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Espacios.

Horas perdidas de un verano infructuoso.

Me avergüenza un poco escribir esta entrada: van a conocer la razón de que mi verano fuera completamente estéril. Creo que por eso mismo tengo que escribir acerca de las series que vi; tal vez alguien esté de acuerdo conmigo o, al contrario, no lo esté y se genere un bonito debate.
Empezaré con las series que, según yo, no tienen un alto nivel, que sirven para entretenerse pero, como lo dije en alguna entrada anterior, son los guilty pleasures que no te dejan avanzar hacia cosas mejores.

Empezaré con The Last Ship. En su comienzo me generó muy buenas impresiones, por eso tal vez me extienda un poco explicando por qué la incluyo en esta entrada.
A medida que avanzaban los capítulos se volvía más repetitiva y predecible. Es decir, cada personaje se engancha a un estereotipo y no lo suelta; a veces estos estereotipos son refrescantes porque no te dejan en el borde de la silla como otras series –ejem, The Leftovers- sino que te permiten sentarte tranquilamente y reírte de vez en cuando. Pero hay cosas que simplemente me parecen desafortunadas. Como la exagerada parcialidad. Vamos, ya sé que es una serie americana y todo eso, pero no puede ser que crean verdaderamente que ellos son los únicos buenos y el resto del mundo son criminales o tontos incorregibles (China bombardeando a su propio pueblo, Francia siendo atacada por una bomba atómica, latinos que trafican drogas y esclavizan a los nativos ignorantes –cliché- y, por supuesto, rusos tratando de controlar el mundo a través de la violencia y el autoritarismo). Ah, sin contar la trilladísima frase americana: “No negociamos con terroristas”. Señor, que hayan querido presentarlos –a estas alturas de la historia universal- como los dioses de la justicia y el honor me parece una falta de respeto a la inteligencia del espectador.
Dejando a un lado esa opinión muy personal, creo que se equivocaron al querer utilizar todas las situaciones que se pueden presentar en una historia como esta sin dedicarle mayor tiempo a los detalles y a la complejidad de cada una (a veces llegaron a resolver dos y hasta tres situaciones de estrés en un episodio). Además, casi todos los personajes eran completamente buenos o completamente malos; no tengo que explicar por qué esto si que está completamente mal. Pareciera que al final se dieron cuenta de esto y la situación planteada para la segunda temporada es el caos y los intereses de USA cuando el barco llega a tierra americana. Aún así, me dejó bonitos momentos al verla con mi papá.

Rush, una serie de un doctor que cobra cantidades exorbitantes por guardar los secretos médicos, es entretenida y ya está; todavía no le veo pies ni cabeza a la temporada, excepto el querer volver con la ex novia y que ésta tenga un cáncer terminal.

Otra serie que tenía buenas expectativas era Extant, acerca de vida extraterrestre en un futuro cercano. A pesar de los buenos actores que tiene, se ha quedado entre un thriller de misterio y ciencia ficción, sin definirse ni agregar algo diferente.

A pesar del buen hilo argumental de The Lottery (en un mundo donde sólo hay unos poco niños y las mujeres no quedan embarazadas, se lograr fertilizar artificialmente 100 óvulos que se sortearán en una lotería nacional) no termina de explotar. No sé qué esperaba de ella, tal vez profundizar más en el hecho de que no hay niños o en el sentido de la existencia de la humanidad, tal vez quería que hablaran más de la desesperación de muchas mujeres al negárseles el desarrollo de uno de los instintos más primarios; no sé, al igual que TLS me parece que pasan superficialmente por muchas situaciones sin dejarnos encariñarnos con ninguna. Mucho ruido y pocas nueces.

Estas fueron las nuevas, pero anteriormente he mencionado que tengo otros Guilty Pleasures: True Blood, cuya sexta temporada fue la última y la peor de todas; decepcionante de principio a final, pudieron haber terminado la serie perfectamente en la quinta y habríamos estado más felices todos. Witches of East End es la otra y creo que decayó muchísimo. Nunca fue una obra de arte pero ahora se ha tornado hasta molesta.

Estos fueron mis impresiones negativas, pero no todo es malo. Luego publicaré las series que recomendaría con los ojos cerrados. Y, algo positivo, es una lista mucho más larga que ésta.

Dámarys C.

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De Blogs y Cuadernitos.

Recientemente he pensando en la inutilidad de escribir un blog. Es un espacio maravilloso para aquellos que tienen grandes ideas y habilidades; les permite mostrar al mundo su ingenio y creatividad y, por supuesto, nos permite a nosotros, sin mayores dones, encontrar ideas que coinciden con las nuestras pero que no tenemos la capacidad de expresar. Todo el que abre un blog debe tener, aunque lo niegue, la confianza de que tiene algo bueno que decir. Todos tenemos algo que decir, pero no todos los pensamientos merecen ser escuchados.

Lo estuve pensando porque, a pesar de que tengo varias semanas sin escribir aquí, no pasa mucho tiempo sin que escriba alguna tontería en un cuadernito viejo del que nunca me alejo. (Me rehúso a utilizar la palabra diario). En él están mis verdaderos pensamientos y, al ser tan íntimos, no estoy dispuesta a transcribirlos aquí, y no porque los considere particulares o exageradamente vergonzosos, de hecho, creo que son muy parecidos a los de cualquier persona, y por eso es precisamente que considero que no serían de gran interés para los blogger. Una persona debe ser realmente profunda, tener grandes experiencias, sufrimientos y alegrías, para considerar que sus vivencias quieran ser leídas y puedan ser disfrutadas por otras personas; es por esto que en mi primera entrada prometí no hacer de este espacio un diario privado. Aquí podemos hablar de muchas cosas, mientras no nos acercarnos nunca a temas autobiográficos. Aquí escribo cosas que podría conversar tranquilamente con cualquier persona con los mismos intereses, pero estoy segura de que no a cualquier persona le abriría las puertas de mi ser.

Aquellos con un blog respetable probablemente sean personas al menos interesantes, cuyos miedos, anhelos y particularidades no llegaré a conocer. Si, no dudo de que se hayan establecido relaciones en este espacio cibernético pero pocas de ellas desembocan en lazos verdaderamente íntimos. En un blog, como en cualquier espacio no personal, nos desenvolvemos como quisiéramos ser, mostramos la faceta que queremos que vean, decimos cosas interesantes a las que le dedicamos previamente muchos pensamientos. Pero esto no sólo aplica a la red; es lo que pasa con todo tipo de arte. 

