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agosto 2016

La descivilización del venezolano

Puede que algunas de las aseveraciones que haré aquí puedan ser consideradas extremas o desproporcionadas. Pero vivimos una realidad extrema y desproporcionada.Ya saben, me refiero a la Situación, así, con S mayúscula, porque entre venezolanos no hace falta explicar que el estado infame del país es la Situación a la que siempre nos referimos.

Recuerdo una clase de la universidad, El Imaginario Monstruoso, en la que la profesora comentaba que lo verdaderamente mostruoso del Holocausto no fue el asesinato injustificado de más de 6 millones de personas, sino que los Nazis convirtieron a esas 6 millones de personas en animales salvajes, los deshumanizaron. Por eso los oficiales, los mismos ciudadanos alemanes e incluso la comunidad internacional tardó tanto en reaccionar: al fin y al cabo, no se estaban matando personas. Y no se dieron cuenta de ello sino hasta el final, cuando despertaron de la pesadilla. Primero les quitaron sus negocios, sus casas, los exiliaron de sus barrios, les quitaron sus pinturas, sus cuadros, sus muebles, su ropa; los encerraron, los marcaron con la estrella de David, comían donde dormían y donde hacían sus necesidades, el único motivo por el que podían seguir vivos era para que trabajaran… Los volvieron animales de carga. Así, cuando los mataban, era como matar al ganado para tener carne para la comida o cueros para vestir.

Este salto de la Venezuela del sigo XXI a la Segunda Guerra Mundial viene del hecho de que -Alerta: primera aseveración desproporcionada- últimamente he sentido que a los venezolanos, al igual que con los judíos, nos están deshumanizando. Mejor dicho: Nos están descivilizando. Sé que debe haber otras palabras para explicar este fenómeno, como que nos están convertiendo en bárbaros, pero un bárbaro es aquel que nunca ha formado parte de la civilización y no es ése nuestro caso. En su momento, fuimos ciudadanos, cuidadanos oprimidos y luego ciudadanos libres, pero siempre ciudadanos. Y poco a poco este gobierno ha ido borrando los importantes conceptos de civilización, de derechos civiles  y, peor aún, de deberes civiles.  Nos han quitado lo que teníamos de ciudadanos: nos han descivilizado. Ahora justifico mi sentencia, y pónganse cómodos porque será un párrafo largo.

