Buscar

Espacios.

mes

julio 2014

Guilty Pleasures

Los guilty pleasures son, como su nombre lo dice, esos placeres que disfrutamos aún sabiendo que nos pueden hacer daño, como un helado o una torta gigante. En mi caso, la comida nunca me ha hecho sentir mal, pero cuando veo capítulos de series que dan risa de lo malas e irreales que son, no puedo evitar pensar que estoy quemando voluntariamente mis neuronas. Sin embargo, semana tras semana sigo viendo True Blood, Witches of East End y Vampires Diaries y reconcer que no son buenos trabajos televisivos no da ningún mérito extra. Con las series no es tan grave: perder 45 minutos a la semana en un entretenimiento (aunque esté lleno de frases y escenas cliché, malos efectos y terribles hilos conductores) es algo que puedo permitirme sin tantos remordimientos. Pero es otra historia con los libros. Lo digo por experiencia: yo también he pasado por las listas de libros de romántica/juvenil que hay en todos los foros en internet; además, es lo único que se consigue (si tienes la suerte de conseguir libros en las librerias) en las estanterías de nuestras librerías venezolanas (a parte de los libros de autoayuda).

Estos libros tienen siempre la misma historia: chica con pasado oscuro (que, casualmente, presenta siempre la misma personalidad tímida e ingeniosa) conoce a chico problemático, mujeriego y con pasado aún más oscuro. Chico es obsesivamente sobreprotector y detallista. Se enamoran. Se pelean. Se reconcilian. Se presenta el cénit del libro cuando hay una situación de peligro (incendio, accidente de auto, secuestro, etc) que involucra a alguno de los protagonistas. Se salvan mutuamente. Fin. (probable secuela que permite al autor seguir sacando beneficio de la misma historia por dos o tres libros más y en donde sólo cambia la situación de peligro).

Reconozco que, en estas semanas de lamentable vagancia, he leído varios de estos libros. En este caso sí me averguenza reconocerlo y creo que la única excusa que puedo dar es que a veces necesito vaciar mi mente. Vaciarla de lecturas previas pesadas, de pensamientos no solicitados y alejarme del mundo real. Es como la cosa que se usa para limpiar el paladar entre platos exquisitos. Es importante lo de alejarse del mundo real. Porque la lectura puede tener dos efectos distintos: Entrar en contacto con lo que nos rodea o alejarnos de lo que nos rodea. El primer efecto es logrado por la buena literatura; no me refiero necesariamente a libros de filosofía y antropología sino a libros que se valen de una historia para entender el mundo real. El cuento más infantil de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen es mejor literatura que los libros que leen los adolescentes hoy en día. Porque por más novelesca que sea una historia, por más fantasía que tenga, si nos ayuda a entendernos mejor es buena literatura. Una vez leí un discurso de Ohran Pamuk en el que decía, parafraseándolo, que la literatura no sería exitosa si las vidas no presentaran puntos comunes que permitieran entender y compartir lo que el autor escribe; es por esto que la ciencia ficción, la novela, la fantasía, pueden ser clásicos de la literatura siempre y cuando presenten escenarios emocionales, situacionales o psicológicos que se puedan presentar en las vidas de las personas que los leen. En cambio, el segundo efecto de la lectura, el que nos aleja de la vida real, nunca será logrado por la buena literatura. Es un efecto de entretenimiento como el que logran las películas que vemos en la tarde de los domingos para pasar el rato; precisamente, son libros de pasar el rato y casi todo lo que es para pasar el rato es intrascendetal, no dejará un efecto posterior en nuestra vidas. A diferencia de los clásicos, estos libros presentan situaciones excepcionales, cosas que quisiéramos vivir pero que, lamentablemente, casi nunca pasan. Y no pasan porque sea ficción sino porque los seres humanos no se comportan normalmente como se comportan en este tipo de libros; y es aquí donde reside su condena.

Por supuesto, hay muchos otros libros que cumplen el mismo objetivo de distracción sin pasar por lo repetitivo, como los muy conocidos libros de Hunger Games (aunque yo pienso que éstos en específico son subestimados por los lectores frecuentes) y Divergente. Éstos, a pesar de no ser obras de arte, tienen objetivos distintos adicionales a la historia de amor principal e incluso presentan reflexiones acerca de la naturaleza humana. Son libros que, al igual que Harry Potter, pueden servir de puente a lectores no habituales para adentrarse luego en lecturas un poco más profundas y pesadas. Sin embargo, los otros libros (chico se enamora de chica) son como una isla de entretenimiento; una vez que te enganchas con ellos se hace difícil pasar a otro tipo de lecturas.

No es mi intención criticar a nadie, ni a lectoras ni a autores, pero es preocupante ver comentarios en páginas donde describen estos libros como los mejores que hayan podido leer. No niego que este tipo de lectura te hace sentir mejor, como que hay un mundo en el que existen personas especiales y donde el amor triunfa sobre todo; el sentimiento que estos libros generan son una cosa genial, pero no son literatura y terminamos en el mismo sitio donde estábamos antes de leerlos.

Es difícil entender o identificarse con esta entrada si no has leído o escuchado de estos libros; y a los que puedan entenderme, ruego que no sientan que es una crítica sino una llamada a abrir el catálogo y subir las expectativas en cuanto a los libros que leemos; esperar que cada libro nos deje algo más que un amor platónico y ficticio; que nos permitan crecer, pensar, analizar, profundizar y conocernos a nosotros mismos y al mundo (real) que nos rodea.