Todo esto es el desenlace de mis superfluos pensamientos acerca de la mortalidad. A mis veinte años, experimento, no por primera vez, la sorpresa y la incredulidad ante la certeza de que seremos olvidados. No dejamos nada, además de las fotos (que sólo dejan testimonio de nuestra apariencia), que pueda indicarle a nuestros bisnietos cómo éramos. Cómo eramos realmente. Todos conocemos la cristiana costumbre de hablar bien de los muertos; en ningún epitafio encontraremos los sentimientos malos, los celos, el egoísmo, la soberbia, a la que la mayoría de los mortales respondemos en algún momento de nuestras vidas. Aún cuando luego de nuestra muerte hablen de nosotros con total objetividad, son pocos los que tendrían la capacidad (aún conociéndonos bien) de describirnos, pues hasta ahora sólo los novelistas pueden describir perfectamente a sus personajes, debido a que los idearon y los educaron y saben perfectamente cómo son por dentro. Bien, volviendo al tema de la muerte y el olvido: me encontraba pensando en ésto cuando recordé mi blog. Recordé que en él están mis impresiones acerca de muchas cosas, mi tendencia política y pensamientos que no he compartido (personalmente) con mucha gente (resulta sorprendente la cantidad de small talk que tenemos con nuestros amigos y familiares, sin llegar a profundizar en muchos temas. Incluso genera sensación de pesadez cuando hablamos seriamente y, la mayor parte de las veces, las bromas con algún sentido y la ironía inteligente son incomprendidas o mal recibidas). Pero, ¿acaso el hecho de que soy católica puede decir qué tipo de católica soy? Más aún, cosas dichas por mí pueden no ser un indicador de cómo me comportaría en determinada situación.

Mi cuadernito, donde reposa gran parte de lo que yo creo que es mi esencia, desaparecerá en algún momento, incluso puede que sea yo la que lo desaparezca (porque todos conocemos esa fea sensación de vergüenza cuando leemos cosas que escribimos hace mucho tiempo. Puede que lo que yo creo que me define, más adelante me parezca mal expresado y poco verdadero pues, a mi edad, hay muchas cosas que no conozco de mí misma).

Entonces, ¿por qué sigo escribiendo un blog? porque hay cosas que pertenecen a donde pertenecen; estas palabras no corresponden al cuadernito (y no porque sea demasiado largo para escribir a mano). Porque aunque sea repetitivo (de hecho, por ser repetitivo) otras personas podrían estar de acuerdo con alguno de estos pensamientos desordenados e inconexos. Porque aunque el cuadernito este más cerca de la confusa y aún desconocida verdad, el blog está igual de cerca de la rutina y de lo sencillo. Porque el cuadernito a veces me averguenza y el blog también. Porque, así como el cuadernito sólo pide soledad e intimidad (aunque, en algún momento, espera ser adivinado. Atentos, el cuadernito quiere ser adivinado, intuido, comprendido, no leído) el blog necesita de otras personas que lo lean y lo comprendan. Porque son páginas de la misma novela. Porque el blog es para ustedes y el cuadernito es para mí.

Dámarys C.

P.D: Pido disculpas por los largos paréntesis; eran más del cuadernito que del blog.

Guilty Pleasures

Los guilty pleasures son, como su nombre lo dice, esos placeres que disfrutamos aún sabiendo que nos pueden hacer daño, como un helado o una torta gigante. En mi caso, la comida nunca me ha hecho sentir mal, pero cuando veo capítulos de series que dan risa de lo malas e irreales que son, no puedo evitar pensar que estoy quemando voluntariamente mis neuronas. Sin embargo, semana tras semana sigo viendo True Blood, Witches of East End y Vampires Diaries y reconcer que no son buenos trabajos televisivos no da ningún mérito extra. Con las series no es tan grave: perder 45 minutos a la semana en un entretenimiento (aunque esté lleno de frases y escenas cliché, malos efectos y terribles hilos conductores) es algo que puedo permitirme sin tantos remordimientos. Pero es otra historia con los libros. Lo digo por experiencia: yo también he pasado por las listas de libros de romántica/juvenil que hay en todos los foros en internet; además, es lo único que se consigue (si tienes la suerte de conseguir libros en las librerias) en las estanterías de nuestras librerías venezolanas (a parte de los libros de autoayuda).

Estos libros tienen siempre la misma historia: chica con pasado oscuro (que, casualmente, presenta siempre la misma personalidad tímida e ingeniosa) conoce a chico problemático, mujeriego y con pasado aún más oscuro. Chico es obsesivamente sobreprotector y detallista. Se enamoran. Se pelean. Se reconcilian. Se presenta el cénit del libro cuando hay una situación de peligro (incendio, accidente de auto, secuestro, etc) que involucra a alguno de los protagonistas. Se salvan mutuamente. Fin. (probable secuela que permite al autor seguir sacando beneficio de la misma historia por dos o tres libros más y en donde sólo cambia la situación de peligro).

Reconozco que, en estas semanas de lamentable vagancia, he leído varios de estos libros. En este caso sí me averguenza reconocerlo y creo que la única excusa que puedo dar es que a veces necesito vaciar mi mente. Vaciarla de lecturas previas pesadas, de pensamientos no solicitados y alejarme del mundo real. Es como la cosa que se usa para limpiar el paladar entre platos exquisitos. Es importante lo de alejarse del mundo real. Porque la lectura puede tener dos efectos distintos: Entrar en contacto con lo que nos rodea o alejarnos de lo que nos rodea. El primer efecto es logrado por la buena literatura; no me refiero necesariamente a libros de filosofía y antropología sino a libros que se valen de una historia para entender el mundo real. El cuento más infantil de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen es mejor literatura que los libros que leen los adolescentes hoy en día. Porque por más novelesca que sea una historia, por más fantasía que tenga, si nos ayuda a entendernos mejor es buena literatura. Una vez leí un discurso de Ohran Pamuk en el que decía, parafraseándolo, que la literatura no sería exitosa si las vidas no presentaran puntos comunes que permitieran entender y compartir lo que el autor escribe; es por esto que la ciencia ficción, la novela, la fantasía, pueden ser clásicos de la literatura siempre y cuando presenten escenarios emocionales, situacionales o psicológicos que se puedan presentar en las vidas de las personas que los leen. En cambio, el segundo efecto de la lectura, el que nos aleja de la vida real, nunca será logrado por la buena literatura. Es un efecto de entretenimiento como el que logran las películas que vemos en la tarde de los domingos para pasar el rato; precisamente, son libros de pasar el rato y casi todo lo que es para pasar el rato es intrascendetal, no dejará un efecto posterior en nuestra vidas. A diferencia de los clásicos, estos libros presentan situaciones excepcionales, cosas que quisiéramos vivir pero que, lamentablemente, casi nunca pasan. Y no pasan porque sea ficción sino porque los seres humanos no se comportan normalmente como se comportan en este tipo de libros; y es aquí donde reside su condena.

