Y como tengo fiebre de blog, acá estoy de nuevo. Es otro trabajo que escribí para una clase en la universidad. Es un poco más personal; pero prometo que no se trata de corazones rotos o amores platónicos. Religión. Si, es un tema bastante trillado y soy de las que piensan que el amor, el sexo y la religión son temas que sólo pueden ser tratados por grandes escritores para que no se sienta superficial y repetitivo. Sin embargo, como últimamente estoy atentando contra muchas de mis ideas previas, publico mi humilde punto de vista. 

Religión, Ciencias. Libertad.

El humano es un ser desfondado, excéntrico, fronterizo… No pude evitar sentirme
identificada con todas las características que define Cencillo en su texto Tratado de la
Intimidad y los Saberes, habida cuenta de que se refiere a los seres humanos. A medida que
leía pensaba en diferentes personas que demostraban poseer, en mayor o menor medida,
uno u otro de los aspectos presentados por el autor. Tardé un tiempo considerable en
terminar de leer debido a que, al terminar cada párrafo, debía detenerme
a pensar en cómo encajaba eso con la persona que creo que soy; los pensamientos más
recurrentes y a los que más tiempo debía dedicarles siempre giraban alrededor de la
religión. Tal vez sea conveniente aclarar que soy una persona creyente, que soy católica.
Me gusta asistir a misa: los sermones, la paz que siento cuando los escucho y el sentimiento
de que al salir de allí soy una mejor persona generan una sensación de orden que me hace
pensar que creer es lo correcto. Sin embargo, mientras crecía, este sentimiento, que me
acompaña desde que soy muy niña, se hacía difícil de sostener únicamente con las
explicaciones que me daban en casa. Primero fueron las lecciones de ciencias en la escuela
y, un poco más tarde, libros y películas que sugerían abiertamente la existencia de un Jesús
pecador, la inexistencia de Dios y con las sugerencias, venían las dudas. Luego quise
estudiar ingeniería y sobra decir que la fe no es la herramienta preferida de la ciencia. Aun
así, el sentimiento de que algo, alguien más grande que yo sí era el responsable de las cosas
que me rodeaban, no desaparecía; nunca puse ni he puesto en duda lo aprendido en el
colegio o la universidad, pero estaba segura de que todos los descubrimientos y avances se
hacían porque Dios así quería y que la primera ciencia fue creada por Él.
Puede pensarse que toda esta habladuría acerca de mis creencias y contradicciones son
cosas personales sin ningún aporte al lector e incluso al mismo autor, y es verdad; pero
quisiera aprovechar esta síntesis para referir (y al mismo tiempo entender) algunos de los
pensamientos que comentaba al principio de este texto.
Por poner un ejemplo: cuando leí del desfondamiento lo primero que pensé fue que era
cierto que la religión a la que pertenezco es mía porque mis padres así lo quisieron, que mi
necesidad de una base me condujo a querer creer lo que me enseñaban. Luego me di cuenta
de que si desde mi nacimiento hubiese estado programada para conocer la verdad no habría
tenido oportunidad de elegir. Porque, aunque hayan sido mis padres los que me inculcaron
la fe católica, fui yo la que decidió permanecer en ella. Pero esta certeza hizo que mis
anteriores dudas acerca de la religión regresaran: si fui yo la que eligió creer en Dios y en
Jesús, entonces puedo estar equivocada. El hecho de que seamos nosotros los que
decidimos lo que es “verdadero” o lo que es mejor, implica que existe la posibilidad de que
nada sea cierto. Debo confesar que a medida que leía me asustaba cada vez más, porque la
idea de nacer sin un fondo que nos sustente y que vamos construyendo con las herramientas
que más nos gusten va totalmente en contra de la existencia de un Ser que ha forjado
nuestro destino y que tiene una misión para cada uno de nosotros de acuerdo a nuestros
dones y capacidades. ¿Entonces la religión va en contra de la libertad y su consecuente
responsabilidad? Tuve que reflexionar un poco para preguntarme si las cosas buenas que
había hecho eran por miedo al castigo de Dios o porque yo lo había decidido libremente,
sin coacciones celestiales, gracias a los valores que construían mi “fondo”. Pude contestar
esta pregunta algunos días después, cuando leí Los Fundamentos de la Libertad, de Hayek,
que señala que el hecho de que nos encontremos dentro de una esfera de posibles y
decididas influencias nunca nos obliga a actuar de una determinada manera y por ello son
más valiosas nuestras decisiones y acciones. Este mismo principio puede y debe aplicarse a
la religión: ¿De qué serviría creer si nos vemos obligados a ello? Más aún, conocer un poco
de las ciencias contrarias a la fe y aun así sentir que la religión sigue siendo válida, ha
fortalecido mis creencias y las han hecho, creo yo, más reales.
Algo similar ocurrió con la frontería, la negatividad y la tensión bipolar. Constantemente se
me presentaban ideas contrarias a lo que vivo dentro de mis creencias, pero que sabía eran
correctas. ¿Cómo negar, por ejemplo, que somos seres excéntricos, que siempre buscamos
cosas por el hecho de buscar y no por poseerlas? La religión, de nuevo, representó para mí
la mejor imagen de ello: la religión nos llena, no sólo porque nos brinda la posibilidad de
construir valores, sino porque nos obliga a pasarnos la vida planteándonos preguntas y
buscando respuestas. De hecho, es esta cualidad la que hace a la religión tan buena
herramienta para la construcción de fondos, porque conlleva una búsqueda perenne que, si
orientamos en un buen sentido, nos llevará a conocernos mejor a nosotros mismos, aun
cuando no consigamos dar respuesta a nuestros interrogantes.
A medida que leía me daba cuenta de que la religión, siempre tan contradictoria, encerraba
todo lo que los seres humanos somos. Me parecía que era una expresión de la misma
humanidad, y fue en ella donde encontré los ejemplos que necesitaba para entender muchos
de los conceptos explicados.
Cuando terminé de leer los textos, la religión, que me había planteado tantos interrogantes y
contradicciones al principio, me ayudó a comprender una última cosa: siempre pensé que
Dios era la primera capa de mi fondo, pero me di cuenta de que mi verdadera base fue la
libertad; aún sin saberlo, es en ella donde he depositado todas mis elecciones. Si bien es
cierto que el catolicismo es uno de los ejes centrales de mi vida, la libertad me brindó la
posibilidad de construir ese pilar. La capacidad de elegir es la responsable de la
construcción de mi ser, de ese ser que posibilita mi acercamiento a Dios; tal vez lo sabía y
por eso nos hizo capaces de ser libres, para que uno de los usos que le diéramos fuera
acercarnos a Él.
En pocas palabras: Sin libertad no es posible construir un espacio íntimo y denso, sólo en la
intimidad podremos entendernos realmente, y es en el entendimiento donde encontraremos
a Dios.

Dámarys C.

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