Siempre me he preguntado por qué a las personas les gustará hacer públicas sus penas. Puedo entender que quieran compartir sus alegrías pero ¿por qué te gustaría que todos supieran que sufres y mas aun, los motivos de tus sufrimientos? Los despechos, las amarguras, las decepciones amorosas, son cosas que no considero de interés público, a menos que seas un gran poeta, músico, cineasta; que puedas hacer arte con tus desgracias. Entiendo que escribir es una forma de liberar el dolor, pero para eso están los diarios privados (esos que yo no dejo que nadie vea, que nadie sepa de su existencia)

Es por esto que al abrir este blog le prometí a todos mis posibles lectores, a mi misma, que no sería un diario. Sin embargo, aquí estoy: a punto de utilizar una entrada en un blog público para hablar del mayor dolor que me acontece en este momento. Es verdad que eliminé la opción de publicación en Twitter y en Facebook (por lo que es probable que nadie lea esto, a menos que me provoque cambiarlo); pero me doy cuenta de una incoherencia en mis ideas: si no quiero que se publique, bien podría escribir esto en un documento de Word y dejarlo enterrado en alguna de mis carpetas. Supongo que esto responde mi pregunta inicial. Nos gusta ser escuchados, nos gusta pensar que alguien ahí afuera se va a sentir identificado con nosotros y nos va a apoyar. No creo que alguien lea este escrito, pero me reconforta (y a la vez me tortura, como todo contacto público) saber que está ahí, que existe no sólo para mi.

Ahora voy al hipocentro de este asunto. Me siento a escribir porque necesito hacerlo; porque cuando hablo de la situación de mi país, Venezuela, con mis familiares o amigos es  repetir una y otra vez la letanía de nuestros sufrimientos, y sólo logramos exaltarnos, deprimirnos unos a otros aún mas. Pero si lo escribo, si sólo me escucho a mi, tal vez pueda dejarlo salir y que no entre nada en el proceso.

Venezuela lleva años sufriendo. Lleva años atascada en su potencial, en lo que podría ser y no es. Y no es sólo en el gobierno de Chávez, pasa desde mucho antes pero por lo que sé de historia puedo notar una diferencia: antes el pueblo reaccionaba, no tenía miedo de decir que querían fuera a un gobernante que los pisoteaba, salían a la calle y clamaban un cambio de gobierno. A día de hoy llevamos 15 años de injusticias y nadie hace nada por cambiarlo. Los dirigentes de la oposición repiten constantemente que vivimos en un infierno y no hacen nada por sacarnos de él. Están desorganizados y no saben como usar sus armas (que son los hechos que les dan la razón) para defendernos. Estas últimas semanas el pueblo ha estado en la calle. Los estudiantes salieron a continuar una lucha que viene desde el año pasado, una lucha que tiene sus raíces en el poco apoyo que se le brinda a la universidades autónomas (en su mayoría de oposición) y que sólo es un ejemplo de la exclusión que se vive en este gobierno. No sólo no se le brinda apoyo a estas universidades sino que se las limita por completo. Pues bien, las protestas continuaron este año por la inseguridad en nuestras casas de estudio y en el país, por la violencia, por la escasez (cosas básicas que, creo yo, no deberían ser pedidas en una protesta sino ofrecidas generosamente por el Estado). Es por ello que la sociedad civil se unió a nosotros. Y luego cuando hubo arrestos y agresiones la gente siguió saliendo con más razones. Se perdía de vista el origen de la lucha. Los estudiantes olvidaban que peleaban por la violencia cuando lanzaban piedras (porque si, también hubo estudiantes agresivos), las madres olvidaban que peleaban por el temor de no ver a sus hijos regresar en la noche, por la cola que hacían todos los días para conseguir leche; olvidamos que luchábamos porque no caminábamos hacia ningún lado, porque no había apoyo, porque no había certeza, porque no había nada, sólo odio, resentimiento, exclusión, insultos y mala voluntad. Por eso luchábamos. Pero luego fue porque vimos violaciones y abusos, represión y censura, porque estábamos adoloridos y mantenernos en movimiento era la única forma de aplacar el dolor. Porque salir a las calles nos hacía creer que hacíamos algo por los muertos, del pasado y del presente. Yo no sé si sirva de algo todo esto, no sé si logremos que Maduro se vaya (porque eso es lo que más deseo, a decir verdad). Últimamente me he sentido aplastada, vencida. Y es que si el gobierno sólo nos ignora, negando que haya un problema ¿cómo se va a resolver? Últimamente me he sentido desesperanzada y pesimista; porque es que mientras no se tomen acciones condicionales, que den respuestas de Sí o No, seguiremos caminando (o protestando) en círculos. Sí, me he sentido fatal.

