Lo acabo de terminar. Pareciera que mi destino es escribir siempre de lo mismo: arte y política, pero esta vez también hay historia. En fin, otro trabajo final:

Hilos de Libertad

La dictadura de Pérez Jiménez cae el 23 de Enero de 1958. El motivo de la caída más directo y evidente es el levantamiento de las Fuerzas Armadas; los militares, ese gremio que tanto lo protegió y al que le debía la seguridad de su posición y la impunidad de sus crímenes, fue el que concretó el derrumbe del régimen. Empezaron por alzarse la Aviación y las Fuerzas Terrestres en Maracay, en un precipitado intento de golpe a cargo del teniente coronel Hugo Trejo el primero de Enero del glorioso año de la salida. Se alzaron y los sublevaron rápidamente; fue una intentona casi improvisada que estaba originalmente planificada para el 5 de ese mes. El golpe no se dio

“Pero los sucesos del 1°, en lugar de amedrentar a los oficiales que conspiraban, los estimularon a seguir, y las detenciones y atropellos a muchos de los oficiales, y más particularmente el alto número de presos, movieron a otros de diversos grados a sumarse a la conspiración, o a conspirar por su cuenta”[1].

Y en este estado de ánimo llega el 23 de Enero. Para este se alza el gremio militar en pleno; la marina, el ejército, hasta la EFOFAC. Incluso los militares que estaban todavía con el dictador comienzan a ejercer presión para realizar cambios en el gobierno. El memorándum que el general Fernández dirige al dictador recomendando una serie de medidas, entre ellas la renovación de gabinete y de gobernadores, y la muy elocuente sugerencia de

“Reemplazar dos o más funcionarios, que en altos cargos se han hecho odiosos, por sus arbitrariedades y abusos (…) Deshágase de sus colaboradores que le están haciendo mal al régimen del Ideal Nacional”.[2]

En este memo, un amigo cercano, compadre y leal servidor del dictador reconoce abiertamente los abusos y las crueldades y realiza un intento de enmendar la situación; más revelador es el documento cuando Pérez Jiménez acepta las exigencias de este representante de las Fuerzas Armadas y pide la renuncia de Vallenilla Lanz y de Pedro Estrada, el director de la Seguridad Nacional y más fiel esbirro del régimen. El golpe de gracia viene cuando el coronel Quevedo acepta sumarse a la conjura y sublevar la Escuela Militar y se lo notifica al presidente, a lo que éste responde con la histórica frase “Yo me voy, no quiero derramar sangre de cadetes[3]. Lo que no dicen los libros de historia es lo que el dictador añadió luego de colgar la llama con el coronel Quevedo y que el coronel Herrera Tovar escuchó claramente: “Ahora sí estoy perdido”[4].

Con este telón de fondo y debido a la significancia de las dos últimas frases del general, se podría pensar que el gremio militar fue el único responsable de la caída del régimen; que se convirtieron en una especie de hijos pródigos, que recordaron su misión para con la Patria y dejaron a un lado todos los beneficios recibidos del régimen. Y es verdad. Como lo dice él mismo, al dictador lo que termina de desequilibrarlo es la suma de otro brazo del gremio militar a la sublevación. Su respeto por el cuerpo militar, su cariño por el gremio y la consciencia de que no podría mantenerse sin ellos es lo que lo termina de decidir a irse, es lo que le induce esa última frasecita “ahora sí estoy perdido”. Pero no podemos, no debemos olvidarnos del mundo civil. Sería un insulto a los periódicos en huelga, a las manifestaciones estudiantiles, a las madres, esposas, hermanas y amigas que permitieron que sus hombres lucharan en la calle y en los salones. Se ganaron a pulso su lugar en la historia y es nuestro deber como civiles –mi deber como estudiante- recordarlos. Esta es una de las razones por la que quise escribir de este tema. Los militares se sublevaron en el 58 ¿y acaso esto quiere decir que antes de esto no hubo movimiento? Si la respuesta es no, se estaría ensuciando la memoria del pueblo bravo de Venezuela; ¿son capaces los venezolanos de mantener la cabeza gacha durante 6 años de ultrajes, torturas e injusticias, sin decir una palabra de reclamo, sin un pensamiento de insurgencia? Los que creen que el 23 de Enero es obra únicamente de los militares tienen en muy mala opinión la sangre ardiente y libertaria de los venezolanos. Y esta fue la segunda razón para escribir de este tema: tenía que hablar de esos 6 años –del 52 al 57- en que los venezolanos se sublevaron a su manera, más valientemente aún pues no tenían armas que los respaldaran, se alzaban con la única protección de la palabra y de su conciencia.

