Hace algunos meses vi un curso que estudiaba los modelos de “monstruos” de la sociedad. Qué es considerado monstruoso y por qué. Los anormales que salen del patrón y empiezan a molestar, para bien o para mal. Tuve la oportunidad de leer varios autores que abordan el tema de la anormalidad y brindan definiciones y perspectivas interesantes. Como siempre, tuve que escribir un ensayo acerca de un tipo de monstruo: político, religioso, social… más abajo les dejo lo que surgió de esto. Quisiera recordar que “monstruo” no necesariamente es algo malo; es algo raro, es algo incómodo, algo que no podemos manejar. El tema que elegí no es para despreciar un tipo de persona sino para analizar objetivamente las cosas buenas y malas que nos puede reportar. 

Muñecas monstruosas

Año 2013. Siglo XXI. Uno de los mayores orgullos de los habitantes de esta época, sean de la cultura que sea, es el incansable avance de nuestras generaciones. En  el aspecto tecnológico, los smartphone, las computadoras, son sólo un ejemplo; pero más allá, en los recónditos laboratorios de alta tecnología, donde ni siquiera es necesario utilizar la voz o las manos para activar un comando, hay un mundo de descubrimientos y hallazgos que nuestra mente es incapaz de imaginar. Sin embargo, creo que el mayor orgullo que ostentamos es el sentimiento de libertad que nos diferencia de los siglos anteriores. Yo pertenezco a una de las generaciones más recientes de este siglo; aunque nací en 1994, siglo XX, empecé a tener edad de analizar lo que observaba con el nuevo milenio. Crecí en un mundo donde la homosexualidad no es censurada, donde ir a la universidad no sólo es un derecho, sino que, en algunos círculos sociales, es una obligación; donde la mayoría de las mujeres, al menos en la cultura occidental, son libres de estar con quien quieran, hacer lo que quieran y decir lo que mejor les parezca. Yo misma pertenezco al sexo femenino y puedo dar fe de que me siento libre y con los medios para alcanzar mis sueños. Pero, ¿es igual para todo el género femenino?

Las mujeres hemos sido puestas en diferentes escenarios, siempre prestas a satisfacer las necesidades más apremiantes: madres abnegadas, hijas serviciales, esposas fieles, abnegadas y serviciales. Puede que este sea un contrato cuyo origen radique en la edad de piedra, donde el peligro rondaba por doquier en forma de bestias y hasta la principal función de la mujer, la maternidad, implicaba un riesgo; en este escenario, es muy probable que la mujer haya ofrecido servicio y placer a cambio de seguridad. El problema vino después. Cuando pasaron los peligros físicos y la mujer quiso ver el mundo con sus ojos y cuando, al verlo, surgieron anhelos, deseos y sueños. ¿Qué pensó el hombre al ver que la mujer, su mujer, no iba a estar siempre disponible para él?

Ahora bien, si generalizamos un poco más, no es difícil darnos cuenta de que la mujer ha tenido que recorrer un largo camino para alcanzar los derechos que tiene hoy, y ha sido un pasado tan tortuoso que fue necesario crear toda una serie de leyes para protegerla de los abusos del sexo masculino. Una de las principales características que vemos en los abusos hacia la mujer es la privación de libertad, la restricción de su espacio de poder. Pero ya los grupos feministas se han encargado no sólo de analizar, sino de tratar de resolver el problema, y no es mi intención repetir aquí sus ideas y justos planteamientos.

 Para cada época de la historia humana existía un tipo de mujer ideal, lo que se aceptaba y deseaba socialmente. Este parámetro de idealización marcaba el límite entre la mujer y el monstruo mujer. Son conocidas las imágenes de femme fatale, que surgen en el siglo XIX, como el lado diabólico de la mujer; la contraparte de un ente servicial, hogareño y sin deseos que representaba el ideal femenino del momento. Así, la mujer que se dedicaba únicamente a cuidar de su familia y a satisfacer a su marido era no sólo lo mejor sino lo más usual, mientras que la atrevida que osó soñar y no sacrificarse fue la que dio lugar a representaciones monstruosas, que la pintaban como un ser vil que sólo buscaba aprovecharse de los hombres y exprimirlos hasta la saciedad.

