He pasado bastante tiempo sin escribir, y no precisamente por falta de ideas; a pesar de que yo me excusaba pensando que ésa era la razón. Es curioso como siempre tengo mil cosas en la cabeza, pero sólo cuando abro el blog y toco el teclado me doy cuenta de que puedo materializarlas. Tenía meses sin dejar de pensar en un libro que leí; meses quejándome del asalto a la autonomía universitaria y meses pensando en la contradicción de querer luchar por todo pero deseando irme de aquí para no vivir lo que viene. Meses y meses, y sólo ahora me doy cuenta de que cada idea viene unida a las otras. Lo lamentable es que esta será una entrada muy larga si no consigo la manera de exponer las cosas ordenadamente.

Primero lo primero. El libro: Falke, de Federico Vegas. Es un libro mitad histórico mitad novela. No puedo etiquetarlo de novela histórica porque los capítulos están divididos de forma que es posible decir qué fue agregada por Federico y qué viene de la pluma de Rafael. Se trata de una recopilación de cartas y manuscritos de un muchacho de la generación del 28, que se exilió en París y que regresó a Venezuela en un barco llamado Falke, para luchar contra Juan Vicente Gómez. Así, el libro cuenta, algunas veces de primera mano y otras veces desde la interpretación del autor, la travesía de unos estudiantes universitarios en París que deciden dejarlo todo para luchar por su país en una expedición que estaba condenada desde su concepción. El libro es muy bueno pero lo que lo hizo tan especial para mí fue que llegó a mis manos no por una recomendación o por una crítica, ni siquiera había escuchado nunca de su autor; llegó a mi como por magnetismo: entré a la librería y fui directamente a él, sin ninguna razón -la portada no es tan atrayente- y aún sin haber terminado de leer la contraportada, decidí que me lo llevaría y que lo colearía en la lista de libros por leer; sabía que lo leería y que no podría dejar de pensar él. Todo esto lo supe en el tiempo en que leía su resumen -y eso que el resumen no es ni la mitad de claro que como yo lo estoy expliqué acá-. Sabía que sería un libro especial. Pues bien, no creo que haya sido casualidad que llegara a mí justo cuando el año pasado los estudiantes tuvimos la intención de revelarnos ante un régimen dictatorial mucho más dañino que el de Gómez. El libro llegó a mis manos cuando en mi cabeza siempre está presente el pensamiento de que somos impotentes, más débiles aún por el hecho de no hacer nada. Leía y leía, y todos los pensamientos -reales- de Rafael Vegas, tenían un reflejo en los míos.

Recuerdo el libro hoy, cuando me entero de que ayer, 7 de Julio, el Tribunal Supremo de Justicia emitió una sentencia ordenando a las universidades públicas aceptar al 100% de sus alumnos a través del sistema de asignación de cupos del Estado, Opsu, que además fue modificado, haciendo que el sistema de ingreso dependa en 50% del índice académico. 30% de la situación socioeconómica, 15% de la zona del país donde vives y 5% la “participación en actividades extracátedra en la comunidad”. Me indigna enormemente el sólo hecho de recordar esta violación a la autonomía universitaria, a la autonomía de un país. Es un insulto contra todos aquellos que se matan estudiando, contra todos aquellos que tal vez no estudien tanto pero que son brillantes, contra todas aquellas personas en Margarita, Barquisimeto, Puerto la Cruz, Maracaibo, que quieren estudiar en la UCV o en la USB en Caracas; es una imposición cruel, clasista, excluyente. Es humillante que desprecien nuestro intelecto al justificar su delito diciendo que este sistema de ingreso es incluyente pues la única forma justa de entrar una Universidad es por tu capacidad académica y no por considerar cuánto tienes en el banco o en dónde vives. Esto quiere decir que si yo tengo un promedio de 20 puntos pero vivo en Las Delicias, en Maracay, mis padres son profesionales, tenemos casa y carro propios, estudié en un colegio privado y nunca he ido a pintar las paredes en un barrio, tengo solamente 50% de probabilidades de estudiar en la Universidad Simón Bolívar, cuna de mentes brillantes, Casa de Estudio cuyo sistema de ingreso actual es perfectamente legítimo y funcional ¿es eso justo? ¿es eso incluyente? No. Dicen que es para evitar la corrupción y venta de cupos en las universidades públicas pero en la Universidad Simón Bolívar nunca se ha vendido un cupo, ni siquiera es posible comer dos veces en el comedor porque todos los sistemas son computarizados. En una universidad donde el mayor mérito no es ni siquiera el promedio de bachillerato sino haber entrado por prueba interna. Ellos dicen que evitan la corrupción pero lo cierto es que están pagándole a sus votantes con cupos en la universidad; ellos están regalando cupos, ellos son los corruptos. Ellos son los que quieren politizar la esfera académica, tener militantes dentro de un ámbito que es, y siempre será, opositor. Quieren destruir una comunidad educada que cuestiona, investiga, critica.

Quisiera tener la valentía de Rafael Vegas y sus compañeros, a pesar de que fracasaron muchas veces. Quisiera tener su fuerza y su disposición. ¿Cómo, nosotros, estudiantes universitarios, personas educadas e inteligentes, con valores y principios, cómo podemos permitir que esto pase? Y al mismo tiempo ¿qué podemos hacer?

Al principio hablaba de una contradicción. Hablo de valentía y de indignación pero este año, Dios mediante, cursaré en Cracovia el último año de mi carrera. Sí, aprovecho la primera oportunidad para salir de aquí y mi único miedo es que la destrucción de las universidades venezolanas ocurra tan rápido que al llegar de Polonia, la USB no exista y no pueda graduarme. Lo digo con dolor pero también con vergüenza, porque es verdad. No sé si pueda hacer algo al respecto, pero la realidad es que no estaré aquí para intentarlo, y no me arrepiento.

Temo por mi país, porque la Universidad venezolana es la única bola de cristal que augura un futuro mejor. Es aquí donde podríamos conseguir esperanza y también nos la quitan. Temo por el futuro de los niños venezolanos. Pero repito ¿qué podemos hacer? Me pregunto a mi misma: ¿qué puedo hacer?.

Siento mucho que esta entrada haya revelado mi cobardía y mi desesperación; parece más digna del cuadernito que de este blog, pero como siempre digo: aquí escribo lo que los demás puedan entender y estoy segura de que todos los estudiantes venezolanos sienten algo similar.

Una última acotación: el barco de Rafael Vegas y sus compañeros zarpó de Cracovia. Quién sabe, tal vez me consiga mi propio Falke.

Cada día me convenzo más de la ineficiencia del civismo en Venezuela. Sin diez mil bayonetas atrás no hay ideología que salga adelante. El camino que nos queda es el de la acción. He aquí el abismo: la mayoría de nosotros, por la educación, el género de vida, y hasta por nuestras mismas ideas, está incapacitado para actuar a fondo.

Vegas, F; FALKE. (2005) Editorial Alfa. Pg. 404.

Dámarys C.

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