Por supuesto, hay muchos otros libros que cumplen el mismo objetivo de distracción sin pasar por lo repetitivo, como los muy conocidos libros de Hunger Games (aunque yo pienso que éstos en específico son subestimados por los lectores frecuentes) y Divergente. Éstos, a pesar de no ser obras de arte, tienen objetivos distintos adicionales a la historia de amor principal e incluso presentan reflexiones acerca de la naturaleza humana. Son libros que, al igual que Harry Potter, pueden servir de puente a lectores no habituales para adentrarse luego en lecturas un poco más profundas y pesadas. Sin embargo, los otros libros (chico se enamora de chica) son como una isla de entretenimiento; una vez que te enganchas con ellos se hace difícil pasar a otro tipo de lecturas.

No es mi intención criticar a nadie, ni a lectoras ni a autores, pero es preocupante ver comentarios en páginas donde describen estos libros como los mejores que hayan podido leer. No niego que este tipo de lectura te hace sentir mejor, como que hay un mundo en el que existen personas especiales y donde el amor triunfa sobre todo; el sentimiento que estos libros generan son una cosa genial, pero no son literatura y terminamos en el mismo sitio donde estábamos antes de leerlos.

Es difícil entender o identificarse con esta entrada si no has leído o escuchado de estos libros; y a los que puedan entenderme, ruego que no sientan que es una crítica sino una llamada a abrir el catálogo y subir las expectativas en cuanto a los libros que leemos; esperar que cada libro nos deje algo más que un amor platónico y ficticio; que nos permitan crecer, pensar, analizar, profundizar y conocernos a nosotros mismos y al mundo (real) que nos rodea.

Dámarys C.

De destinos y casualidades

Verano. Tantas semanas esperando poder hacer tantas cosas, poder hacer nada. Tenía tanto tiempo queriendo escribir, casi el mismo tiempo que tenía esperando salir de vacaciones; por lo tanto, es natural comenzar la entrada con la palabra que le dá la posibilidad de existir: Verano.
Sin embargo, no es del verano de lo que quiero hablar; no es de las series que he podido ver (de eso hablaré en otro momento) ni de los libros que he podido leer. Aun así, sí es un libro el que origina esta entrada.

“¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?”

Específicamente esas palabras de Milan Kundera, pertenecientes a La Insoportable Levedad del Ser. Probablemente me meta en un terreno escabroso y desconocido si empiezo a hablar acerca del destino, pero es precisamente eso lo que me vino a la mente mientras leía y releía la frase. Porque, parafraseando a Kundera, son las casualidades las que importan en la vida. Los hechos frecuentes y obligatorios (y por lo tanto planificados) deben ocurrir tengan o no alguna significancia: ir al colegio cada día, salir y regresar a casa a la misma hora, son rutinas que, si bien son necesarias, también son vacías en cuanto a aportes. En cambio, las casualidades deben ocurrir por alguna razón; esto contrasta con su mero concepto pues las casualidades son llamadas así porque, de hecho, son cosas que no debieran ocurrir y que se dan por usa causa específica, no recurrente. Tal vez sea más acertado entonces decir que la casualidad es simplemente la falta de regularidad temporal y no el evento en sí mismo.

No puedo evitar pensar en una película que ví hace algunos años: Los Agentes del Destino. Si bien no es la mejor película que he visto, al menos es una buena referencia y en su momento también me puso a pensar. El argumento es sencillo: una pareja se enamora, pero los agentes del destino (podrían ser una especie de ángeles cuyo trabajo es hacer que el plan de Dios se cumpla a través de pequeños actos) se encargan de separarlos pues no es su destino el estar juntos. Estos señores eran los responsables de que al protagonista se le cayera el café encima o de que perdiera el bus en donde iba su trágica amante. Aun así, otra serie de casualidades (no manejadas por los anti-cupido) hacían que los protagonistas se encontraran una y otra vez. ¿Cuáles eran entonces las verdaderas casualidades: las provocadas por los agentes o las que se daban espontáneamente?
Esta película planteaba un escenario en el que Dios no nos daba libre albeldrío sino solo para cosas menores. De hecho, una de mis escenas favoritas es cuando uno de los agentes le explica al protagonista que cada vez que Dios retiraba a los agentes de la tierra (o sea, cada vez que les daba un completo libre albeldrío) era cuando salían a flote las peores facetas de los seres humanos, expresándose en forma de guerras y enfermedades; por el contrario, cuando los agentes hacían su trabajo era cuando los momentos más gloriosos de la humanidad se presentaban, como el renacimiento y esta calma tensa que vino después de la segunda guerra mundial. Así, se plantea toda una serie de preguntas acerca del bienestar contra la libertad que se mezclan peligrosamente con la religión y que producen un cóctel que no nos tomaremos en este momento.