Por supuesto, en el pasado era fácil etiquetar a las mujeres de buenas o malas. La gran cantidad de limitaciones y estrictos códigos sociales a los que debía someterse el género femenino constituían el perfecto marco de referencia de lo normal y lo anormal. Dejando a un lado las restricciones legales, como el derecho al voto o a tener un peso en la opinión pública, la mujer ideal de los siglos XXIII y XIX tenía otras preocupaciones tácitas que la apremiaban a seguir un patrón rígido y limitante. Margaret Mitchell, autora de la novela Lo que el viento se llevó, obra que constituye, en mi opinión, una narración cercana y personal de la sociedad occidental del siglo XIX, describe precisamente lo que sería la vida de la mujer ideal en aquella época:

La vida de Elena no era fácil ni feliz; pero ella no había esperado que fuese fácil, y, en cuanto a la felicidad, era aquél su destino de mujer. El mundo pertenecía a los hombres, y ella lo aceptaba así. El hombre era el dueño de la prosperidad, y la mujer la dirigía. El hombre se llevaba el mérito de la gerencia y la mujer encomiaba su talento. El hombre mugía como un toro cuando se clavaba una astilla en un dedo y la mujer sofocaba sus gemidos en el parto, por temor a molestarle. Los hombres podían ser rudos y groseros, pero las mujeres debían ser siempre buenas, afables y fáciles al perdón (“Lo que el viento se llevó”, 9na edición: Abril de 1972, pag. 62)

Con semejante descripción, no es difícil entender a los hombres (y a algunas mujeres) que tachaban de demonio a cualquier fémina que se comportara como poco menos que un ángel. Así, la imagen de mujer monstruosa surge por la existencia de un previo código moral rígido que ponía expectativas muy altas. Si no hubiesen existido estas limitaciones y costumbres, es poco probable que surgiera la femme fatal, pues su maldad no tendría una contraparte bondadosa a la que oponerse.

Esta idea hace que sea inevitable pensar en el presente. ¿Cuál es la mujer ideal del siglo XXI? Con todas las libertades y derechos que hemos ganado a lo largo de los años, casi no quedan restricciones en la libertad del género femenino, tanto a nivel legal como social, lo que abre el camino para una gran variedad de personalidades y comportamientos, que dificultan el establecimiento de un modelo de mujer. Siendo que ya no existe un marco delimitante, podríamos preguntarnos ¿no existe entonces una mujer modelo? ¿No cabe en este siglo la diferenciación entre mujer monstruosa y mujer ideal?

Para responder a estas preguntas deberíamos empezar describiendo  a la mujer moderna (recordando que nos ubicamos en el espacio de la cultura occidental), para luego seguir con el establecimiento de su marco de referencia.

Hoy en día tenemos mujeres universitarias y amas de casa, madres solteras y solteronas por decisión propia; desde ingenieros hasta presidentas, pasando por cantantes, actrices, bailarinas y escritoras. Nos encontramos en un mundo lleno de mujeres que compiten no sólo con los hombres sino entre ellas mismas por un lugar en el mundo. Creo que no me equivocaría al decir que la mujer ideal de este siglo es la mujer luchadora y decidida. La mujer “normal” es la que decide su carrera y elige a su esposo; la que disfruta, la que pone primero sus deseos. No quiero decir que ya no exista la idea de maternidad y fidelidad, rasgos siempre característicos de la mujer, pero cada vez es más fácil encontrar mujeres que deciden no tener hijos o criarlos solas y éstas, a pesar de generar algunas dudas en su entorno, son aceptadas y, a veces, admiradas. De esta manera, tenemos que la mujer ideal del siglo XXI es, en pocas palabras, la mujer que irradia libertad y fortaleza. Como ocurría en el siglo XIX y a lo largo de toda la historia de la humanidad, lo que salga de este marco es considerado raro y anormal. Así, la mujer maltratada que no acude a las leyes que la protegen para salir de su situación, es incomprendida, se cataloga de enferma y se le asigna cualquier cantidad de síndromes para justificar su actitud. Aquella que permite que sus padres decidan su futuro es débil y despreciable. La que no se divorcia de su marido si éste la engaña, tiene problemas de autoestima y necesidad de atención, o no tiene fuerzas para salir adelante sola. En general, estas muñecas, mujeres sin voluntad, que salen del marco de la normalidad femenina actual, generan desprecio y compasión; pero, lo más importante, no se puede hacer nada para remediarlo, hecho que las acerca más al estado monstruoso.

En su libro Los Anormales, Michel Foucault caracteriza al “monstruo humano” como el que se encuentra dentro de un marco legal, pero no sólo porque rompa las leyes sino porque deja perpleja a la ley, en palabras de Foucault: “Puede decirse que lo que constituye la fuerza y la capacidad del monstruo es que, a la vez que viola la ley, la deja sin voz” (Los Anormales: Curso en el College de France 1974-1975, 2007, clase del 22 de Enero de 1975, pag. 62). Cuando la sociedad se ha esforzado por establecer un conjunto de normas y leyes que protejan la libertad del género femenino, es considerado una afrenta personal que éstas decidan ser objeto de maltrato; ante esta situación, ninguna ley, ninguna constitución, puede hacer nada; y, cuando la incomprensión y la impotencia hacen acto de presencia, sólo le queda a los observadores limitarse a etiquetar al individuo de anormal.