Al igual que con los judíos -lo siento, sé que es una comparación chocante- a muchos de los venezolanos les han quitado sus negocios y sus casas. Nos han hecho creer que tener dinero es una cosa del demonio: tener ropa de marca te cataloga como cómplice del Imperio, tener teléfonos caros es una ofensa, que te guste el arte o que quieras educarte es una declaración de intenciones en la cual expresas que tu deseo más íntimo es arruinar Venezuela y hacerle daño a los pobres. Y aquí quiero insertar una teoría. Así como para muchos matar judíos no estaba mal porque apenas eran seres vivientes, para la delincuencia en Venezuela no es algo malo robar ni secuestrar, porque el hecho de que tengas algo que ellos no, te califica inmediatamente como abominación, porque todos debemos tener lo mismo. Para los ladrones robar es algo normal, es una forma fácil de obtener lo que quieres, así como las cámaras de gas fueron la Solución Final para los nazis. Nos han descivilizado no porque la mitad de la población crea que el hurto es una profesión real, sino porque la otra mitad lo considera aceptable. Los venezolanos hemos aceptado las reglas del juego: no sacamos el teléfono en la calle, no llevamos cosas de valor si tenemos que usar el transporte público, hemos llegado al punto en que nuestra meta última no es progresar sino conservar la vida y perdirle salud a Dios, porque sabemos que si enfermamos buscar las medicinas será una tarea abismal, sabemos que si un ser querido enferma y necesita atención médica, obtenerla no será cosa fácil; sabemos que los hospitales no tendrán camillas ni habitaciones, que los quirófanos estarán infectados, que no habrán insumos, que tal vez no encuentres al especialista que necesitas porque los médicos están mal pagados. Nos descivilizaron en el momento en que lo sabemos y lo aceptamos y sólo oramos por una buena salud. Nos descivilizaron en el momento en que los estudiantes dejamos de esperar una educación de punta, en que perdimos la esperanza de buenos servicios, en el que empezamos a gastar dinero y tiempo en cocinar porque sabíamos que el comedor de la universidad no podría aguantar más; en el momento en que dejamos de ir a clases porque el servicio de transporte quebró y no había presupuesto para reemplazarlo. Nos descivilizaron cuando empezamos a pensar en estrategias para paliar la falta de servicios y a buscar planes para aguantar el año que nos queda de universidad en vez de pensar en soluciones reales para la causa de todo esto. Nos descivilizaron en el momento en que elegimos los pañitos calientes sobre los antibióticos. Nos descivilizaron cuando aceptamos la humillación de hacer colas durante días, cuando permitimos que los bebés no tuvieran pañales ni las mujeres toallas sanitarias, cuando no hicimos nada ante la desaparición de los desodorantes y la pasta de dientes. Nos descivilizaron incluso antes, cuando no nos pareció extraño que los productos de “lujo” como la nutella o el aceite de oliva, empezaran a estar fuera del alcance de profesionales trabajadores, cuando sólo levantamos las cejas e hicimos un comentario cualquiera ante los estantes vacíos en los supermercados y cuando simplemente dejamos de comprar cuando los precios aumentaron un 500%. En el momento en que nuestra mayor expectativa -y me incluyo- es irnos del país, buscar un sistema normal. Hemos dejados de ser ciudadanos, porque no esperamos nada del Gobierno, ni de la Asamblea, ni de nuestros concuidadanos. Perdimos el derecho de llamarnos ciudadanos en el momento en que nos damos cuenta de que siempre tenemos miedo de la gente que nos rodea y en el que creemos que los derechos civiles, los derechos humanos más básicos, están más allá del alcance de los venezolanos. Nos descivilizaron y nos han quitado mucho de lo que nos caracterizaba como venezolanos, porque bien podrían decirme que han habido países en peores situaciones, que siembre ha habido una Cuba y una Corea del Norte… sí, pero Venezuela nunca ha sido uno de esos países. Es verdad que hemos sufrido, que hemos tenido dictaduras crueles y momentos tristes pero siempre, siempre, el venezolano luchó en todos los frentes, con pluma y papel, con armas, con canciones, con errores y aciertos, por salir adelante. Hasta Marcos Pérez Jíménez estuvo sólo 8 años en el poder. Venezuela nunca ha vivido en la abundancia, nunca hemos sido un país desarrollado, pero siempre hemos estado orgullosos de nuestra gente, de cómo luchamos, de cómo pensamos… ¿qué ha pasado con nosotros?

Más aún, y esto sí lo perdimos nosotros solos sin ayuda de nadie, dejamos de ser ciudadanos cuando nos olvidamos completamente de nuestros deberes civiles. Porque para disfrutar de todos esos derechos básicos que, a día de hoy, vemos como privilegios de otros países, tenemos que cumplir nuestro de deber de ciudadanos y eso, señores, dejamos de hacerlo hace tiempo. Hace tiempo, incluso antes de estos fatídicos 17 años, dejamos de respetar las leyes de tráfico, dejamos de tener orden y honestidad, dejamos de respetar la burocracia y los canales oficiales, y que no me venga nadie con eso de que es parte de la picardía del venezolano. Ya he dicho antes que los culpo a Ellos de todo, pero tenemos nuestra parte desde el momento en que no hicimos nada. No quiero ser injusta ni desmeritar lo que han hecho muchos…  con los estudiantes que se sacrificaron en las marchas, ni con los políticos presos, soy consciente de que todavía tenemos personas trabajando, tratando de sacarnos adelante, pero tengo la sensación de que estamos paralizados ante la cantidad de problemas que enfrentamos, ante la disfuncionalidad e irracionalidad de todo, ante la criatura fea y cruel que es nuestro país ahora mismo… no puede ser que nos hayamos quedado sin opciones. ¿Dónde está el Miguel Otero Silva de mi generación? El José Pocaterra, el César Rengifo, el Andrés Eloy Blanco, el Rómulo Gallegos… ¿Dónde está el José Aguntín Catalá de nuestros días, para que luche por la libertad de expresión? ¿Dónde está nuestra Generación del 28? ¿Dónde está nuestro Falke, nuestro barco soñado, así sea un fracaso? ¿Dónde está nuestro Caracazo? ¿Dónde están nuestras letras, nuestro arte, nuestra cultura, nuestro ingenio, nuestro carácter, nuestro fuego?