Evidentemente, no vengo dar ninguna profecía de nuestros destinos en forma de entrada de blog; ni siquiera puedo empezar a analizarlo, pero me parece tan interesante que algunas líneas le tenía que dedicar. Yo, personalmente, creo en el destino; por más que defienda la libertad, creo que todos tenemos una misión y que, aún cuando ésta conlleve sacrificios, tenemos que cumplirla. Sin embargo, tampoco creo que sea una justificación para los hombres bomba, por ejemplo; al contrario, me parece evidente que nuestra misión de vida nos debe hacer felices porque ¿no es ésta la primera misión de todos: ser felices?
Esto me recuerda unas frases de Paulo Coelho en El Alquimista. No me las sé de memoria, pero decían que cuando sentimos esa tristeza que no tiene explicación, que es una especie de mezca entre nostalgia, ira y decaímiento, cuando nos sentimos repentinamente desamparados, es porque, de alguna manera, nos estamos alejando de nuestra misión de vida; puede ser porque nos desarrollamos en una profesión equivocada, o porque vivimos en la ciudad equivocada o porque nos alejamos de una persona importante en nuestro futuro. Según Coelho, esta tristeza es una alarma, igual que la fiebre indica una infección, y que, como queremos evitar estas emociones, nos ponemos en busca de cosas distintas que nos acercan al camino correcto. Suena un poco cursi, pero aún estando consciente de su parecido a frase de autoayuda, me sigue pareciendo igual de acertado que cuando lo leí hace tantos años. Muchos llaman a este destino la voluntad de Dios y para mí no representa ningún incoveniente porque, de hecho, una de las consecuencias de creer en Dios es también creer que tiene un plan para nosotros.

Entonces, retomando las palabras de Kundera, sí, pienso que aún cuando las casualidades puedan hacer parecer a los eventos poco naturales, mientras más de éstas sean necesarias más importante debe ser el evento que las involucra. Me uno a esas personas que siempre me parecían (y me seguirán pareciendo) ridículas cuando decían rimbombantemente “Yo no creo en casualidades”

Y, para no seguir diciendo cosas que, estoy segura, se han dicho antes muchas veces, termino.

Dámarys C.

PD: El hecho de que estés leyendo esto, cuando nadie debería pasarse por estos rincones olvidados de la red es, en sí mismo, una gran casualidad.

Dos cualidades

Sentido común y sentido del humor. No sé porque desde hace tanto tiempo me ronda la cabeza escribir sobre estas dos cualidades que se explican ellas solas.

No creo que sea difícil inferir que quiere decir tener sentido común: actuar sensatamente de acuerdo a algo que todos deberíamos saber al ser parte de una comunidad. Sin embargo, este concepto se contradice por completo. Normalmente el sentido de la comunidad no es el más sensato, es por eso que son pocas las personas que tienen sentido común. Es totalmente inapropiado hablar de comunidad y de sensatez porque, como dijeron en una obra que vi hace poco, “la mayoría nunca tiene la razón”. Aun así, actuar con sentido común debería derivar en beneficios para uno mismo y para la comunidad; es decir, actuar con sentido común es actuar como “debería” hacerse. Es una cuestión de tener conciencia de leyes básicas.

El sentido del humor tal vez necesite una explicación un poco más amplia. No es reírse de cualquier cosa, pasar el día haciendo chistes o actuando como un payaso. El sentido del humor depende totalmente de la percepción de la persona, de saber reconocer situaciones irónicas, peculiares, que por su extrañeza nos causan una risa no siempre alegre pero si nítida, que comprende. Tener la capacidad de reírnos de nosotros mismos es la cumbre del sentido de humor. Tal vez esta sea mi cualidad favorita ya que nos permite conocernos a nosotros mismos y alejarnos un poco de la situación para reírnos de ella y observarla con un ojo más crítico. Reírnos en grupo también es una bendición. Reconocer que sentimos el mismo dolor, que atravesamos las mismas penurias, le quita tensión a cualquier situación y nos permite reírnos y apoyarnos mutuamente.

Estas dos cualidad, sentido común y sentido del humor, van estrechamente ligadas a la inteligencia. Es por esto que me gustan, que las busco en las personas y las admiro si las encuentro. Son señales de una inteligencia refinada, no necesariamente profunda, más bien sensible. Sobre todo, las personas que tienen la suerte, el privilegio de ostentar estas cualidades poseen una inteligencia que no los aísla (como a los genios matemáticos o físicos) sino que los acerca a los demás. Es una inteligencia de grupo, que nos facilita la convivencia en sociedad. El sentido del humor nos permite reconocer la ridiculez (que es la semilla de la comicidad) y saber reconocer la ridiculez hace que sepamos alejarnos de ella, no tomarla en serio, evitándonos así ser nosotros mismos ridículos. El sentido del humor nos permite llevar luz a sitios oscuros que de otra manera no podrían iluminarse.

En fin, dos cualidades profundas que no alcanzo ni a rozar en estas pocas palabras. Dos cualidades que dicen mucho de una persona. Dos cualidades que yo considero indispensables para admirar y respetar a alguien. Cualidades que, por supuesto, pueden adquirirse y cultivarse. Todos deberíamos hacerlo.

Dámarys C.

Pensamientos varios sobre lo mismo.

Hace algunos días empecé a leer nuevamente Lo que el viento se llevó. Es uno de mis libros favoritos; expresa melancolía en todas sus páginas y me hace sentir más apegada a lo nuestro. Precisamente por eso quise escribir. Leyendo el fuerte sentimiento de patriotismo que abandera a la sureños no pude por menos que pensar en el patriotismo de los venezolanos. Ese apego que ha provocado más guerras que ningún otro es el que nos ha llevado a salir a la calle por más de un mes sin importar la represión, la inseguridad, el cansancio, la impotencia; seguimos aquí, intentándolo. 

Al leer, me descubrí sintiendo empatía en las descripciones de escasez y desabastecimiento producto de la guerra; la inseguridad que generan los bandidos sueltos que se aprovechan de la situación para robar y hacer daño. Entendía todo porque es lo que vivimos aquí. Parece mentira que estemos viviendo la mismas consecuencias de la guerra pero sin dirigirnos a ningún lado y no es que la guerra tenga algún sentido, pero al menos al acabar genera un cambio radical. Nosotros sufrimos pero no nos acercamos a ningún cambio. Evidentemente hay otros muchos factores que, gracias a Dios, nos diferencian de una guerra, pero en lo básico es lo mismo: muertos, miedo y falta de certeza.

Es terrible sentir que estamos atrapados en un callejón sin salida y más aún saber que ni siquiera podemos apoyarnos entre nosotros porque no nos ponemos de acuerdo ni en los problemas. Pareciera que no quisiéramos unirnos de ninguna manera.