Sin embargo hoy, viendo CNN, me dí cuenta que no ha sido en vano. Que aún cuando la violencia siga siendo un elemento constante en nuestras vidas, aún cuando la inseguridad genere muertes y abusos, aún cuando no haya justicia, ni equidad, ni eficiencia, ni comida, ni educación, ni libertad, hemos logrado algo: Nos han escuchado. No el gobierno, no. Nos ha escuchado el mundo. Todos los países sienten compasión por nosotros, los medios internacionales nos publican más que muchas otras noticias porque saben que aquí en Venezuela sólo hay silencio o mentiras. No crean que me gusta que todos sientan lástima por un país que es mil veces mejor que los de ellos: no me gusta que piensen en Venezuela como un destino de ayuda humanitaria (pronto veremos a los famosos inaugurando organizaciones de ayuda en Venezuela, dándole de comer a los niños y abriendo escuelitas, como si estuviéramos en Haití); no, eso no me gusta. Pero quiere decir que tal vez no este año, tal vez no el año que viene, pero pronto la situación se caerá por su propio peso. Porque cada grito de ayuda y cada muerto y cada abuso es una capa de arena que se deposita sobre este Gobierno.

Anoche Patricia, de CNN (a esta mujer, que justo anoche propició un debate entre oficialismo y oposición, le acaban de retirar su credencial de corresponsal de prensa, corriéndola de Venezuela) le preguntaba, en un debate, a los estudiantes con qué país soñaban. En este momento de sentimentalismo que me permito quisiera decir con qué país sueño. Sueño con un país que mantenga la esencia del venezolano; que mantenga la viveza, porque esta viveza es lo que nos hace astutos, convirtiéndonos en competidores de miedo; que mantenga nuestro sentido del humor (ah, ¡el sentido del humor!) que siempre nos ha caracterizado, que nos sigamos riendo de nuestras desgracias porque esa propiedad es la que nos mantiene andando, la que nos permite salir todos los días de nuestras casas; que mantengamos nuestra ironía y nuestro sarcasmo; nuestros hombres machistas que no se dan cuenta que viven en una sociedad matriarcal; nuestros niños confianzudos y abuelos consentidores; nuestra madres generosísimas; nuestras supersticiones y nuestro carácter hasta superficial de vez en cuando.

Si, yo quiero que Venezuela siga siendo la Venezuela profunda. Pero quisiera que esos niños a los que malcrían en sus casas pudieran tener una educación de punta en sus escuelas; que haya cosas importadas en los supermercados, no porque representen al imperialismo y sean el epíteto de los consumistas, sino por la libertad que implica tener cosas para eligir. Vivir en un país donde no me dé miedo estudiar historia o literatura porque “eso no da”; que pueda salir a comer o a rumbear y mi mamá no esté en la casa preocupada por mí, que no me de miedo sacar el teléfono para decirle que se tranquilice, que estoy bien. ¿Qué tan difícil es tener un país donde no te digan fascista por pensar diferente? Donde no sea imposible hacer una torta porque no encuentras mantequilla. Donde haya profesores que se peleen los puestos de trabajo, donde los estudiantes nos sintamos orgullosos de nuestras universidades. Que estudiar en un colegio público no implique una mala preparación académica. Que en los hospitales haya medicinas, haya recursos, haya médicos preparados para atenderte. Un país donde se apoye el deporte. Donde de verdad haya cultura; que se hagan festivales de arte, de cine, de música. Donde se pueda tener una discusión política con preguntas y respuestas, causas y consecuencias y no con acusaciones, negaciones y evasivas. Porque cuando se escucha un debate político (si es que tienes esa suerte) pareciera que se habla de dos países distintos. ¿por qué no aceptamos la responsabilidad que todos tenemos con la Venezuela enferma en la que vivimos?

En fin, quisiera tantas cosas. Quisiera que todos los venezolanos pudiéramos ponernos de acuerdo, al menos en el dolor. Me duele pensar que si ni la muerte (de ambos lados) puede unirnos ¿que lo hará? 

Pido a Dios paz, pero no paz por sumisión sino por soluciones; paz por acuerdos y no por rendiciones.

Dámarys C.