es que, a la vez que viola la ley, la deja sin voz” (Los Anormales: Curso en el College de France 1974-1975, 2007, clase del 22 de Enero de 1975, pag. 62). Cuando la sociedad se ha esforzado por establecer un conjunto de normas y leyes que protejan la libertad del género femenino, es considerado una afrenta personal que éstas decidan ser objeto de maltrato; ante esta situación, ninguna ley, ninguna constitución, puede hacer nada; y, cuando la incomprensión y la impotencia hacen acto de presencia, sólo le queda a los observadores limitarse a etiquetar al individuo de anormal.

Hay otro aspecto en estas mujeres que nos hace pensar en ellas de manera monstruosa: las reacciones que producen en los que las rodean. Los elementos negativos, aquellos que fracasan en alcanzar el estado ideal moderno, nos permiten valorar lo que tenemos y lo que somos. Cuando observamos mujeres que se someten voluntariamente a una fuerza distinta a la propia, los éxitos y decisiones de la mujer moderna se aprecian aún mayores, lo que permite minimizar incluso más a la subyugada. Es esta una de las características que George Canguilhem destaca en su texto Lo Monstruoso y la Monstruosidad: “Puesto que la vida es capaz de fracasos, sus éxitos son fracasos evitados” (En: “Lo Monstruoso y la Monstruosidad”, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 34). Por esto, a pesar de querer que estas “mujeres títeres”, seres desgraciados que no poseen voluntad (rasgo más valorado por ambos sexos en el siglo XXI) entren en el mundo de la normalidad actual, en el fondo nos encontramos queriendo que se queden allí, pues su existencia es indispensable para establecer a las otras en su posición de superioridad; sin ellas, sería imposible delimitar el terreno de “bueno y malo”. Por otro lado, estas mujeres monstruos generan fascinación. La maravilla que generan algunos individuos es un hecho que ha caracterizado a los monstruos y a los anormales a través de la historia y que seguirá haciéndolo dentro de mucho tiempo. Hoy en día queremos creer que no hay excusas para que la mujer sea sometida, y que existan algunas que decidan serlo nos inquieta, hace que nos cuestionemos, que dudemos acerca no de nuestras propias decisiones, que consideramos correctas, sino de la fortaleza de éstas, pues la vida que conocemos está menos segura de lo que habríamos creído. Con todo esto, es sencillo resumir las reacciones que generan estas mujeres como un cúmulo de sensaciones confusas. Canguilhem lo explica maravillosamente cuando dice: “el sentimiento confuso de la importancia del monstruo para una apreciación correcta y completa de los valores de la vida determina la actitud ambivalente de la conciencia humana a su respecto” (Lo Monstruoso y la Monstruosidad, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 35). Tenemos, pues, que las mujeres que desafían el espíritu revolucionario y feminista del siglo XXI cumplen con otra de las características del monstruo, producen sentimientos encontrados, generan indecisión.

Pero, ¿bastan estos argumentos para calificar permanentemente a un tipo de mujer como monstruo? Son perfectamente válidos; coinciden (salvando las distancias temporales) con la definición de monstruo que hacen algunos autores; sin embargo, podríamos alegar que violan una ley fundamental de monstruosidad, que se basa en el pensamiento de Foucault: “Digamos que el monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido” (Los Anormales: Curso en el College de France 1974-1975, 2007, clase del 22 de Enero de 1975, pag. 61). De acuerdo con lo expuesto anteriormente, es evidente que la mujer ideal de esta época coincide con la mujer monstruosa del siglo XIX. Lo que era monstruoso en siglos anteriores se convierte hoy en día en normalidad. Podríamos pensar entonces que estas mujeres nunca fueron monstruos, y que las que hoy queremos catalogar de anormales tampoco lo son. La respuesta a esta contradicción se encuentra en las palabras de Foucault citadas anteriormente: lo que antes era monstruoso hoy no lo es porque es posible, porque es. Resulta evidente que el hilo temporal es personaje principal en esta cuestión; pero también lo es la actitud que los involucrados toman ante el paso del tiempo. Digo esto porque es probable que los monstruos femeninos de hace dos siglos hayan decidido aceptar su monstruosidad, y se abrieran paso, aún sin darse cuenta, a una superficie de normalidad, dejando atrás al modelo que las condenó.