Su arma era la palabra. Y eso me lleva al objetivo de este trabajo. Quisiera hacer un recorrido, tal vez un poco superficial debido al tiempo y a la magnitud de la tarea, por aquellas palabras que comenzaron a penetrar en las almas de los venezolanos desde el momento en que el presidente Rómulo Gallegos fue arrojado de su posición. Quisiera revisar –recordar- esos discursos escritos y orales que comenzaron a tejer una red que buscaba atrapar y sostener las conciencias venezolanas, el espíritu del pueblo; mi intención es revisar los hilos que constituyen la red, los hilos de libertad. Me parece justo y necesario reconocer la importancia que estos discursos tuvieron en el ánimo revolucionario que se concretó en Enero de 1958 y no me parece exagerado decir que sin ellos no habría sido posible la caída del régimen.

Para empezar, quiero aclarar que separaré el análisis en dos partes: primero, los discursos indirectamente subversivos -la literatura, el teatro, la música- que utilizaron el arte como forma de rebelión. Segundo, los textos directa e intencionalmente subversivos -los manifiestos políticos, los documentos históricos- Los incluyo a ambos, arte y política, porque fueron igualmente necesarios en la importante tarea que les tocó desempeñar en esos días aciagos.

Primero lo primero: el arte. Me parece casi un axioma el hecho de que los seres humanos somos seres políticos. La política invade nuestras vidas porque ser político es ser social, es vivir en la polis, en la vida pública. Sin embargo, muchos creen que hay una esfera que debería permanecer impermeable a la política: la esfera artística. ¿Hacer arte no es  acaso pensar, reflexionar, ver la belleza y la fealdad en lo que nos rodea para luego plasmarlo? ¿Cómo se puede creer esto y pensar al mismo tiempo que los artistas de la época serían inmunes al omnipresente dictador y a su influencia en todos los ámbitos de la vida? Resulta inaceptable considerar que estos artistas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX no reflejarían en sus trabajos la vida en esta época. Porque es que “el artista, como los demás hombres, quiéralo o no, sépalo o no, está hecho de la madera de su tiempo”[5]. En mi opinión, el truco del arte intemporal, de los clásicos, es que tocaron las fibras comunes del espíritu humano, y pudieron tocarlas viviendo su propia humanidad, y la humanidad se vive siendo conscientes del momento histórico, estando en contacto con nuestros semejantes y con nuestro entorno. Como dice Uslar Pietri: “si estuviera segregada del tiempo, estaría segregada de la vida y carecería de palabra para hablar a los mortales[6]. Los artistas trabajan con una única materia prima: su alma, sus pensamientos, sus emociones; y ya que están hecho de la madera de su tiempo, todas sus obras tendrán matices de este material: de su tiempo. Esto no quiere decir que todos los trabajos artísticos son intencionadamente políticos sino que todos serán un manifiesto de las condiciones de su tiempo, tomen o no parte en la disputa. En esta primera parte del análisis me centraré mayormente en los autores cuyos trabajos considero eran conscientemente políticos y proselitistas. Hombres que tenían una clara opinión política, hombres que ejercieron la política como profesión y que no por esto eran menos artistas. Quiero centrarme en ellos porque siendo conocedores del clima político, utilizaban sus trabajos para determinar un cambio en el imaginario colectivo; con su arte buscaban introducir el pensamiento libertario en los venezolanos y poco a poco lo fueron logrando. Cuando con

“Deliberado propósito, el artista toma parte en el ardiente debate de su hora, se transforma en partidario y pone su don de expresión al servicio de una causa. Entra, armado de su arte, al combate de la plaza pública”[7].