 

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De amistades hablamos

¿Qué une a los amigos? Los amigos que conociste cuando tenías seis años, los que hiciste en el colegio, los de la universidad, los de la natación, los de la cuadra. De pequeños siempre decimos que María es nuestra mejor amiga del colegio y Laurita es la mejor amiga de las tareas dirigidas y Anita es la mejor amiga del barrio; pero luego crecemos y nos creemos muy maduros y nos referimos a la persona con la que más salimos o con la que más hablamos en ese momento como nuestro Mejor Amigo. Así, como si de un nombre propio se tratara: somos grandes y ya no clasificamos a los amigos. Y es que de niños nos dabamos cuenta de que las relaciones son distintas pero no podíamos entender por qué, así que simplemente organizábamos a la gente dentro de los espacios en que los conocimos.

Digo todo esto porque recientemente estuve viviendo fuera e hice amigos que se sienten cercanos, que se sienten verdaderos. Nunca olvidé a mis amigo de Venezuela, por supuesto; pero resulta que cuando le hablaba a mis nuevos amigos de mis viejos amigos empecé a usar la vieja fórmula de “Fulanita es mi mejor amiga… bueno, es mi mejor amiga de la carrera… bueno, que es una amiga” Se hacía muy difícil explicar en qué consistía la relación y cuál era el grado de la relación y todos esos detalles que por algún motivo salen a borbotones de mi boca cuando hago comentarios de mi país. Me empecé a dar cuenta de a quiénes de mis amigos nombraba más, con quiénes tenía más anécdotas y me encontré con que no había hablado ni una vez de gente a la que tal vez veía todos los días y que hacía muchísimas referencias a aquellos amigos que tenía meses e incluso años sin ver pero que seguían siendo figuras de peso en mi vida.

Hablando de ellos, me di cuenta de que no tengo muchas cosas en común con mis amigos de la infancia pero que cada vez que los nombraba, sonreía, y que contaba algunas cosas de sus vidas con sorpresa de que esas personas realmente pudieran ser mis amigos… ¿cómo llegamos a llevarnos tan bien? Compartía riéndome anécdotas que, tratándose de otra persona, tal vez hubiese contando con desaprobación. Recordando nuestros momentos juntos para poder contarlos, me entendí un poco mejor a mí misma y aprecié la ayuda que me brindaban sin saberlo mis amigos desde el otro lado del océano. Descubrí entonces que la niñez es el mejor momento para formar una amistad porque aprendemos a querer a la gente sin juzgarla y más adelante, cuando crecemos, las seguimos queriendo como niños, sin juzgar, sin exigir. Son personas que se vuelven parte de tu familia; por las que te preguntan tus tíos lejanos; que han pasado tiempo con tus hermanos sin estar tú prensente. Amigos que han superado todas las etapas contigo; que te conocen como nadie, a los que no tienes que explicarles detalles, a los que no tienes que poner en contexto porque han estado ahí viviéndolo todo. Son personas que te quieren tanto que se emocionan con tus nuevas aventuras y las viven como si estuvieran allí, incluso si se enteran de las cosas meses después de que hayan pasando, porque pueden imaginarse tus reacciones y tus sentimientos.  Tengo una amiga desde que tenemos seis años y estoy segura de que aunque decidiera irse repentinamente con una banda de motorizados a recorrer sudamérica, promulgando el comunismo soviético, cuando decidiera volver nuestra amistad sería la misma: la de las niñas que se conocieron a los 6 años. Son personas que quieres -y que te quieren- aunque hagas todo mal, aunque ellos se equivoquen, aunque se ofendan y se molesten. Son amistades que saben todo de tí, que te conocen y te aman como eres, por lo que eres y a pesar de lo que eres. Son amistades sólidas, sustentadas no tanto en gustos comunes y afinidad de espíritus como en el cariño sincero: el cariño de los niños.