Desde hace tiempo también vengo pensando en mi generación, la gente 90. Estos deberían ser los mejores y más productivos años de nuestras vidas y en vez de eso estamos aquí, sin otro tema de conversación que la situación del país. En lugar de hablar de clases, ideologías, pensamientos frescos y renovadores e ideas nuevas, todos estamos atascados pensando en lo mismo: Política. No digo que la política sea ajena a los adolescentes; la política no es ajena a nadie, ni a los ancianos ni a los niños. Es esa ciencia que todos vivimos y que se aprende en la universidad de la vida. Todos deberíamos tener opiniones del rumbo de nuestro país, pero no de esta manera obsesiva y enloquecedora. Ya no se habla de películas, obras de teatro, bandas nuevas o libros nuevos porque esos espacios son oxigenados principalmente por los jóvenes, y los jóvenes de este país están demasiado ocupados en las calles luchando o en sus casas, discutiendo de la situación actual con familia y amigos. Si sólo las calles y las discusiones generaran soluciones… no, no generan nada, sólo mantienen el espíritu encendido y en espera. Es cierto que todas las generaciones de estudiantes tienen su propia lucha política y yo no sé si la nuestra es las más digna o la más vergonzosa. No sé si salir a la calle a luchar por comida y por seguridad sea algo honorable, porque sólo muestra la vergüenza en la que vivimos. Volviendo atrás, a la parte en la que digo que todos los estudiantes tenemos una lucha que nos caracteriza; esto tampoco puede ser algo bueno. Si cada generación tiene que ir a luchar, entonces ¿quienes se quedan para poblar el futuro que los otros defienden? ¿quienes generan el conocimiento nuevo, los avances, las innovaciones? Es cierto que los jóvenes somos los responsables de nuestro futuro y que tenemos que pelear por él, pero después de conquistarlo (porque no me queda duda de que lo haremos) ¿con qué herramientas vamos a vivir en él? Tal vez por esto mismo es que la generación que nos sigue tendrá que volver a salir para luchar contra un presente infértil en pro de un futuro mejor. No sé si me explico bien. Hoy en día luchamos contra un régimen que nos oprime y nos concentramos sólo en eso, pero al derrotarlo no sabemos donde nos encontramos porque en la época en la que nos correspondía (ahora) no pudimos prepararnos bien, y el futuro por el que tanto luchamos se convierte en un presente vacío y sin sentido porque no pudimos llenarlo de cosas significantes en el momento que debíamos hacerlo y entonces la historia se repite de nuevo, una y otra vez: vuelven a salir otros estudiantes a luchar contra los que anteriormente lucharon por lo mismo que ellos y que dentro de unos años se encontrarán en la misma situación.

Lo que quiero decir con todo este pesimismo y (gran) simplificación de la dinámica de nuestra sociedad es que la historia de Venezuela no es más que ciclos que se repiten constantemente. Nunca avanzamos, nunca nos movemos hacia adelante porque en realidad nos movemos en círculos. Podrían decirme que toda la historia de la humanidad es moverse en círculos pero es más bien una espiral que se traslada hacia adelante; nosotros sólo rotamos. Tristemente seguimos dejando a un lado toda herramienta cultural y científica por el ansia de zambullirnos en la política para resolver unos problemas que se repetirán dentro de 10 o 20 años.

No digo que la solución sea dejar las calles y estoy consciente de que los jóvenes somos los que tenemos la fuerza para estar ahí. Si fuera sólo esta vez, el sacrificio valdría la pena pero siempre somos los estudiantes los que sacrificamos nuestra juventud cuando deberíamos prepararnos para aportar mejoras en el momento en que nos corresponde aportarlas. Desde la guerra de independencia Bolívar empezó a hacerlo: sacar a la gente de los espacios donde debían estar para llevarlos a un gran objetivo trascendental, y desde entonces no hemos dejado de hacerlo. Esto vale la pena cuando se presenta tal situación cada cierto tiempo pero cuando debemos alejarnos de nuestras esferas de acción cada 10 años entonces nos estamos convirtiendo en una sociedad disfuncional.

Creo que todo lo que escribí fue bastante confuso, incluso contradictorio. Pero así es Venezuela: confusa y contradictoria. Es imposible escribir sobre ella de manera clara y coherente, sin ir hacia atrás y hacia adelante. La misma dinámica de este país hermoso nos absorbe a todos, absorbe nuestros pensamientos y nuestra manera de afrontar las cosas. Tal vez cuando podamos hilvanar de manera clara nuestros pensamientos y formularlos de manera concisa podremos empezar a pensar en soluciones que nos lleven hacia un futuro mejor. Sin embargo, en este momento de nuestra historia no creo que sea posible pensar en la situación venezolana sin admitir que estamos rodeados de intereses, mentiras, deseos ardientes, pensamientos inconexos, ganas de salir adelante, odio y rencores pasados; toda una cantidad de elementos que nos envuelven, alejándonos de la luz. 

Ya sé (y esto último para terminar) que muchos (sino todos) países viven situaciones parecidas y hasta peores, pero yo como venezolana sólo puedo pensar en nosotros (tal vez esta sea otra de las causas de nuestras desgracias) y aunque sé que no saqué nada en claro de todo lo que escribí, me siento mucho más organizada. Espero que todos podamos organizarnos eventualmente y solucionar no sólo esta situación horrible que vivimos hoy, sino tantas mañas que nos afectan constantemente.

Dámarys C.

Venezuela

Siempre me he preguntado por qué a las personas les gustará hacer públicas sus penas. Puedo entender que quieran compartir sus alegrías pero ¿por qué te gustaría que todos supieran que sufres y mas aun, los motivos de tus sufrimientos? Los despechos, las amarguras, las decepciones amorosas, son cosas que no considero de interés público, a menos que seas un gran poeta, músico, cineasta; que puedas hacer arte con tus desgracias. Entiendo que escribir es una forma de liberar el dolor, pero para eso están los diarios privados (esos que yo no dejo que nadie vea, que nadie sepa de su existencia)

Es por esto que al abrir este blog le prometí a todos mis posibles lectores, a mi misma, que no sería un diario. Sin embargo, aquí estoy: a punto de utilizar una entrada en un blog público para hablar del mayor dolor que me acontece en este momento. Es verdad que eliminé la opción de publicación en Twitter y en Facebook (por lo que es probable que nadie lea esto, a menos que me provoque cambiarlo); pero me doy cuenta de una incoherencia en mis ideas: si no quiero que se publique, bien podría escribir esto en un documento de Word y dejarlo enterrado en alguna de mis carpetas. Supongo que esto responde mi pregunta inicial. Nos gusta ser escuchados, nos gusta pensar que alguien ahí afuera se va a sentir identificado con nosotros y nos va a apoyar. No creo que alguien lea este escrito, pero me reconforta (y a la vez me tortura, como todo contacto público) saber que está ahí, que existe no sólo para mi.