Resulta necesario reconocer la valentía de este hombre que está únicamente armado de su arte y a ello me dedicaré.

Empiezo por César Rengifo. A lo largo del curso hemos analizado algunas de sus obras, en las cuales utiliza la historia para reflejar la actualidad política y se dedica a hacer llamados de libertad y especialmente de alzamientos armados (Rengifo era consciente de la necesidad de las armas, de la milicia) e iba al meollo del asunto: la lucha. En trabajos anteriores he comentado los diversos elementos políticos respecto a Joaquina Sánchez, Soga de Niebla, Un tal Ezequiel Zamora y Lo que dejó la tempestad y no dudo en afirmar que Rengifo con cada una de estas obras tejió parte importante en la red de libertad que se consolidaría con los años. Cada una de sus obas fue un hilo libertario, llamó a la conciencia, gritó ¡libertad! Cuando la palabra estaba prohibida y los venezolanos comenzaban a escuchar. No profundizaré en la parte que le corresponde en este trabajo pues, como mencioné, ya se ha analizado anteriormente en otros trabajos.

Miguel Otero Silva, otro intelectual reconocido y respetado, abiertamente político y comunista. Este autor era también periodista y sentía el llamado de informar, de dar testimonio. Salvador Garmendia lo define como “El escritor: la realidad primero”[8] y dice que hacía en sus novelas

“Un trabajo reporteril labrado sobre la realidad; el reportaje que cuenta lo que se asoma de puertas afuera, lo que ya no es posible esconder, la nueva cara del país”.[9]

Publica en 1955 una de sus obras más famosas: Casas Muertas. Es una historia de muerte, publicada en el momento en que nuestro país moría. La desolación de Ortiz es el tema principal pero Miguel Otero no duda en introducir elementos fáciles de reconocer para el ciudadano sediento de libertad. Como Rengifo, utiliza la historia (y en su caso es más peligroso aún porque es una historia reciente, conocida y sufrida por todos: la de Gómez) para expresar cosas que pasaban en la actualidad:

“Los estudiantes de Caracas, presos desde hacía varias semanas en un campamento cercano a la capital, serían trasladados ese domingo a los trabajos forzados de Palenque”[10].

Y no sólo dice en pleno 1955 que había estudiantes presos sino que también denuncia que:

“De los trabajos forzados (…) regresaban muy pocos. Y esos pocos que lograban volver eran sombras desteñidas, esqueletos vagabundos con la muerte caminando por dentro”[11].

Otero Silva, en una muestra de valentía digna de un civil venezolano, muestra la lástima de los habitantes de Ortiz por los estudiantes presos y la lástima de los estudiantes presos por el pueblo fantasma de Ortiz y se atreve a exclamar “¡Malditos sean los culpables!”[12]. Sin embargo, y a pesar de supurar ruina en cada página, la novela repite la misma fórmula que las obras de Rengifo, en donde luego de mostrar la miseria se da el mensaje de esperanza y lucha que tanto necesitaban los venezolanos “¡Hay que hacer algo!”[13]

Los que mandan son cuatro, veinte, cien, diez mil. Pero los otros, los que soportamos los planazos y bajamos la cabeza, somos tres millones. Yo sí creo que se puede hacer algo[14].

Como dicen los mismos estudiantes camino a su triste final “Será necesario levantarlas [las casas muertas] de nuevo”[15].