Dámarys C.

Anuncios

De destinos y casualidades

Verano. Tantas semanas esperando poder hacer tantas cosas, poder hacer nada. Tenía tanto tiempo queriendo escribir, casi el mismo tiempo que tenía esperando salir de vacaciones; por lo tanto, es natural comenzar la entrada con la palabra que le dá la posibilidad de existir: Verano.
Sin embargo, no es del verano de lo que quiero hablar; no es de las series que he podido ver (de eso hablaré en otro momento) ni de los libros que he podido leer. Aun así, sí es un libro el que origina esta entrada.

“¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?”

Específicamente esas palabras de Milan Kundera, pertenecientes a La Insoportable Levedad del Ser. Probablemente me meta en un terreno escabroso y desconocido si empiezo a hablar acerca del destino, pero es precisamente eso lo que me vino a la mente mientras leía y releía la frase. Porque, parafraseando a Kundera, son las casualidades las que importan en la vida. Los hechos frecuentes y obligatorios (y por lo tanto planificados) deben ocurrir tengan o no alguna significancia: ir al colegio cada día, salir y regresar a casa a la misma hora, son rutinas que, si bien son necesarias, también son vacías en cuanto a aportes. En cambio, las casualidades deben ocurrir por alguna razón; esto contrasta con su mero concepto pues las casualidades son llamadas así porque, de hecho, son cosas que no debieran ocurrir y que se dan por usa causa específica, no recurrente. Tal vez sea más acertado entonces decir que la casualidad es simplemente la falta de regularidad temporal y no el evento en sí mismo.

No puedo evitar pensar en una película que ví hace algunos años: Los Agentes del Destino. Si bien no es la mejor película que he visto, al menos es una buena referencia y en su momento también me puso a pensar. El argumento es sencillo: una pareja se enamora, pero los agentes del destino (podrían ser una especie de ángeles cuyo trabajo es hacer que el plan de Dios se cumpla a través de pequeños actos) se encargan de separarlos pues no es su destino el estar juntos. Estos señores eran los responsables de que al protagonista se le cayera el café encima o de que perdiera el bus en donde iba su trágica amante. Aun así, otra serie de casualidades (no manejadas por los anti-cupido) hacían que los protagonistas se encontraran una y otra vez. ¿Cuáles eran entonces las verdaderas casualidades: las provocadas por los agentes o las que se daban espontáneamente?
Esta película planteaba un escenario en el que Dios no nos daba libre albeldrío sino solo para cosas menores. De hecho, una de mis escenas favoritas es cuando uno de los agentes le explica al protagonista que cada vez que Dios retiraba a los agentes de la tierra (o sea, cada vez que les daba un completo libre albeldrío) era cuando salían a flote las peores facetas de los seres humanos, expresándose en forma de guerras y enfermedades; por el contrario, cuando los agentes hacían su trabajo era cuando los momentos más gloriosos de la humanidad se presentaban, como el renacimiento y esta calma tensa que vino después de la segunda guerra mundial. Así, se plantea toda una serie de preguntas acerca del bienestar contra la libertad que se mezclan peligrosamente con la religión y que producen un cóctel que no nos tomaremos en este momento.

Evidentemente, no vengo dar ninguna profecía de nuestros destinos en forma de entrada de blog; ni siquiera puedo empezar a analizarlo, pero me parece tan interesante que algunas líneas le tenía que dedicar. Yo, personalmente, creo en el destino; por más que defienda la libertad, creo que todos tenemos una misión y que, aún cuando ésta conlleve sacrificios, tenemos que cumplirla. Sin embargo, tampoco creo que sea una justificación para los hombres bomba, por ejemplo; al contrario, me parece evidente que nuestra misión de vida nos debe hacer felices porque ¿no es ésta la primera misión de todos: ser felices?
Esto me recuerda unas frases de Paulo Coelho en El Alquimista. No me las sé de memoria, pero decían que cuando sentimos esa tristeza que no tiene explicación, que es una especie de mezca entre nostalgia, ira y decaímiento, cuando nos sentimos repentinamente desamparados, es porque, de alguna manera, nos estamos alejando de nuestra misión de vida; puede ser porque nos desarrollamos en una profesión equivocada, o porque vivimos en la ciudad equivocada o porque nos alejamos de una persona importante en nuestro futuro. Según Coelho, esta tristeza es una alarma, igual que la fiebre indica una infección, y que, como queremos evitar estas emociones, nos ponemos en busca de cosas distintas que nos acercan al camino correcto. Suena un poco cursi, pero aún estando consciente de su parecido a frase de autoayuda, me sigue pareciendo igual de acertado que cuando lo leí hace tantos años. Muchos llaman a este destino la voluntad de Dios y para mí no representa ningún incoveniente porque, de hecho, una de las consecuencias de creer en Dios es también creer que tiene un plan para nosotros.

Entonces, retomando las palabras de Kundera, sí, pienso que aún cuando las casualidades puedan hacer parecer a los eventos poco naturales, mientras más de éstas sean necesarias más importante debe ser el evento que las involucra. Me uno a esas personas que siempre me parecían (y me seguirán pareciendo) ridículas cuando decían rimbombantemente “Yo no creo en casualidades”

Y, para no seguir diciendo cosas que, estoy segura, se han dicho antes muchas veces, termino.

Dámarys C.

PD: El hecho de que estés leyendo esto, cuando nadie debería pasarse por estos rincones olvidados de la red es, en sí mismo, una gran casualidad.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