Pero también pienso en mis nuevos amigos, específicamente en mis amigos de Akropol, mis amigos de un año. Amigos de un año, amigos que no han visto los diferentes colores que han pasado por mi pelo, que no me conocieron en mis crisis tenísticas, que no me soportaron cuando no podía ir a fiestas, cuando sólo estaba en una cancha de tenis o detrás de un libro. Amigos que no pueden imaginarse mis inseguridades de adolescente; amigos que no vivieron conmigo mis búsquedas y descubrimientos personales; amigos que no limpiaron las lágrimas después de la primera ruptura, del primer exámen suspendido, de las peleas con los padres; que no han estado en cumpleaños familiares, que no me ayudaron cuando no entendí algo en el colegio, que no compartieron mi satisfacción al aprobar la prueba de admisión para la universidad. Amigos que no conocen a las personas más importantes de mi vida: mi familia. Amigos que nunca han visto mi cuarto, mi estantería, mi colegio, mi universidad; peor aún, que no comparten mi cultura, que no entienden mi país, que no conocen y no pueden imaginar lo que es vivir en Venezuela. Estas personas tal vez no sepan nada de mí ni de mi historia, pero son -o yo los siento- tan amigos como mis amigos de la infancia. Pienso en ellos y me pregunto si es que acaso nuestra amistad es menos sólida, es menos duradera, si fue una amistad temporal, circunstancial. Me lo pregunto a pesar de que conozco la respuesta. Ellos no tenían ninguna idea preconcebida de mí, y me aprendieron a querer como adulta, por lo que soy ahora. Al conocerme no pensaron lo que piensan mis viejos amigos de mí “Dámarys nunca sale, no hace nada, hay que obligarla… pero la queremos igual“; ellos simplemente me conocieron y no me juzgaron por lo que era hace 5 o 10 años, como suelen hacer tus amigos de toda la vida. Nuestra amistad no está basada en años y recuerdos comunes, es cierto, sino en gustos, conversaciones infinitas sobre política, religión, ética, secretos compartidos,  afinidad. Tardes de café y té, almuerzos juntos, comida compartida, apoyo médico y psicológico, recomendaciones de películas y música, discusiones acerca de nuestras diferencias y el trabajo que conlleva aceptar esas diferencias, siendo adultos prepotentes como todos lo somos alguna vez. Si a mis amigos de la infancia los gané con algo que tenemos todos los niños: la inocencia, los juegos, la alegría… a estos tuve que currármelos, como dirían ellos. Cuando eres adulto no pierdes el tiempo pasándolo con tu vecino si no es porque esa persona tiene algo que te atrae, que te completa, que te gusta. Siendo adulto, te vuelves más selectivo. Llegar a querer a personas con las que no tienes historia común es difícil y por eso mismo es muy, muy meritorio. Ellos sufrieron conmigo las elecciones de la Asamblea, se impresionaban ante las noticias de mi país, me preguntaban si no se podía hacer nada… se interesaban por un país pequeñito que está a 8 mil kilómetros de distancia y que no han visto y probablemente no vayan a ver; empezaron a preocuparse por la vida en un país que no tiene nada que ver con ellos. Eso es cariño; eso es solidez. A pesar del poco tiempo, desarrollamos la empatía suficiente para entender un trasfondo personal que no conocíamos más que por pequeñas referencias; desarrollamos la curiosidad  necesaria para hacer las preguntas indicadas que nos descubrirían poco a poco la vida de los otros; desarrollamos la atención para darle significado a los detalles y ubicarlos en el rompecabezas que es el mundo de una persona desconocida. Cómo son tus amigos, qué hacen tus padres, qué hacías de pequeña, cúantos hermanos tienes, por qué estudiaste tu carrera, qué libros lees, qué haces en tu tiempo libre, cuáles son tus debilidades, fortalezas, ambiciones, miedos… información que no tienes tiempo de recolectar a lo largo de una vida, como pueden hacerlo los viejos amigos, pero que aprendes de manera precipitada prestando más atención de la que prestarías a tus amigos del colegio, escuchando más, preguntando más, observando más, sacrificando más…  y luego, tienes que desarrollar la tolerancia y el cariño necesarios para que, si no te gusta algo de la historia que armaste en tu cabeza, no lo juzgues, no lo confrontes porque en el fondo sabes que la historia nunca estará completa, nunca sabrás todos los detalles que derivan del día a día, de la historia común; pero aún así, te conformas. Te conformas con lo que te den, con el tiempo que puedas obtener, con los abrazos que te puedas robar, con cada momento… porque sabes que pronto estarán lejos. Esa es nuestra base y yo creo que también es bastante sólida.

A pesar de todas estas diferencias, tienen una gran cosa en común. Ambos tipos de amigos, después de pasado un tiempo sin verte e incluso sin hablar, te recibirán con los brazos abiertos y con el mismo cariño cuando la vida los una de nuevo. Y yo sólo puedo pensar en lo increíblemente afortunada que soy por tener la oportunidad de analizar en primera persona ambos tipos de relaciones. En lo bendencida que estoy al tenerlos a todos.

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