Verano. Tantas semanas esperando poder hacer tantas cosas, poder hacer nada. Tenía tanto tiempo queriendo escribir, casi el mismo tiempo que tenía esperando salir de vacaciones; por lo tanto, es natural comenzar la entrada con la palabra que le dá la posibilidad de existir: Verano.
Sin embargo, no es del verano de lo que quiero hablar; no es de las series que he podido ver (de eso hablaré en otro momento) ni de los libros que he podido leer. Aun así, sí es un libro el que origina esta entrada.

“¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?”

Específicamente esas palabras de Milan Kundera, pertenecientes a La Insoportable Levedad del Ser. Probablemente me meta en un terreno escabroso y desconocido si empiezo a hablar acerca del destino, pero es precisamente eso lo que me vino a la mente mientras leía y releía la frase. Porque, parafraseando a Kundera, son las casualidades las que importan en la vida. Los hechos frecuentes y obligatorios (y por lo tanto planificados) deben ocurrir tengan o no alguna significancia: ir al colegio cada día, salir y regresar a casa a la misma hora, son rutinas que, si bien son necesarias, también son vacías en cuanto a aportes. En cambio, las casualidades deben ocurrir por alguna razón; esto contrasta con su mero concepto pues las casualidades son llamadas así porque, de hecho, son cosas que no debieran ocurrir y que se dan por usa causa específica, no recurrente. Tal vez sea más acertado entonces decir que la casualidad es simplemente la falta de regularidad temporal y no el evento en sí mismo.

No puedo evitar pensar en una película que ví hace algunos años: Los Agentes del Destino. Si bien no es la mejor película que he visto, al menos es una buena referencia y en su momento también me puso a pensar. El argumento es sencillo: una pareja se enamora, pero los agentes del destino (podrían ser una especie de ángeles cuyo trabajo es hacer que el plan de Dios se cumpla a través de pequeños actos) se encargan de separarlos pues no es su destino el estar juntos. Estos señores eran los responsables de que al protagonista se le cayera el café encima o de que perdiera el bus en donde iba su trágica amante. Aun así, otra serie de casualidades (no manejadas por los anti-cupido) hacían que los protagonistas se encontraran una y otra vez. ¿Cuáles eran entonces las verdaderas casualidades: las provocadas por los agentes o las que se daban espontáneamente?
Esta película planteaba un escenario en el que Dios no nos daba libre albeldrío sino solo para cosas menores. De hecho, una de mis escenas favoritas es cuando uno de los agentes le explica al protagonista que cada vez que Dios retiraba a los agentes de la tierra (o sea, cada vez que les daba un completo libre albeldrío) era cuando salían a flote las peores facetas de los seres humanos, expresándose en forma de guerras y enfermedades; por el contrario, cuando los agentes hacían su trabajo era cuando los momentos más gloriosos de la humanidad se presentaban, como el renacimiento y esta calma tensa que vino después de la segunda guerra mundial. Así, se plantea toda una serie de preguntas acerca del bienestar contra la libertad que se mezclan peligrosamente con la religión y que producen un cóctel que no nos tomaremos en este momento.

Evidentemente, no vengo dar ninguna profecía de nuestros destinos en forma de entrada de blog; ni siquiera puedo empezar a analizarlo, pero me parece tan interesante que algunas líneas le tenía que dedicar. Yo, personalmente, creo en el destino; por más que defienda la libertad, creo que todos tenemos una misión y que, aún cuando ésta conlleve sacrificios, tenemos que cumplirla. Sin embargo, tampoco creo que sea una justificación para los hombres bomba, por ejemplo; al contrario, me parece evidente que nuestra misión de vida nos debe hacer felices porque ¿no es ésta la primera misión de todos: ser felices?
Esto me recuerda unas frases de Paulo Coelho en El Alquimista. No me las sé de memoria, pero decían que cuando sentimos esa tristeza que no tiene explicación, que es una especie de mezca entre nostalgia, ira y decaímiento, cuando nos sentimos repentinamente desamparados, es porque, de alguna manera, nos estamos alejando de nuestra misión de vida; puede ser porque nos desarrollamos en una profesión equivocada, o porque vivimos en la ciudad equivocada o porque nos alejamos de una persona importante en nuestro futuro. Según Coelho, esta tristeza es una alarma, igual que la fiebre indica una infección, y que, como queremos evitar estas emociones, nos ponemos en busca de cosas distintas que nos acercan al camino correcto. Suena un poco cursi, pero aún estando consciente de su parecido a frase de autoayuda, me sigue pareciendo igual de acertado que cuando lo leí hace tantos años. Muchos llaman a este destino la voluntad de Dios y para mí no representa ningún incoveniente porque, de hecho, una de las consecuencias de creer en Dios es también creer que tiene un plan para nosotros.

Entonces, retomando las palabras de Kundera, sí, pienso que aún cuando las casualidades puedan hacer parecer a los eventos poco naturales, mientras más de éstas sean necesarias más importante debe ser el evento que las involucra. Me uno a esas personas que siempre me parecían (y me seguirán pareciendo) ridículas cuando decían rimbombantemente “Yo no creo en casualidades”

Y, para no seguir diciendo cosas que, estoy segura, se han dicho antes muchas veces, termino.

Dámarys C.

PD: El hecho de que estés leyendo esto, cuando nadie debería pasarse por estos rincones olvidados de la red es, en sí mismo, una gran casualidad.

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