Recientemente he pensando en la inutilidad de escribir un blog. Es un espacio maravilloso para aquellos que tienen grandes ideas y habilidades; les permite mostrar al mundo su ingenio y creatividad y, por supuesto, nos permite a nosotros, sin mayores dones, encontrar ideas que coinciden con las nuestras pero que no tenemos la capacidad de expresar. Todo el que abre un blog debe tener, aunque lo niegue, la confianza de que tiene algo bueno que decir. Todos tenemos algo que decir, pero no todos los pensamientos merecen ser escuchados.

Lo estuve pensando porque, a pesar de que tengo varias semanas sin escribir aquí, no pasa mucho tiempo sin que escriba alguna tontería en un cuadernito viejo del que nunca me alejo. (Me rehúso a utilizar la palabra diario). En él están mis verdaderos pensamientos y, al ser tan íntimos, no estoy dispuesta a transcribirlos aquí, y no porque los considere particulares o exageradamente vergonzosos, de hecho, creo que son muy parecidos a los de cualquier persona, y por eso es precisamente que considero que no serían de gran interés para los blogger. Una persona debe ser realmente profunda, tener grandes experiencias, sufrimientos y alegrías, para considerar que sus vivencias quieran ser leídas y puedan ser disfrutadas por otras personas; es por esto que en mi primera entrada prometí no hacer de este espacio un diario privado. Aquí podemos hablar de muchas cosas, mientras no nos acercarnos nunca a temas autobiográficos. Aquí escribo cosas que podría conversar tranquilamente con cualquier persona con los mismos intereses, pero estoy segura de que no a cualquier persona le abriría las puertas de mi ser.

Aquellos con un blog respetable probablemente sean personas al menos interesantes, cuyos miedos, anhelos y particularidades no llegaré a conocer. Si, no dudo de que se hayan establecido relaciones en este espacio cibernético pero pocas de ellas desembocan en lazos verdaderamente íntimos. En un blog, como en cualquier espacio no personal, nos desenvolvemos como quisiéramos ser, mostramos la faceta que queremos que vean, decimos cosas interesantes a las que le dedicamos previamente muchos pensamientos. Pero esto no sólo aplica a la red; es lo que pasa con todo tipo de arte. 

Todo esto es el desenlace de mis superfluos pensamientos acerca de la mortalidad. A mis veinte años, experimento, no por primera vez, la sorpresa y la incredulidad ante la certeza de que seremos olvidados. No dejamos nada, además de las fotos (que sólo dejan testimonio de nuestra apariencia), que pueda indicarle a nuestros bisnietos cómo éramos. Cómo eramos realmente. Todos conocemos la cristiana costumbre de hablar bien de los muertos; en ningún epitafio encontraremos los sentimientos malos, los celos, el egoísmo, la soberbia, a la que la mayoría de los mortales respondemos en algún momento de nuestras vidas. Aún cuando luego de nuestra muerte hablen de nosotros con total objetividad, son pocos los que tendrían la capacidad (aún conociéndonos bien) de describirnos, pues hasta ahora sólo los novelistas pueden describir perfectamente a sus personajes, debido a que los idearon y los educaron y saben perfectamente cómo son por dentro. Bien, volviendo al tema de la muerte y el olvido: me encontraba pensando en ésto cuando recordé mi blog. Recordé que en él están mis impresiones acerca de muchas cosas, mi tendencia política y pensamientos que no he compartido (personalmente) con mucha gente (resulta sorprendente la cantidad de small talk que tenemos con nuestros amigos y familiares, sin llegar a profundizar en muchos temas. Incluso genera sensación de pesadez cuando hablamos seriamente y, la mayor parte de las veces, las bromas con algún sentido y la ironía inteligente son incomprendidas o mal recibidas). Pero, ¿acaso el hecho de que soy católica puede decir qué tipo de católica soy? Más aún, cosas dichas por mí pueden no ser un indicador de cómo me comportaría en determinada situación.

Mi cuadernito, donde reposa gran parte de lo que yo creo que es mi esencia, desaparecerá en algún momento, incluso puede que sea yo la que lo desaparezca (porque todos conocemos esa fea sensación de vergüenza cuando leemos cosas que escribimos hace mucho tiempo. Puede que lo que yo creo que me define, más adelante me parezca mal expresado y poco verdadero pues, a mi edad, hay muchas cosas que no conozco de mí misma).

Entonces, ¿por qué sigo escribiendo un blog? porque hay cosas que pertenecen a donde pertenecen; estas palabras no corresponden al cuadernito (y no porque sea demasiado largo para escribir a mano). Porque aunque sea repetitivo (de hecho, por ser repetitivo) otras personas podrían estar de acuerdo con alguno de estos pensamientos desordenados e inconexos. Porque aunque el cuadernito este más cerca de la confusa y aún desconocida verdad, el blog está igual de cerca de la rutina y de lo sencillo. Porque el cuadernito a veces me averguenza y el blog también. Porque, así como el cuadernito sólo pide soledad e intimidad (aunque, en algún momento, espera ser adivinado. Atentos, el cuadernito quiere ser adivinado, intuido, comprendido, no leído) el blog necesita de otras personas que lo lean y lo comprendan. Porque son páginas de la misma novela. Porque el blog es para ustedes y el cuadernito es para mí.

Dámarys C.

P.D: Pido disculpas por los largos paréntesis; eran más del cuadernito que del blog.

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