¿Qué une a los amigos? Los amigos que conociste cuando tenías seis años, los que hiciste en el colegio, los de la universidad, los de la natación, los de la cuadra. De pequeños siempre decimos que María es nuestra mejor amiga del colegio y Laurita es la mejor amiga de las tareas dirigidas y Anita es la mejor amiga del barrio; pero luego crecemos y nos creemos muy maduros y nos referimos a la persona con la que más salimos o con la que más hablamos en ese momento como nuestro Mejor Amigo. Así, como si de un nombre propio se tratara: somos grandes y ya no clasificamos a los amigos. Y es que de niños nos dabamos cuenta de que las relaciones son distintas pero no podíamos entender por qué, así que simplemente organizábamos a la gente dentro de los espacios en que los conocimos.

Digo todo esto porque recientemente estuve viviendo fuera e hice amigos que se sienten cercanos, que se sienten verdaderos. Nunca olvidé a mis amigo de Venezuela, por supuesto; pero resulta que cuando le hablaba a mis nuevos amigos de mis viejos amigos empecé a usar la vieja fórmula de “Fulanita es mi mejor amiga… bueno, es mi mejor amiga de la carrera… bueno, que es una amiga” Se hacía muy difícil explicar en qué consistía la relación y cuál era el grado de la relación y todos esos detalles que por algún motivo salen a borbotones de mi boca cuando hago comentarios de mi país. Me empecé a dar cuenta de a quiénes de mis amigos nombraba más, con quiénes tenía más anécdotas y me encontré con que no había hablado ni una vez de gente a la que tal vez veía todos los días y que hacía muchísimas referencias a aquellos amigos que tenía meses e incluso años sin ver pero que seguían siendo figuras de peso en mi vida.

Hablando de ellos, me di cuenta de que no tengo muchas cosas en común con mis amigos de la infancia pero que cada vez que los nombraba, sonreía, y que contaba algunas cosas de sus vidas con sorpresa de que esas personas realmente pudieran ser mis amigos… ¿cómo llegamos a llevarnos tan bien? Compartía riéndome anécdotas que, tratándose de otra persona, tal vez hubiese contando con desaprobación. Recordando nuestros momentos juntos para poder contarlos, me entendí un poco mejor a mí misma y aprecié la ayuda que me brindaban sin saberlo mis amigos desde el otro lado del océano. Descubrí entonces que la niñez es el mejor momento para formar una amistad porque aprendemos a querer a la gente sin juzgarla y más adelante, cuando crecemos, las seguimos queriendo como niños, sin juzgar, sin exigir. Son personas que se vuelven parte de tu familia; por las que te preguntan tus tíos lejanos; que han pasado tiempo con tus hermanos sin estar tú prensente. Amigos que han superado todas las etapas contigo; que te conocen como nadie, a los que no tienes que explicarles detalles, a los que no tienes que poner en contexto porque han estado ahí viviéndolo todo. Son personas que te quieren tanto que se emocionan con tus nuevas aventuras y las viven como si estuvieran allí, incluso si se enteran de las cosas meses después de que hayan pasando, porque pueden imaginarse tus reacciones y tus sentimientos.  Tengo una amiga desde que tenemos seis años y estoy segura de que aunque decidiera irse repentinamente con una banda de motorizados a recorrer sudamérica, promulgando el comunismo soviético, cuando decidiera volver nuestra amistad sería la misma: la de las niñas que se conocieron a los 6 años. Son personas que quieres -y que te quieren- aunque hagas todo mal, aunque ellos se equivoquen, aunque se ofendan y se molesten. Son amistades que saben todo de tí, que te conocen y te aman como eres, por lo que eres y a pesar de lo que eres. Son amistades sólidas, sustentadas no tanto en gustos comunes y afinidad de espíritus como en el cariño sincero: el cariño de los niños.