Así, nos queda hacernos una pregunta cuya respuesta, lamentablemente, sólo podremos especular: ¿quién será el monstruo dentro de uno o dos siglos? ¿Cómo será la mujer que, queriéndolo o no, constituirá la norma? No lo sabemos; pero cuando llegue el momento de juzgar, sería útil recordar las palabras de Canguilhem: “El monstruo es un viviente cuyo valor reside en el contraste” (Lo Monstruoso y la Monstruosidad, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 34); monstruo no es siempre adjetivo negativo, sino muchas veces sustantivo que usamos para designar lo que sale de la norma y nos sorprende, para bien o para mal.

Dámarys C.

Religión, ciencias. Libertad.

Y como tengo fiebre de blog, acá estoy de nuevo. Es otro trabajo que escribí para una clase en la universidad. Es un poco más personal; pero prometo que no se trata de corazones rotos o amores platónicos. Religión. Si, es un tema bastante trillado y soy de las que piensan que el amor, el sexo y la religión son temas que sólo pueden ser tratados por grandes escritores para que no se sienta superficial y repetitivo. Sin embargo, como últimamente estoy atentando contra muchas de mis ideas previas, publico mi humilde punto de vista. 

Religión, Ciencias. Libertad.

El humano es un ser desfondado, excéntrico, fronterizo… No pude evitar sentirme
identificada con todas las características que define Cencillo en su texto Tratado de la
Intimidad y los Saberes, habida cuenta de que se refiere a los seres humanos. A medida que
leía pensaba en diferentes personas que demostraban poseer, en mayor o menor medida,
uno u otro de los aspectos presentados por el autor. Tardé un tiempo considerable en
terminar de leer debido a que, al terminar cada párrafo, debía detenerme
a pensar en cómo encajaba eso con la persona que creo que soy; los pensamientos más
recurrentes y a los que más tiempo debía dedicarles siempre giraban alrededor de la
religión. Tal vez sea conveniente aclarar que soy una persona creyente, que soy católica.
Me gusta asistir a misa: los sermones, la paz que siento cuando los escucho y el sentimiento
de que al salir de allí soy una mejor persona generan una sensación de orden que me hace
pensar que creer es lo correcto. Sin embargo, mientras crecía, este sentimiento, que me
acompaña desde que soy muy niña, se hacía difícil de sostener únicamente con las
explicaciones que me daban en casa. Primero fueron las lecciones de ciencias en la escuela
y, un poco más tarde, libros y películas que sugerían abiertamente la existencia de un Jesús
pecador, la inexistencia de Dios y con las sugerencias, venían las dudas. Luego quise
estudiar ingeniería y sobra decir que la fe no es la herramienta preferida de la ciencia. Aun
así, el sentimiento de que algo, alguien más grande que yo sí era el responsable de las cosas
que me rodeaban, no desaparecía; nunca puse ni he puesto en duda lo aprendido en el
colegio o la universidad, pero estaba segura de que todos los descubrimientos y avances se
hacían porque Dios así quería y que la primera ciencia fue creada por Él.
Puede pensarse que toda esta habladuría acerca de mis creencias y contradicciones son
cosas personales sin ningún aporte al lector e incluso al mismo autor, y es verdad; pero
quisiera aprovechar esta síntesis para referir (y al mismo tiempo entender) algunos de los
pensamientos que comentaba al principio de este texto.
Por poner un ejemplo: cuando leí del desfondamiento lo primero que pensé fue que era
cierto que la religión a la que pertenezco es mía porque mis padres así lo quisieron, que mi
necesidad de una base me condujo a querer creer lo que me enseñaban. Luego me di cuenta
de que si desde mi nacimiento hubiese estado programada para conocer la verdad no habría
tenido oportunidad de elegir. Porque, aunque hayan sido mis padres los que me inculcaron
la fe católica, fui yo la que decidió permanecer en ella. Pero esta certeza hizo que mis
anteriores dudas acerca de la religión regresaran: si fui yo la que eligió creer en Dios y en
Jesús, entonces puedo estar equivocada. El hecho de que seamos nosotros los que
decidimos lo que es “verdadero” o lo que es mejor, implica que existe la posibilidad de que
nada sea cierto. Debo confesar que a medida que leía me asustaba cada vez más, porque la
idea de nacer sin un fondo que nos sustente y que vamos construyendo con las herramientas
que más nos gusten va totalmente en contra de la existencia de un Ser que ha forjado
nuestro destino y que tiene una misión para cada uno de nosotros de acuerdo a nuestros
dones y capacidades. ¿Entonces la religión va en contra de la libertad y su consecuente
responsabilidad? Tuve que reflexionar un poco para preguntarme si las cosas buenas que
había hecho eran por miedo al castigo de Dios o porque yo lo había decidido libremente,
sin coacciones celestiales, gracias a los valores que construían mi “fondo”. Pude contestar
esta pregunta algunos días después, cuando leí Los Fundamentos de la Libertad, de Hayek,
que señala que el hecho de que nos encontremos dentro de una esfera de posibles y
decididas influencias nunca nos obliga a actuar de una determinada manera y por ello son
más valiosas nuestras decisiones y acciones. Este mismo principio puede y debe aplicarse a
la religión: ¿De qué serviría creer si nos vemos obligados a ello? Más aún, conocer un poco
de las ciencias contrarias a la fe y aun así sentir que la religión sigue siendo válida, ha
fortalecido mis creencias y las han hecho, creo yo, más reales.
Algo similar ocurrió con la frontería, la negatividad y la tensión bipolar. Constantemente se
me presentaban ideas contrarias a lo que vivo dentro de mis creencias, pero que sabía eran
correctas. ¿Cómo negar, por ejemplo, que somos seres excéntricos, que siempre buscamos
cosas por el hecho de buscar y no por poseerlas? La religión, de nuevo, representó para mí
la mejor imagen de ello: la religión nos llena, no sólo porque nos brinda la posibilidad de
construir valores, sino porque nos obliga a pasarnos la vida planteándonos preguntas y
buscando respuestas. De hecho, es esta cualidad la que hace a la religión tan buena
herramienta para la construcción de fondos, porque conlleva una búsqueda perenne que, si
orientamos en un buen sentido, nos llevará a conocernos mejor a nosotros mismos, aun
cuando no consigamos dar respuesta a nuestros interrogantes.
A medida que leía me daba cuenta de que la religión, siempre tan contradictoria, encerraba
todo lo que los seres humanos somos. Me parecía que era una expresión de la misma
humanidad, y fue en ella donde encontré los ejemplos que necesitaba para entender muchos
de los conceptos explicados.
Cuando terminé de leer los textos, la religión, que me había planteado tantos interrogantes y
contradicciones al principio, me ayudó a comprender una última cosa: siempre pensé que
Dios era la primera capa de mi fondo, pero me di cuenta de que mi verdadera base fue la
libertad; aún sin saberlo, es en ella donde he depositado todas mis elecciones. Si bien es
cierto que el catolicismo es uno de los ejes centrales de mi vida, la libertad me brindó la
posibilidad de construir ese pilar. La capacidad de elegir es la responsable de la
construcción de mi ser, de ese ser que posibilita mi acercamiento a Dios; tal vez lo sabía y
por eso nos hizo capaces de ser libres, para que uno de los usos que le diéramos fuera
acercarnos a Él.
En pocas palabras: Sin libertad no es posible construir un espacio íntimo y denso, sólo en la
intimidad podremos entendernos realmente, y es en el entendimiento donde encontraremos
a Dios.