Hay otro aspecto en estas mujeres que nos hace pensar en ellas de manera monstruosa: las reacciones que producen en los que las rodean. Los elementos negativos, aquellos que fracasan en alcanzar el estado ideal moderno, nos permiten valorar lo que tenemos y lo que somos. Cuando observamos mujeres que se someten voluntariamente a una fuerza distinta a la propia, los éxitos y decisiones de la mujer moderna se aprecian aún mayores, lo que permite minimizar incluso más a la subyugada. Es esta una de las características que George Canguilhem destaca en su texto Lo Monstruoso y la Monstruosidad: “Puesto que la vida es capaz de fracasos, sus éxitos son fracasos evitados” (En: “Lo Monstruoso y la Monstruosidad”, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 34). Por esto, a pesar de querer que estas “mujeres títeres”, seres desgraciados que no poseen voluntad (rasgo más valorado por ambos sexos en el siglo XXI) entren en el mundo de la normalidad actual, en el fondo nos encontramos queriendo que se queden allí, pues su existencia es indispensable para establecer a las otras en su posición de superioridad; sin ellas, sería imposible delimitar el terreno de “bueno y malo”. Por otro lado, estas mujeres monstruos generan fascinación. La maravilla que generan algunos individuos es un hecho que ha caracterizado a los monstruos y a los anormales a través de la historia y que seguirá haciéndolo dentro de mucho tiempo. Hoy en día queremos creer que no hay excusas para que la mujer sea sometida, y que existan algunas que decidan serlo nos inquieta, hace que nos cuestionemos, que dudemos acerca no de nuestras propias decisiones, que consideramos correctas, sino de la fortaleza de éstas, pues la vida que conocemos está menos segura de lo que habríamos creído. Con todo esto, es sencillo resumir las reacciones que generan estas mujeres como un cúmulo de sensaciones confusas. Canguilhem lo explica maravillosamente cuando dice: “el sentimiento confuso de la importancia del monstruo para una apreciación correcta y completa de los valores de la vida determina la actitud ambivalente de la conciencia humana a su respecto” (Lo Monstruoso y la Monstruosidad, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 35). Tenemos, pues, que las mujeres que desafían el espíritu revolucionario y feminista del siglo XXI cumplen con otra de las características del monstruo, producen sentimientos encontrados, generan indecisión.

Pero, ¿bastan estos argumentos para calificar permanentemente a un tipo de mujer como monstruo? Son perfectamente válidos; coinciden (salvando las distancias temporales) con la definición de monstruo que hacen algunos autores; sin embargo, podríamos alegar que violan una ley fundamental de monstruosidad, que se basa en el pensamiento de Foucault: “Digamos que el monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido” (Los Anormales: Curso en el College de France 1974-1975, 2007, clase del 22 de Enero de 1975, pag. 61). De acuerdo con lo expuesto anteriormente, es evidente que la mujer ideal de esta época coincide con la mujer monstruosa del siglo XIX. Lo que era monstruoso en siglos anteriores se convierte hoy en día en normalidad. Podríamos pensar entonces que estas mujeres nunca fueron monstruos, y que las que hoy queremos catalogar de anormales tampoco lo son. La respuesta a esta contradicción se encuentra en las palabras de Foucault citadas anteriormente: lo que antes era monstruoso hoy no lo es porque es posible, porque es. Resulta evidente que el hilo temporal es personaje principal en esta cuestión; pero también lo es la actitud que los involucrados toman ante el paso del tiempo. Digo esto porque es probable que los monstruos femeninos de hace dos siglos hayan decidido aceptar su monstruosidad, y se abrieran paso, aún sin darse cuenta, a una superficie de normalidad, dejando atrás al modelo que las condenó.

Así, nos queda hacernos una pregunta cuya respuesta, lamentablemente, sólo podremos especular: ¿quién será el monstruo dentro de uno o dos siglos? ¿Cómo será la mujer que, queriéndolo o no, constituirá la norma? No lo sabemos; pero cuando llegue el momento de juzgar, sería útil recordar las palabras de Canguilhem: “El monstruo es un viviente cuyo valor reside en el contraste” (Lo Monstruoso y la Monstruosidad, revista trimestral Diógenes N° 40, 1992, pag. 34); monstruo no es siempre adjetivo negativo, sino muchas veces sustantivo que usamos para designar lo que sale de la norma y nos sorprende, para bien o para mal.

Dámarys C.

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