Al igual que Rengifo, Otero Silva cree en la salida violenta:

“Berenice, yo no soy partidario de la guerra civil como sistema, pero en el momento presente Venezuela no tiene otra salida sino echar plomo (…) Los hombres dignos que han osado escribir, protestar, pensar, también están en la cárcel o en el destierro o en el cementerio. Se tortura, se roba, se mata, se exprime hasta la última gota de sangre del país. Eso es peor que la guerra civil. Y es una guerra civil en la cual uno sólo pega mientras que el otro, que somos casi todos los venezolanos, recibe los golpes”[16].

Y sus palabras recuerdan los casos de Ruiz Pineda, Carnevali, Gallegos, Chalbaud, Rengifo, los estudiantes; todos muertos, torturados, encarcelados, censurados.

Román Chalbaud es otro dramaturgo venezolano muy político y muy comunista. Su obra Réquiem para un Eclipse (1957) fue censurada por su contenido libertario y estrenada el 6 de Marzo de 1958, apenas un mes después de la caída del dictador y como celebración de la libertad.

Mario Briceño Iragorry, por su lado, escribe mucho de la precaria situación agrícola del país, la escasez, la pérdida de la tradición venezolana, la venta del país. Este era un tema que calaba tan hondo en la Venezuela de ese tiempo que sus obras eran distribuidas gratuitamente por Industrias pampero y “llegó así a manos de la juventud que resistía la dictadura Perezjimenista”[17]. Cuando leo esto me imagino cómo debieron haberse sentido esos jóvenes que sufrían, que tal vez querían abandonar la lucha y volver con sus familias, cuando les llegan estas obras de un autor muy querido y exiliado; seguramente fue un aire fresco para sus heridas, para renovar sus esperanzas. Recibir las palabras de “una conciencia crítica con profundas raíces ancladas en la historia[18]” constituye un arma igual de necesaria que las escopetas y los revólveres. Es aquí cuando me paro a pensar en la importancia de esta red discursiva; en la importancia que tuvo para sostener la conciencia y la mente de los que se desgastaban luchando. Estas palabras debieron haber sido indispensables entonces. A costa de sus columnas sobre el café, el cacao y la tierra, Mario Briceño Iragorry termina “convirtiéndose en voz colectiva de protesta contra la dictadura”[19].

En su Alegría de la tierra, publicada en 1952, Iragorry reclama indignadamente que

“No había razón para olvidar la tierra, como aconteció al hombre venezolano, cuando vio sus arcas hinchadas de la moneda petrolera”.[20]

Es curioso que el escritor utiliza la expresión “aconteció al hombre venezolano” como para quitar del venezolano toda culpa de este pecado; “aconteció”, porque fue otro –el régimen- el que trajo la desgracia sobre el hombre que hasta entonces había sido agricultor, conuquero, sembrador.

Aunque Iragorry se dedica casi exclusivamente al problema del petróleo y de la agricultura, no pierde oportunidad de incluir un mensaje de lucha entre sus granos de café y su oda al cacao:

“Nacen y crecen juntos café y música, al compás de la patria, que ya siente como se hinchan sus músculos para la gran batalla de la libertad”[21].

Y habla de música, porque en la red discursiva de la época también se encontraban hilos musicales, expresiones de protesta a la nueva vida impuesta por el Ideal Nacional. Conny Méndez no puede ser más clara en su merengue La Transformación:

Compadre ¿qué está pasando en la tierrita en que nací? / que ya nadie chupa caña ni se oye vender maní… / Y si es hasta el cigarrillo hay que fumárselo en inglés / Y no sabemos si andamos al derecho o al revés, / pues las calles se han vuelto un tablero de ajedrez. // ¿Qué pasó con las arepas, las caraotas y el café? / ¿qué pasa con la comida que toa la tienen que traé?[22].