Dámarys C.

¿Cultura para el pueblo o cultura popular?

Segunda prueba. Tuve algunos problemas con la primera entrada. Si la leíste porque apreció en cierta cuenta de twitter en la que no debería haber aparecido, lo siento.

Ahora, aquí está un trabajo que escribí para un general en la universidad (Universidad Simón Bolívar, por cierto).

¿Cultura para el pueblo o cultura popular?

Hace algunas semanas llegó a mis manos un libro de Vargas Llosa titulado La Civilización del Espectáculo, ensayo maravilloso que hace una fuerte crítica a la “cultura” moderna, en la que cualquier libro es considerado literatura y todos los cuadros son arte. En su texto, Vargas Llosa analiza las diferentes causas que han colaborado en esta banalización de la cultura; por eso, no me sorprendí cuando, entre los últimos capítulos, encontré una mención al gobierno venezolano, en que lo tomaban como ejemplo de cómo la política puede destruir la cultura de un país. Recientemente, volví a recordar al escritor mientras leía un artículo de opinión en el diario El Nacional que hacía referencia a la reseña de una poeta alemana que visitó el país hace unos días por el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas; la escritora se dedica a contar su experiencia en la ciudad y critica numerosos factores que ya son cosa usual para los venezolanos. El artículo me llamó la atención lo suficiente como para buscar esta reseña de Xochil Schutz. Entre las cosas que más molestan a la alemana se encuentra el empeño del gobierno de “intentar vender propaganda como arte y así degradar el arte al nivel de propaganda”. Finalmente, decidí escribir sobre este tema cuando leí una de las últimas frases de la reseña de Schutz: “¿Es posible que gente tan simpática apoye a una dictadura y que eventualmente la ayude a construir?”