Ahora voy al hipocentro de este asunto. Me siento a escribir porque necesito hacerlo; porque cuando hablo de la situación de mi país, Venezuela, con mis familiares o amigos es  repetir una y otra vez la letanía de nuestros sufrimientos, y sólo logramos exaltarnos, deprimirnos unos a otros aún mas. Pero si lo escribo, si sólo me escucho a mi, tal vez pueda dejarlo salir y que no entre nada en el proceso.

Venezuela lleva años sufriendo. Lleva años atascada en su potencial, en lo que podría ser y no es. Y no es sólo en el gobierno de Chávez, pasa desde mucho antes pero por lo que sé de historia puedo notar una diferencia: antes el pueblo reaccionaba, no tenía miedo de decir que querían fuera a un gobernante que los pisoteaba, salían a la calle y clamaban un cambio de gobierno. A día de hoy llevamos 15 años de injusticias y nadie hace nada por cambiarlo. Los dirigentes de la oposición repiten constantemente que vivimos en un infierno y no hacen nada por sacarnos de él. Están desorganizados y no saben como usar sus armas (que son los hechos que les dan la razón) para defendernos. Estas últimas semanas el pueblo ha estado en la calle. Los estudiantes salieron a continuar una lucha que viene desde el año pasado, una lucha que tiene sus raíces en el poco apoyo que se le brinda a la universidades autónomas (en su mayoría de oposición) y que sólo es un ejemplo de la exclusión que se vive en este gobierno. No sólo no se le brinda apoyo a estas universidades sino que se las limita por completo. Pues bien, las protestas continuaron este año por la inseguridad en nuestras casas de estudio y en el país, por la violencia, por la escasez (cosas básicas que, creo yo, no deberían ser pedidas en una protesta sino ofrecidas generosamente por el Estado). Es por ello que la sociedad civil se unió a nosotros. Y luego cuando hubo arrestos y agresiones la gente siguió saliendo con más razones. Se perdía de vista el origen de la lucha. Los estudiantes olvidaban que peleaban por la violencia cuando lanzaban piedras (porque si, también hubo estudiantes agresivos), las madres olvidaban que peleaban por el temor de no ver a sus hijos regresar en la noche, por la cola que hacían todos los días para conseguir leche; olvidamos que luchábamos porque no caminábamos hacia ningún lado, porque no había apoyo, porque no había certeza, porque no había nada, sólo odio, resentimiento, exclusión, insultos y mala voluntad. Por eso luchábamos. Pero luego fue porque vimos violaciones y abusos, represión y censura, porque estábamos adoloridos y mantenernos en movimiento era la única forma de aplacar el dolor. Porque salir a las calles nos hacía creer que hacíamos algo por los muertos, del pasado y del presente. Yo no sé si sirva de algo todo esto, no sé si logremos que Maduro se vaya (porque eso es lo que más deseo, a decir verdad). Últimamente me he sentido aplastada, vencida. Y es que si el gobierno sólo nos ignora, negando que haya un problema ¿cómo se va a resolver? Últimamente me he sentido desesperanzada y pesimista; porque es que mientras no se tomen acciones condicionales, que den respuestas de Sí o No, seguiremos caminando (o protestando) en círculos. Sí, me he sentido fatal.

Sin embargo hoy, viendo CNN, me dí cuenta que no ha sido en vano. Que aún cuando la violencia siga siendo un elemento constante en nuestras vidas, aún cuando la inseguridad genere muertes y abusos, aún cuando no haya justicia, ni equidad, ni eficiencia, ni comida, ni educación, ni libertad, hemos logrado algo: Nos han escuchado. No el gobierno, no. Nos ha escuchado el mundo. Todos los países sienten compasión por nosotros, los medios internacionales nos publican más que muchas otras noticias porque saben que aquí en Venezuela sólo hay silencio o mentiras. No crean que me gusta que todos sientan lástima por un país que es mil veces mejor que los de ellos: no me gusta que piensen en Venezuela como un destino de ayuda humanitaria (pronto veremos a los famosos inaugurando organizaciones de ayuda en Venezuela, dándole de comer a los niños y abriendo escuelitas, como si estuviéramos en Haití); no, eso no me gusta. Pero quiere decir que tal vez no este año, tal vez no el año que viene, pero pronto la situación se caerá por su propio peso. Porque cada grito de ayuda y cada muerto y cada abuso es una capa de arena que se deposita sobre este Gobierno.

Anoche Patricia, de CNN (a esta mujer, que justo anoche propició un debate entre oficialismo y oposición, le acaban de retirar su credencial de corresponsal de prensa, corriéndola de Venezuela) le preguntaba, en un debate, a los estudiantes con qué país soñaban. En este momento de sentimentalismo que me permito quisiera decir con qué país sueño. Sueño con un país que mantenga la esencia del venezolano; que mantenga la viveza, porque esta viveza es lo que nos hace astutos, convirtiéndonos en competidores de miedo; que mantenga nuestro sentido del humor (ah, ¡el sentido del humor!) que siempre nos ha caracterizado, que nos sigamos riendo de nuestras desgracias porque esa propiedad es la que nos mantiene andando, la que nos permite salir todos los días de nuestras casas; que mantengamos nuestra ironía y nuestro sarcasmo; nuestros hombres machistas que no se dan cuenta que viven en una sociedad matriarcal; nuestros niños confianzudos y abuelos consentidores; nuestra madres generosísimas; nuestras supersticiones y nuestro carácter hasta superficial de vez en cuando.