Y repito, vuelvo a imaginarme a la gente en sus casas escuchando este merengue y preguntándose lo mismo que Conny; me imagino a las familias haciendo bromas sobre la veracidad de la canción, como siempre hacemos los venezolanos; me los imagino escuchando, riendo y reflexionando, rumiando la verdad en las palabras, porque las rimas acompañadas por música son aún más poderosas.

Para finalizar con los ejemplos de arte político que constituyeron una gran red para atrapar más y más adeptos a la causa y sostener a los que necesitaban esperanza, quisiera agregar un último elemento: Un autor anónimo –aunque se le atribuye a Andrés Eloy Blanco- escribió en esta época un poema nada camuflado, que llamaba abiertamente a la rebelión y que bien podría ser la bandera de la causa y de los gremios que más tarde se alzarían, cumpliendo lo que proféticamente dicen sus versos:

Son ocho los largos años / ciudadano Marcos Pérez / que a un pueblo de gente brava / lo tratas como a mujeres // Es poco lo que te queda / Se acabó lo que se daba / Vuelvo a sentir en sus venas / la sangre del “Vuelvan Caras”[23].

Antes de pasar a la segunda parte del análisis, quisiera hacer un último comentario. Hay quienes piensan que el camuflaje en los trabajos artísticos no es suficiente para crear un verdadero cambio y, más aun, que no pueden tener, por sus mensajes ocultos, una relación directa con los levantamientos. A esto quisiera responder diciendo que precisamente por el clima de miedo reinante durante estos años, muchas personas nunca hubieran accedido a leer un manifiesto político, pero sí escucharían sin miedo el merengue de Conny o leerían las columnas de Iragorry, que salían abiertamente en los periódicos. Por su camuflaje, estos trabajos podían superar no sólo la censura sino también el miedo de la gente y comenzar a tejer sus hilos de libertad en el alma del venezolano. En una época como aquella, es indispensable esta estrategia para llegarle al pueblo, de a poquito y por un lado. Para reforzar esta idea recurro al planteamiento del profesor William Anseume en donde expresa que:

“Si bien la literatura no es un tipo de texto que tienda a convencer en su finalidad última, muchas veces podemos encontrar que subyacen intereses discursivos que poseen esa finalidad con duración en el tiempo, más allá de lo que puede significar un convencimiento directo e inmediato del otro por el voto”[24].

Esto no quiere decir, claro está, que los textos abiertamente políticos y con carácter más intelectual no hayan tenido una gran importancia en esta red discursiva. Los manifiestos políticos eran indispensables porque, si bien las canciones y las obras y los poemas servían para incentivar el espíritu libertario, era en estos documentos políticos donde se expresaban las estrategias, donde se manifestaban los líderes que seguiríamos cuando llegara el momento.

Uno de los primeros textos durante esta época fue la alocución del presidente Gallegos al ser extraído de su residencia en Chacao para destituirlo de su cargo. Es en 1948 cuando se hace el primer llamado al pueblo venezolano:

“¡Pueblo de Venezuela!: Yo he cumplido mi deber, cumple tú ahora el tuyo no dejándote arrebatar el derecho que legítimamente habías conquistado de darte tu propio Gobierno por acto cívico de soberanía popular”[25].

A partir de este momento, los partidos políticos son los principales motores de los textos abiertamente revolucionarios. El texto “A la rebelión civil llama Acción Democrática” escrito por el entonces Secretario General Alberto Carnevali en 1952 cuando las elecciones parlamentarias fueron abiertamente violentadas, es otro manifiesto empapado de espíritu libertario y en donde se habla por primera vez de estrategias y pasos a seguir:

“Por los canales confidenciales del partido están siendo transmitidas las instrucciones concretas sobre este plan reorganizativo (…) Luego propiciaremos con todas las demás fuerzas políticas organizadas un plan de rebelión civil contra la dictadura (…) Esta coordinación debe responder a la consigna de que “todas las fuerzas políticas están obligadas a hacer respetar la soberanía nacional con los medios de que dispongan”[26].

