Segunda prueba. Tuve algunos problemas con la primera entrada. Si la leíste porque apreció en cierta cuenta de twitter en la que no debería haber aparecido, lo siento.

Ahora, aquí está un trabajo que escribí para un general en la universidad (Universidad Simón Bolívar, por cierto).

¿Cultura para el pueblo o cultura popular?

Hace algunas semanas llegó a mis manos un libro de Vargas Llosa titulado La Civilización del Espectáculo, ensayo maravilloso que hace una fuerte crítica a la “cultura” moderna, en la que cualquier libro es considerado literatura y todos los cuadros son arte. En su texto, Vargas Llosa analiza las diferentes causas que han colaborado en esta banalización de la cultura; por eso, no me sorprendí cuando, entre los últimos capítulos, encontré una mención al gobierno venezolano, en que lo tomaban como ejemplo de cómo la política puede destruir la cultura de un país. Recientemente, volví a recordar al escritor mientras leía un artículo de opinión en el diario El Nacional que hacía referencia a la reseña de una poeta alemana que visitó el país hace unos días por el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas; la escritora se dedica a contar su experiencia en la ciudad y critica numerosos factores que ya son cosa usual para los venezolanos. El artículo me llamó la atención lo suficiente como para buscar esta reseña de Xochil Schutz. Entre las cosas que más molestan a la alemana se encuentra el empeño del gobierno de “intentar vender propaganda como arte y así degradar el arte al nivel de propaganda”. Finalmente, decidí escribir sobre este tema cuando leí una de las últimas frases de la reseña de Schutz: “¿Es posible que gente tan simpática apoye a una dictadura y que eventualmente la ayude a construir?”

Porque sí, definitivamente vivimos un paso más cerca de la dictadura que de la democracia. En clase hemos estudiado la libertad, el liberalismo y la conjugación de éstos en un sistema político. Cuando se tienen los elementos de la democracia tan claramente definidos, es imposible ignorar el desvergonzado incumplimiento que se les da en nuestro país. Ahora, realmente no es mi intención hablar de las razones por las cuales no disfrutamos de los beneficios de la democracia, sino de las consecuencias que este estado genera en nuestras vidas; de hecho, quisiera concentrarme en una en específico: la falta de cultura (o la mala cultura) en la que vivimos los venezolanos, porque me parece que es ésta la que eventualmente podría contestar la pregunta planteada en el párrafo anterior.

El hecho de que el gobierno quiera hacernos creer que sólo ellos han llevado vida cultural a las personas menos favorecidas es una señal, como mínimo, alarmante porque ¿qué clase de culturización es la que están brindando? Si creemos lo que nos cuenta Xochil Schutz en su reseña, llegaremos a la conclusión de que, en vez de cultura, lo que enseñan es una ideología, casi una profesión de fe hacia Chávez. Si los poemas que escucha esta gente sólo cantan alabanzas al difunto presidente, si los libros y folletos que leen son precisamente aquellos que apoyan ciegamente no sólo el socialismo sino el Socialismo del Siglo XXI y el único arte que aprecian son fotografías con el rostro y los ojos de Chávez, no es extraño entonces que “gente tan simpática apoye a una dictadura”. Mientras escribo esto, no he dejado de recordar las clases del general en las que hablábamos de los dos tipos de liberalismo; es evidente que en Venezuela, en caso de poseer realmente algunos elementos liberales, estos pertenecen al continental. No estoy segura de que el gobierno actual tenga de hecho una ideología clara, pero de tenerla, está orientada a obligarnos (en todo el sentido de la palabra) a ser libres. A ser libres de jugar con las reglas que ellos han impuesto. Nos han dado una libertad positiva aparente pero, ¿y la constante coacción a la que nos vemos sometidos? ¿Qué hacemos si no queremos escuchar lo maravilloso que fue Chávez, cuando lo exponen en cada edificio, en cada canal, en cada emisora? No me parece justo que no pueda confiar en un evento cultural organizado por el gobierno por miedo a que el verdadero objetivo no sea alabar el talento, sino darnos una lección de agradecimiento a Chávez.

La cultura siempre ha sido para mí un refugio y un arma; es lo único que, en este país en el que el gobierno está radicalmente parcializado en todos los ámbitos de la vida, nos brinda una alternativa de pensamiento; nos permite no sólo protegernos de un lavado de cerebro sino atacar y ganar terreno mediante una conversación objetiva o una buena recomendación literaria. Por eso, esta distorsión y malversación de la cultura me asusta: es consecuencia ya la vez causa del mal en el que vivimos.

Dámarys C.

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