Pero también pienso en mis nuevos amigos, específicamente en mis amigos de Akropol, mis amigos de un año. Amigos de un año, amigos que no han visto los diferentes colores que han pasado por mi pelo, que no me conocieron en mis crisis tenísticas, que no me soportaron cuando no podía ir a fiestas, cuando sólo estaba en una cancha de tenis o detrás de un libro. Amigos que no pueden imaginarse mis inseguridades de adolescente; amigos que no vivieron conmigo mis búsquedas y descubrimientos personales; amigos que no limpiaron las lágrimas después de la primera ruptura, del primer exámen suspendido, de las peleas con los padres; que no han estado en cumpleaños familiares, que no me ayudaron cuando no entendí algo en el colegio, que no compartieron mi satisfacción al aprobar la prueba de admisión para la universidad. Amigos que no conocen a las personas más importantes de mi vida: mi familia. Amigos que nunca han visto mi cuarto, mi estantería, mi colegio, mi universidad; peor aún, que no comparten mi cultura, que no entienden mi país, que no conocen y no pueden imaginar lo que es vivir en Venezuela. Estas personas tal vez no sepan nada de mí ni de mi historia, pero son -o yo los siento- tan amigos como mis amigos de la infancia. Pienso en ellos y me pregunto si es que acaso nuestra amistad es menos sólida, es menos duradera, si fue una amistad temporal, circunstancial. Me lo pregunto a pesar de que conozco la respuesta. Ellos no tenían ninguna idea preconcebida de mí, y me aprendieron a querer como adulta, por lo que soy ahora. Al conocerme no pensaron lo que piensan mis viejos amigos de mí “Dámarys nunca sale, no hace nada, hay que obligarla… pero la queremos igual“; ellos simplemente me conocieron y no me juzgaron por lo que era hace 5 o 10 años, como suelen hacer tus amigos de toda la vida. Nuestra amistad no está basada en años y recuerdos comunes, es cierto, sino en gustos, conversaciones infinitas sobre política, religión, ética, secretos compartidos,  afinidad. Tardes de café y té, almuerzos juntos, comida compartida, apoyo médico y psicológico, recomendaciones de películas y música, discusiones acerca de nuestras diferencias y el trabajo que conlleva aceptar esas diferencias, siendo adultos prepotentes como todos lo somos alguna vez. Si a mis amigos de la infancia los gané con algo que tenemos todos los niños: la inocencia, los juegos, la alegría… a estos tuve que currármelos, como dirían ellos. Cuando eres adulto no pierdes el tiempo pasándolo con tu vecino si no es porque esa persona tiene algo que te atrae, que te completa, que te gusta. Siendo adulto, te vuelves más selectivo. Llegar a querer a personas con las que no tienes historia común es difícil y por eso mismo es muy, muy meritorio. Ellos sufrieron conmigo las elecciones de la Asamblea, se impresionaban ante las noticias de mi país, me preguntaban si no se podía hacer nada… se interesaban por un país pequeñito que está a 8 mil kilómetros de distancia y que no han visto y probablemente no vayan a ver; empezaron a preocuparse por la vida en un país que no tiene nada que ver con ellos. Eso es cariño; eso es solidez. A pesar del poco tiempo, desarrollamos la empatía suficiente para entender un trasfondo personal que no conocíamos más que por pequeñas referencias; desarrollamos la curiosidad  necesaria para hacer las preguntas indicadas que nos descubrirían poco a poco la vida de los otros; desarrollamos la atención para darle significado a los detalles y ubicarlos en el rompecabezas que es el mundo de una persona desconocida. Cómo son tus amigos, qué hacen tus padres, qué hacías de pequeña, cúantos hermanos tienes, por qué estudiaste tu carrera, qué libros lees, qué haces en tu tiempo libre, cuáles son tus debilidades, fortalezas, ambiciones, miedos… información que no tienes tiempo de recolectar a lo largo de una vida, como pueden hacerlo los viejos amigos, pero que aprendes de manera precipitada prestando más atención de la que prestarías a tus amigos del colegio, escuchando más, preguntando más, observando más, sacrificando más…  y luego, tienes que desarrollar la tolerancia y el cariño necesarios para que, si no te gusta algo de la historia que armaste en tu cabeza, no lo juzgues, no lo confrontes porque en el fondo sabes que la historia nunca estará completa, nunca sabrás todos los detalles que derivan del día a día, de la historia común; pero aún así, te conformas. Te conformas con lo que te den, con el tiempo que puedas obtener, con los abrazos que te puedas robar, con cada momento… porque sabes que pronto estarán lejos. Esa es nuestra base y yo creo que también es bastante sólida.

A pesar de todas estas diferencias, tienen una gran cosa en común. Ambos tipos de amigos, después de pasado un tiempo sin verte e incluso sin hablar, te recibirán con los brazos abiertos y con el mismo cariño cuando la vida los una de nuevo. Y yo sólo puedo pensar en lo increíblemente afortunada que soy por tener la oportunidad de analizar en primera persona ambos tipos de relaciones. En lo bendencida que estoy al tenerlos a todos.

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