El conflicto universitario de 1951 y 1952, cuando fue cerrada la UCV y detenidos gran cantidad de estudiantes y profesores, también fue un momento propicio para la generación de textos que tocaban fibras sensibles en los venezolanos: sus estudiantes. En el Comunicado de la Federación de Centros de Universitarios sobre el desarrollo del conflicto estudiantil y la clausura de la Universidad Central, los estudiantes exponen las agresiones sufridas y las injurias cometidas contra el sector estudiantil y profesoral y hacen un llamamiento; me dispongo a transcribir una parte, tal vez más larga de lo que sería necesaria para probar el punto, pero vital para mí, como estudiante, en el momento histórico que me ha tocado vivir:

Queremos Universidad abierta, sí, pero regida por un Estatuto democrático, que respete la estabilidad del profesorado, asegure la representación estudiantil en todos los organismos del gobierno universitario, ponga coto a la intervención del ejecutivo y mantenga las demás conquistas que siempre han constituido nuestro orgullo univeritario.   

   Queremos Universidad funcionando  pero a condición de que regresen de Guasina,  de la Modelo, del Obispo, de Sacupana y de las otras cárceles donde se encuentran encerrados nuestros profesores y compañeros estudiantes.

    Queremos en fin, la victoria del decoro, de la consecuencia con los ideales y de la lealtad universitaria. Por ellos os hacemos, compañeros estudiantes, un llamado fervoroso a la firmeza, al sostenimiento de la unidad por el logro de los objetivos planteados. Llamamiento que hacemos extensivo a las demás Universidadades de Venezuela, de América y del mundo. A los maestros y estudiantes de todas las ramas educativas. A los intelectuales de todas las tendencias. A los organismos de agremiación profesional y docente. A la UNESCO, cuyo deber primordial consiste en vencer los obstáculos opuestos al triunfo de la educación.

    La lucha apenas comienza y es ahora cuando requiere voluntades[27].

Es también en el 52 cuando uno de los intelectuales más queridos, más respetados en Venezuela hace un homenaje a Ruiz Pineda y hace vibrar, estoy segura, con su talento para las palabras que convierte en música un discurso, a aquellos que tuvieron el placer de escucharlo. Andrés Eloy Blanco dice, refiriéndose al asesinato de Ruiz Pineda:

“Pero es torpe el verdugo; no comprende que los que van cayendo son solamente intérpretes; que el capitán es otro, el de pies y cabeza innumerables, el pueblo que es la fuente y el fin de la justicia, que los que él asesina los resucita el pueblo, que los que él hace caer aquí, los hombres, las mujeres y los niños los alzan más allá, y en la forja de apóstoles y mártires, el pueblo los levanta de la sangre y de la tierra y los eleva al bronce de la estatua y los lleva en sus hombros a la solemne paz de los panteones, y los pone en los labios de la patria que nace, en el aire sin mancha de la escuela, y los arrulla en la canción de cuna para dormir al niño que llevará sus nombres.”[28]

Y después de estas palabras siento la necesidad de hacer una pausa y preguntar ¿puede alguien después de haber escuchado al poeta negarse a luchar por la libertad? ¿Puede alguien decir ahora que las palabras no tienen poder revolucionario y levantisco?

Guasina, donde el rio perdió las 7 estrellas, escrito por José Vicente Abreu –con la colaboración inestimable de José Agustín Catalá y sus compañeros de celda que sacrificaron el tabaco en pro de este legado-  es un testimonio directo y real de las deplorables condiciones de vida –o condiciones de muerte- de la prisión así llamada. El libro pudo circular y la gente pudo enterarse. Se supo, no pudieron mantenerlo oculto, las torturas, las humillaciones, las deshumanización a la que sometían a jóvenes que no habían hecho más que querer serlibres. Guasina y otros libros testimoniales como éste, dejaron plasmado para siempre el horror de esos años y me resulta imposible pensar que aquellos que lo tuvieron en sus manos pudieron quedarse tranquilos, disfrutando de las nuevas autopistas y de Círculo Militar; tengo en muy alta estima a mi gente, al pueblo venezolano como para dudar de que se horrorizaban con lo que pasaba. Cada manifiesto, cada llamamiento, cada discurso, estoy segura, les abría los ojos y los preparaba para la explosión civil que tendría lugar en 1957.