Si, yo quiero que Venezuela siga siendo la Venezuela profunda. Pero quisiera que esos niños a los que malcrían en sus casas pudieran tener una educación de punta en sus escuelas; que haya cosas importadas en los supermercados, no porque representen al imperialismo y sean el epíteto de los consumistas, sino por la libertad que implica tener cosas para eligir. Vivir en un país donde no me dé miedo estudiar historia o literatura porque “eso no da”; que pueda salir a comer o a rumbear y mi mamá no esté en la casa preocupada por mí, que no me de miedo sacar el teléfono para decirle que se tranquilice, que estoy bien. ¿Qué tan difícil es tener un país donde no te digan fascista por pensar diferente? Donde no sea imposible hacer una torta porque no encuentras mantequilla. Donde haya profesores que se peleen los puestos de trabajo, donde los estudiantes nos sintamos orgullosos de nuestras universidades. Que estudiar en un colegio público no implique una mala preparación académica. Que en los hospitales haya medicinas, haya recursos, haya médicos preparados para atenderte. Un país donde se apoye el deporte. Donde de verdad haya cultura; que se hagan festivales de arte, de cine, de música. Donde se pueda tener una discusión política con preguntas y respuestas, causas y consecuencias y no con acusaciones, negaciones y evasivas. Porque cuando se escucha un debate político (si es que tienes esa suerte) pareciera que se habla de dos países distintos. ¿por qué no aceptamos la responsabilidad que todos tenemos con la Venezuela enferma en la que vivimos?

En fin, quisiera tantas cosas. Quisiera que todos los venezolanos pudiéramos ponernos de acuerdo, al menos en el dolor. Me duele pensar que si ni la muerte (de ambos lados) puede unirnos ¿que lo hará? 

Pido a Dios paz, pero no paz por sumisión sino por soluciones; paz por acuerdos y no por rendiciones.

Dámarys C.

Saga Los Confines.

Hace unos días empecé a leer por segunda vez unos libros que merecen ser leídos no dos ni tres, sino muchas veces en el transcurso del tiempo: La saga de Los Confines, escrita por Liliana Bodoc.

Desde la primera página me propuse hacer una reseña (mi primera reseña); pero ahora me doy cuenta de que no hay manera de hacerle justicia a estos libros ni de expresar en algunas palabras todos los motivos por los cuales son únicos; intentaré al menos expresarles el sentimiento que generan.

El primero de estos libros, Los Días del Venado, empieza presentándonos un continente, un pueblo, una historia, todo un cuadro que ni aún al finalizar el tercer libro queda terminado, pero es que, ¿cómo se retrata en unas pocas páginas todas las leyendas, cuentos, leyes y costumbres que constituyen no una sino muchas vidas? Y lo de muchas vidas es esencial. Los libros están llenos de muchos personajes y todos son indispensables. No hay uno que resalte más que otro; bueno, tal vez Vieja Kush y Kupuka sean un poquito más importantes, pero sólo porque son pilares en Los Confines y no porque tengan más protagonismo que los demás en los libros. Cada personaje te enamora y te atrapa por distintas razones; tienen personalidades muy diferentes y bien definidas, con momentos de dudas y de grandeza que están respaldados por decisiones siempre coherentes con su carácter. Es imposible no amar a Vieja Kush y a Kupuka con su sabiduría, a Dulkancellin con su firme valor, a Thungur con su personalidad bien distribuida entre el coraje y la ternura, a Cucub con sus risas y sus cuentos y su lealtad infinita. Si empiezo a recordar a cada uno de los personajes que acabo de dejar en el libro no terminaré, porque son muchos y con muchas cosas que decir de cada uno. Leería de nuevo cada uno de los libros sólo por el hecho de encontrarme de nuevo con estos amigos.

Ahora, no sólo los personajes son maravillosos sino que la historia tiene un eje interesantísimo: La guerra de las Tierras Fértiles contra la invasión del Odio Eterno, hijo que la muerte engendró allá en las Tierras Antiguas. Hay una clara relación con la llegada de Colón y en general del continente europeo a nuestra América; de hecho, muchos pequeños detalles nos recuerdan nuestra propia historia. Por ejemplo, las primeras naves que llegan a las Tierras Fértiles son tres ¿No les recuerda esto a la Pinta, la Niña y la Santa María? Los tres libros están llenos de referencias similares; no es para que pensemos que la llegada del viejo continente fue una desgracia, pero sí fue un choque inimaginable para nuestros hermanos de ese tiempo. La historia está llena de magia, de magia de la buena, realizada por brujos de la tierra que nos recuerdan a los chamanes. 

Otro punto gigantesco para esta saga es la forma en la que está narrada. Liliana es una maestra de la pluma. Cuenta con una prosa hermosísima, una de las mejores que en mi poca experiencia he podido disfrutar. Está llena de una simplicidad que hace que pensemos que es una historia para niños, ordenando y eligiendo las palabras magistralmente; en algunas partes, pareciera poesía escrita en prosa, así de bella está escrita esta saga.

“Y Nakín de los Búhos, la memoria; y Nakín, la memoria de los Búhos, recordó como cantos, recordó en melodías. Porque cabe más memoria en un verso que la que cabe en mil veces mil palabras sin música.”

Finalmente, Liliana deja en cada línea una reflexión un mensaje lleno de sabiduría:

“Ninguna cosa he podido nombrar de esa manera: ni bueno ni malo, ni enorme ni insignificante. Nada que yo pueda llamar inútil me ha tocado ver en esta tierra.”

Cuando Kupuka habla sólo leemos claridad e inteligencia. Cuando habla Kush podemos leer amor. Y así, cada personaje tiene en sus diálogos mensajes cómicos o tristes, pero todos acertados e ingeniosos.

Esta obra es una oda a la naturaleza, a la sencillez que hemos ido perdiendo. Nos ayuda a recordar las virtudes y nos hace querer entrar en contacto con nuestra raza y nuestro planeta. Porque todo lo hemos perdido si perdemos la conciencia de que nos debemos a este planeta y a lo que está sobre él:

“Kupuka amaba a los juncos que crecían cerca del agua. Era Brujo de la Tierra y sabía que si dejaba de amar a los juncos luego dejaría de amar a los pájaros, luego a los pumas, luego a los hombres. Kupuka sabía que quien se permitiera ignorar a los juncos que crecían crecían cerca del agua iniciaba el camino del desamor”

Y me siguen faltando cosas y cosas por decir. Me sigue faltando hacerle justicia a la valentía de los guerreros husihuilkes y a la capacidad de esperar de sus mujeres. Me sigue faltando homenajear a Bor y a Zabralkán y admirar la agudeza e inteligencia de Acila. Me falta enamorarme de Aro. Todavía no he descrito las historias de amor, trágicas y felices, que no tienen nada que desearle a los grandes clásicos románticos. Me falta tiempo, pero sobre todo capacidad, para poder hacerlo. Ya sabía yo que no podría con tan grande empresa. Pero aquí está mi intento y espero que muchos de ustedes puedan disfrutar estos libros; tal vez sean capaces de hacerles justicia mucho mejor de lo que yo lo he hecho.