Porque sí, definitivamente vivimos un paso más cerca de la dictadura que de la democracia. En clase hemos estudiado la libertad, el liberalismo y la conjugación de éstos en un sistema político. Cuando se tienen los elementos de la democracia tan claramente definidos, es imposible ignorar el desvergonzado incumplimiento que se les da en nuestro país. Ahora, realmente no es mi intención hablar de las razones por las cuales no disfrutamos de los beneficios de la democracia, sino de las consecuencias que este estado genera en nuestras vidas; de hecho, quisiera concentrarme en una en específico: la falta de cultura (o la mala cultura) en la que vivimos los venezolanos, porque me parece que es ésta la que eventualmente podría contestar la pregunta planteada en el párrafo anterior.

El hecho de que el gobierno quiera hacernos creer que sólo ellos han llevado vida cultural a las personas menos favorecidas es una señal, como mínimo, alarmante porque ¿qué clase de culturización es la que están brindando? Si creemos lo que nos cuenta Xochil Schutz en su reseña, llegaremos a la conclusión de que, en vez de cultura, lo que enseñan es una ideología, casi una profesión de fe hacia Chávez. Si los poemas que escucha esta gente sólo cantan alabanzas al difunto presidente, si los libros y folletos que leen son precisamente aquellos que apoyan ciegamente no sólo el socialismo sino el Socialismo del Siglo XXI y el único arte que aprecian son fotografías con el rostro y los ojos de Chávez, no es extraño entonces que “gente tan simpática apoye a una dictadura”. Mientras escribo esto, no he dejado de recordar las clases del general en las que hablábamos de los dos tipos de liberalismo; es evidente que en Venezuela, en caso de poseer realmente algunos elementos liberales, estos pertenecen al continental. No estoy segura de que el gobierno actual tenga de hecho una ideología clara, pero de tenerla, está orientada a obligarnos (en todo el sentido de la palabra) a ser libres. A ser libres de jugar con las reglas que ellos han impuesto. Nos han dado una libertad positiva aparente pero, ¿y la constante coacción a la que nos vemos sometidos? ¿Qué hacemos si no queremos escuchar lo maravilloso que fue Chávez, cuando lo exponen en cada edificio, en cada canal, en cada emisora? No me parece justo que no pueda confiar en un evento cultural organizado por el gobierno por miedo a que el verdadero objetivo no sea alabar el talento, sino darnos una lección de agradecimiento a Chávez.

La cultura siempre ha sido para mí un refugio y un arma; es lo único que, en este país en el que el gobierno está radicalmente parcializado en todos los ámbitos de la vida, nos brinda una alternativa de pensamiento; nos permite no sólo protegernos de un lavado de cerebro sino atacar y ganar terreno mediante una conversación objetiva o una buena recomendación literaria. Por eso, esta distorsión y malversación de la cultura me asusta: es consecuencia ya la vez causa del mal en el que vivimos.

Dámarys C.

Primera Entrada!

Si. Por fin abrí un blog. Me gusta escribir, pero nunca tanto como leer. Tengo expectativas tan altas con las cosas que leo que considero que las que escribo no tienen gran significancia. Pero como soy partidaria de que las palabras (casi siempre) deben permanecer, quisiera darles (darme) una oportunidad. Probablemente muy pocas personas lo lean, pero al menos yo sabré que está aquí. Además, pensándolo bien, brinda una ventaja de lo más práctica: No tengo que volver a molestar a la gente que me rodea con mis pensamientos repentinos y mis impresiones de libros. Pobrecitos, hacen lo que pueden, pero no siempre pueden aparentar interés.

Entonces, aquí habrá cosas de las que probablemente me arrepienta más adelante. Pero más que nada (y espero tener tiempo para seguir el ritmo) cosas de libros, opiniones -a veces crueles- y unas que otras ideas. No me gustaría que se convirtiera en un diario personal, así que, si alguien llega a leer algo parecido, por favor hagánmelo saber.

Para ser una primera entrada es bastante insustancial; poco a poco iré dejando cosas mejores (o peores) que no sean sólo de interés para mí.

Dámarys C.

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