1957, año vital para la discursiva política venezolana. Es en este año donde casi todos los gremios se manifiestan en contra del dictador. Y los manifiestos tienen también un gran poder; a pesar de que no buscan exponer estrategias ni conseguir adeptos, cada manifiesto es una cachetada al régimen, es una muestra del descontento, una probada a la libertad de expresión tanto tiempo prohibida. El manifiesto de los ingenieros, de los abogados, de los médicos, de los farmacéuticos, de los intelectuales y de las madres, fueron alzamiento casi tan efectivos como los de las fuerzas armadas; cada uno significaba menos apoyo para el régimen. Especial mención a la Pastoral del Arzobispo Arias Blanco quien, con unas pocas palabras, voltea la actitud de la iglesia y abre las puertas a todos esos férreos católicos y sacerdotes que querían decir algo y hacer algo pero cuyo respeto a la Iglesia se los impedía. Cientos de personas convencidas y animadas por unas palabras leídas en las misas, reproducidas en los hogares innumerables veces. Imagino a las abuelas y a las tías: “Si el Arzobispo lo dice, así tiene que ser”.

Las mujeres, seres apolíticos y desconectados de la esfera perniciosa de la política, dicen públicamente:

“Consignamos nuestra más enérgica protesta por los actos de violencia cometidos por el cuerpo de policía contra adolescentes indefensos, hacemos un patriótico llamado a la ciudadanía del país, y en especial a la mujer venezolana, para que respalden nuestra posición”29].

Podría decirse que son solos unas líneas de mujeres igual de indefensas que los adolescentes que buscan proteger, pero volvamos nuestra mente y nuestra imaginación a los hogares donde los hombres todavía no habían decido unirse a las protestas o manifestar al menos una opinión y se encuentran con que un grupo de mujeres les dicen en pocas palabras que salgan a defender a su pueblo. ¿Qué hombre indeciso no se levantaría, siendo espoleado por mujeres valientes? Y es aquí donde vuelvo a la importancia de las palabras, pero más aun de las redes, donde los mensajes se unen en una sola palabra ¡LIBERTAD!

Ya casi finalizando, no puedo dejar por fuera los manifiestos emitidos por la Junta Patriótica, que dicen sin tapujos cosas como:

“Pérez Jiménez y su grupo pretenden perpetuarse indefinidamente en el poder sobre la base de la audacia del Ministro Vallenilla Lanz y del terror desencadenado por Pedro Estrada. Se impide la libre expresión del pensamiento, amordazaron a la prensa y se prohíbe a los venezolanos el ejercicio de los derechos que le otorga la Constitución, porque tienen miedo de perder sus inmensos privilegios alcanzados…”[30]

Era necesario que se dijera públicamente; perder el miedo; acusarlo todo. Sus consignas siguen resonando ahora, 60 años después, y estoy segura de que en ese momento enardecieron a miles de venezolanos:

¡Pueblo y Ejército unidos contra la usurpación!

¡Por la defensa de la Constitución ultrajada!

¡Por el respeto a los derechos ciudadanos!

¡Contra el atropello, las persecuciones y los asesinatos!

¡La libertad se conquista, no se mendiga! [31]

Los textos así, abiertamente políticos y crudos, cuando podían llegar clandestinamente a los oídos de las personas, abrían heridas, podían constituir pelotones enteros de voluntarios que salieran a la calle. Los testimonios directos de las atrocidades del régimen fueron vitales para llegar al corazón y al alma de los que todavía estaban indiferentes, de los que no querían ver en Casas Muertas o en Soga de Niebla una súplica de comprensión y de solidaridad para los venezolanos que sufrían. No puede negarse la utilidad pues, de estos manifiestos, testimonios, llamamientos.