Dámarys C

¿Coincidencias?

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Hace poco vi un documental de Discovery Channel llamado How The Earth Was Made. Dejando a un lado todas las cosas interesantes que se abordan a nivel científico (por cierto, es un documental perfectamente objetivo; no como esos del fin del mundo que más parecen una película de suspenso que un documento científico) generó en mí diversos pensamientos que quisiera comentar. Primero es necesario explicar de qué va el documental: explica, como su título lo dice, la formación de la tierra y todos los sucesos por lo que ha pasado hasta llegar a su forma actual. Son 4500 millones de años de historia. Pueden pasar a verlo, aquí les dejo el link; no me parece necesario que tengan conocimientos de geología, pero sí un mínimo interés en esta área; además, como deben saber, los documentales de Discovery son bastante didácticos. Ahora, dejando la publicidad, les diré el verdadero motivo por el que escribo esto. La tierra, en su larguísima vida, ha vivido una cantidad de catástrofes que, lejos de destruirla, la han acercado al estado ideal para desarrollar la vida. Yo, que estudio Geofísica y poco a poco he aprendido a amar este maravilloso planeta, me sorprendo todos los días al pensar en la serie de eventos que han permitido que los seres humanos hayamos podido reinar durante estos 10 mil años (este lapso e tiempo es, en palabras del documental, “una fracción de una fracción del 0,1% de la historia de la tierra”) Si uno solo de esos eventos y condiciones hubiese faltado no estaríamos hoy aquí. Les contaré algunos de estos elementos para que me entiendan mejor (espero no aburrirlos con algunos términos a los que necesariamente tendré que recurrir para explicarme bien) Al principio, los meteoritos no dejaban de estrellarse contra la tierra, incendiándola; pero precisamente estas rocas extraterrestres son la base de la principal teoría que justifica la presencia del agua en el planeta pues éstos contienen un 5% de H2O que se liberaba en vapor de agua y generaba precipitaciones. Algunos miles de millones de años después se produjo una nevada gigantesca que extinguió las pocas especies que ya existían, pero al mismo tiempo permitió la acumulación de calor necesaria para que se produjeran grandes explosiones volcánicas que separaron el súper continente Rodinia, generando así el primer modelo de nuestros continentes actuales. Cuando estos se unieron de nuevo en Pangea se dio en la tierra la explosión de vida más grande hasta ahora pero este hermoso continente (en el que ya existían los Dinosaurios) volvió a separarse mediante grandes y furiosas erupciones volcánicas que permitieron acondicionar el clima (y ayudar a acabar con los gigantes reptiles que ocupaban el planeta) para que la era de seres humanos por fin llegara (además, estas erupciones sacaron a la superficie unos minerales muya preciados por todos nosotros: los diamantes). Pudiera seguir relatando eventos y consecuencias pero sería bastante extenso y aburrido para todos. Lo más increíble de todo esto es que la tierra, con 7 planetas a su alrededor y tres de ellos muy parecidos a ella en cuanto a composición química y morfología, es la única que vivió cada uno de estos eventos y surgió de ellos renovada, lista para contener la vida. ¿No les sorprende? La tierra es el único planeta en nuestro sistema que funciona justo como debe funcionar para que nosotros estemos aquí; es como si cada una de las experiencias fuera un ingrediente de una preparación más grande: la vida. Las condiciones estuvieron dadas desde su formación, pero en el transcurso de todo este tiempo se estuvo preparando (o la estuvieron preparando) para recibirnos a nosotros. El clima que tenemos hoy en día, la baja actividad volcánica y sísmica, la capa de ozono que nos protege, la atmósfera rica en elementos necesarios para los vivientes, el campo magnético (este es otro señor que sólo tenemos nosotros y que es indispensable para la vida), nada de eso se había dado hasta ahora, ni se hubiera dado si no fuese por todo lo que pasó nuestro planeta. ¿Cómo es posible que haya sido un proceso tan bien pensado? No quería entrar en el tema de la religión (si, siempre lo digo) pero es imposible para mí hablar de tal perfección y no pensar en Dios. Un planeta tan maravilloso y funcional sólo puede ser obra divina. Si, tal vez la Iglesia exagere al decir que se formó todo en siete días, o en su teoría (totalmente refutada) de que la tierra tiene alrededor de 6 mil años; pero no se puede creer que un conjunto de eventos que apuntan a un solo objetivo es una coincidencia.  Incluso el hecho de que las rocas hayan sido erosionadas y trasladadas a la superficie, en la posición perfecta para que nosotros podamos estudiarlas es un regalo de Dios, para que podamos estudiar y entender. Él sabe muy bien que nosotros los humanos somos seres curiosos, que lo queremos saber todo y nos brinda una oportunidad para conocer hechos de hace nada menos que 4500 millones de años. Tal vez los estudiantes de medicina se maravillen de la misma manera al estudiar la perfección del cuerpo humano, y ese ya es otro tema que merece todo un tratado de filosofía y religión. Ya no me extenderé más. Pero, aunque no compartan mi punto de vista, espero que sí se sientan hechizados por el planeta en el que vivimos. Ahora sólo me queda hacer un poquito de propaganda ecológica. No soy de esas personas que viven verde y todo eso pero sí creo que es necesario que todos tomemos conciencia del tesoro que tenemos y que dejemos de jugar a que nos pertenece. No somos sus dueños. Este planeta nos ha sido prestado por unos miles de años, pero nuestra raza tal vez se extinga dentro de otros miles y el planeta siga existiendo para un nuevo ciclo de vida. La tierra es mucho más fuerte que nosotros, mucho más poderosa, por lo tanto, en algún momento nos pasará factura del daño que le hemos hecho en este corto período de tiempo. Y aún cuando no nos cobre nada, ¿por qué dañar algo que nos hace tanto bien? Teniendo todo lo que tenemos, sólo podemos dar gracias y enamorarnos de ella. Dámarys C.

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