Hace unos días empecé a leer por segunda vez unos libros que merecen ser leídos no dos ni tres, sino muchas veces en el transcurso del tiempo: La saga de Los Confines, escrita por Liliana Bodoc.

Desde la primera página me propuse hacer una reseña (mi primera reseña); pero ahora me doy cuenta de que no hay manera de hacerle justicia a estos libros ni de expresar en algunas palabras todos los motivos por los cuales son únicos; intentaré al menos expresarles el sentimiento que generan.

El primero de estos libros, Los Días del Venado, empieza presentándonos un continente, un pueblo, una historia, todo un cuadro que ni aún al finalizar el tercer libro queda terminado, pero es que, ¿cómo se retrata en unas pocas páginas todas las leyendas, cuentos, leyes y costumbres que constituyen no una sino muchas vidas? Y lo de muchas vidas es esencial. Los libros están llenos de muchos personajes y todos son indispensables. No hay uno que resalte más que otro; bueno, tal vez Vieja Kush y Kupuka sean un poquito más importantes, pero sólo porque son pilares en Los Confines y no porque tengan más protagonismo que los demás en los libros. Cada personaje te enamora y te atrapa por distintas razones; tienen personalidades muy diferentes y bien definidas, con momentos de dudas y de grandeza que están respaldados por decisiones siempre coherentes con su carácter. Es imposible no amar a Vieja Kush y a Kupuka con su sabiduría, a Dulkancellin con su firme valor, a Thungur con su personalidad bien distribuida entre el coraje y la ternura, a Cucub con sus risas y sus cuentos y su lealtad infinita. Si empiezo a recordar a cada uno de los personajes que acabo de dejar en el libro no terminaré, porque son muchos y con muchas cosas que decir de cada uno. Leería de nuevo cada uno de los libros sólo por el hecho de encontrarme de nuevo con estos amigos.

Ahora, no sólo los personajes son maravillosos sino que la historia tiene un eje interesantísimo: La guerra de las Tierras Fértiles contra la invasión del Odio Eterno, hijo que la muerte engendró allá en las Tierras Antiguas. Hay una clara relación con la llegada de Colón y en general del continente europeo a nuestra América; de hecho, muchos pequeños detalles nos recuerdan nuestra propia historia. Por ejemplo, las primeras naves que llegan a las Tierras Fértiles son tres ¿No les recuerda esto a la Pinta, la Niña y la Santa María? Los tres libros están llenos de referencias similares; no es para que pensemos que la llegada del viejo continente fue una desgracia, pero sí fue un choque inimaginable para nuestros hermanos de ese tiempo. La historia está llena de magia, de magia de la buena, realizada por brujos de la tierra que nos recuerdan a los chamanes. 

Otro punto gigantesco para esta saga es la forma en la que está narrada. Liliana es una maestra de la pluma. Cuenta con una prosa hermosísima, una de las mejores que en mi poca experiencia he podido disfrutar. Está llena de una simplicidad que hace que pensemos que es una historia para niños, ordenando y eligiendo las palabras magistralmente; en algunas partes, pareciera poesía escrita en prosa, así de bella está escrita esta saga.

“Y Nakín de los Búhos, la memoria; y Nakín, la memoria de los Búhos, recordó como cantos, recordó en melodías. Porque cabe más memoria en un verso que la que cabe en mil veces mil palabras sin música.”

Finalmente, Liliana deja en cada línea una reflexión un mensaje lleno de sabiduría:

“Ninguna cosa he podido nombrar de esa manera: ni bueno ni malo, ni enorme ni insignificante. Nada que yo pueda llamar inútil me ha tocado ver en esta tierra.”

Cuando Kupuka habla sólo leemos claridad e inteligencia. Cuando habla Kush podemos leer amor. Y así, cada personaje tiene en sus diálogos mensajes cómicos o tristes, pero todos acertados e ingeniosos.

Esta obra es una oda a la naturaleza, a la sencillez que hemos ido perdiendo. Nos ayuda a recordar las virtudes y nos hace querer entrar en contacto con nuestra raza y nuestro planeta. Porque todo lo hemos perdido si perdemos la conciencia de que nos debemos a este planeta y a lo que está sobre él:

“Kupuka amaba a los juncos que crecían cerca del agua. Era Brujo de la Tierra y sabía que si dejaba de amar a los juncos luego dejaría de amar a los pájaros, luego a los pumas, luego a los hombres. Kupuka sabía que quien se permitiera ignorar a los juncos que crecían crecían cerca del agua iniciaba el camino del desamor”

Y me siguen faltando cosas y cosas por decir. Me sigue faltando hacerle justicia a la valentía de los guerreros husihuilkes y a la capacidad de esperar de sus mujeres. Me sigue faltando homenajear a Bor y a Zabralkán y admirar la agudeza e inteligencia de Acila. Me falta enamorarme de Aro. Todavía no he descrito las historias de amor, trágicas y felices, que no tienen nada que desearle a los grandes clásicos románticos. Me falta tiempo, pero sobre todo capacidad, para poder hacerlo. Ya sabía yo que no podría con tan grande empresa. Pero aquí está mi intento y espero que muchos de ustedes puedan disfrutar estos libros; tal vez sean capaces de hacerles justicia mucho mejor de lo que yo lo he hecho.

Dámarys C