Entonces, ¿fueron los militares los únicos confabuladores? ¿Les debemos sólo a ellos nuestra libertad? Además de contestar estas preguntas, me gustaría concluir resaltando simplemente la importancia del discurso, de las redes, en un momento donde el miedo es la regla. Si no fuera por el trabajo cultural, escrito y oral, que se venía haciendo desde mucho antes, habría sido más difícil mover a los estudiantes a manifestar, a las madres a expresarse, a los militares a sentir el dolor de su pueblo. Cada una de estas obras, de estos, textos, de estos discursos, fue un hilo de libertad que terminó por constituir una red. Una red discursiva, una red que atrapaba la conciencias flojas, que “quema a veces las pupilas y las manos culpables”[32]; y no sólo es la red del discurso sino que gracias a ellas se constituyeron también las redes de contactos, de personas que compartían sufrimientos, que se enteraban de los sufrimientos ajenos, sufrimientos y penurias que al estar escritos, eran más difíciles de negar.

Los miliares fueron el detonante, sí, pero estos textos y muchos otros que no pude incluir fueron los que prepararon el terreno y los ánimos de la gente.

Porque cuando nadie se mueve, las palabras vuelan.

 

[1] Díaz Rangel, Eleazar. Días de Enero: Cómo fue derrocado Pérez Jiménez. Monte Ávila Editores, colección 30° aniversario, 1998, p. 51.

[2] Ibid., p. 72, 73.

[3] Ibid., p. 184.

[4] Ibid.

[5] Uslar Pietri, Arturo. Las cabezas de la Hidra, 1969, p. 169.

[6][6] Ibid., p. 170.

[7] Ibid.

[8] Garmendia, Salvador. Introducción a Casas Muertas, Editorial El Nacional, 2001, p. XIX.

[9] Ibid., p. XXVII.

[10] Otero Silva, Miguel. Casas Muertas, Editorial El Nacional, 2001, p. 72.

[11] Ibid., p. 75.

[12] Ibid., p. 78.

[13] Ibid., p. 76.

[14] Ibid.

[15] Ibid., p. 79.

[16] Ibid., p. 85.

[17] Briceño Iragorry, Mario. Obras Completas, Vol. 8. Ediciones del Congreso de la República, 1990, p. XIII.

[18] Ibid.

[19] Ibid., p. XIV.

[20] Ibid., p. 9.

[21] Ibid., p. 23.

[22] Ibid., p. 13.

[23] Mensaje de Ultratumba (anónimo). Cómo Tumbar a un Dictador. Libros Marcados, 2012. p. 78.

[24] Anseume, William. Lingüísticos, literarios… y otros estudios culturales. Homenaje a Luis Barrera Linares., 2012, p. 537.

[25] Protesta del presidente Gallegos (1948). Documentos que hicieron historia 1810-1989 Vida Republicana de Venezuela. Tomo II. Presidencia de la República, 1988, p. 415.

[26] A la rebelión civil llama Acción Democrática (1952). Ibid., p. 428, 429.

[27] Comunicado de la Federación de Centros Universitarios sobre el desarrollo del conflicto estudiantil y la clausura de la Universidad Central (1952) Cómo Tumbar a un Dictador. Libros Marcados, 2012. p. 234.

[28] Blanco, Andrés Eloy. Obras Completas, tomo III-Discursos, Ediciones del Congreso de la República, 1973, p. 278.

[29] Consalvi, Simón Alberto. 1957: El año en que los venezolanos perdieron el miedo. Los libros de El Nacional, colección: Fuera de Serie. 2007, p. 126.

[30] Ibid., p. 93.

[31] Ibid., p. 97.

[32] Briceño Iragorry, Mario. Op. Cit., p.XIII