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La descivilización del venezolano

Puede que algunas de las aseveraciones que haré aquí puedan ser consideradas extremas o desproporcionadas. Pero vivimos una realidad extrema y desproporcionada.Ya saben, me refiero a la Situación, así, con S mayúscula, porque entre venezolanos no hace falta explicar que el estado infame del país es la Situación a la que siempre nos referimos.

Recuerdo una clase de la universidad, El Imaginario Monstruoso, en la que la profesora comentaba que lo verdaderamente mostruoso del Holocausto no fue el asesinato injustificado de más de 6 millones de personas, sino que los Nazis convirtieron a esas 6 millones de personas en animales salvajes, los deshumanizaron. Por eso los oficiales, los mismos ciudadanos alemanes e incluso la comunidad internacional tardó tanto en reaccionar: al fin y al cabo, no se estaban matando personas. Y no se dieron cuenta de ello sino hasta el final, cuando despertaron de la pesadilla. Primero les quitaron sus negocios, sus casas, los exiliaron de sus barrios, les quitaron sus pinturas, sus cuadros, sus muebles, su ropa; los encerraron, los marcaron con la estrella de David, comían donde dormían y donde hacían sus necesidades, el único motivo por el que podían seguir vivos era para que trabajaran… Los volvieron animales de carga. Así, cuando los mataban, era como matar al ganado para tener carne para la comida o cueros para vestir.

Este salto de la Venezuela del sigo XXI a la Segunda Guerra Mundial viene del hecho de que -Alerta: primera aseveración desproporcionada- últimamente he sentido que a los venezolanos, al igual que con los judíos, nos están deshumanizando. Mejor dicho: Nos están descivilizando. Sé que debe haber otras palabras para explicar este fenómeno, como que nos están convertiendo en bárbaros, pero un bárbaro es aquel que nunca ha formado parte de la civilización y no es ése nuestro caso. En su momento, fuimos ciudadanos, cuidadanos oprimidos y luego ciudadanos libres, pero siempre ciudadanos. Y poco a poco este gobierno ha ido borrando los importantes conceptos de civilización, de derechos civiles  y, peor aún, de deberes civiles.  Nos han quitado lo que teníamos de ciudadanos: nos han descivilizado. Ahora justifico mi sentencia, y pónganse cómodos porque será un párrafo largo.

Al igual que con los judíos -lo siento, sé que es una comparación chocante- a muchos de los venezolanos les han quitado sus negocios y sus casas. Nos han hecho creer que tener dinero es una cosa del demonio: tener ropa de marca te cataloga como cómplice del Imperio, tener teléfonos caros es una ofensa, que te guste el arte o que quieras educarte es una declaración de intenciones en la cual expresas que tu deseo más íntimo es arruinar Venezuela y hacerle daño a los pobres. Y aquí quiero insertar una teoría. Así como para muchos matar judíos no estaba mal porque apenas eran seres vivientes, para la delincuencia en Venezuela no es algo malo robar ni secuestrar, porque el hecho de que tengas algo que ellos no, te califica inmediatamente como abominación, porque todos debemos tener lo mismo. Para los ladrones robar es algo normal, es una forma fácil de obtener lo que quieres, así como las cámaras de gas fueron la Solución Final para los nazis. Nos han descivilizado no porque la mitad de la población crea que el hurto es una profesión real, sino porque la otra mitad lo considera aceptable. Los venezolanos hemos aceptado las reglas del juego: no sacamos el teléfono en la calle, no llevamos cosas de valor si tenemos que usar el transporte público, hemos llegado al punto en que nuestra meta última no es progresar sino conservar la vida y perdirle salud a Dios, porque sabemos que si enfermamos buscar las medicinas será una tarea abismal, sabemos que si un ser querido enferma y necesita atención médica, obtenerla no será cosa fácil; sabemos que los hospitales no tendrán camillas ni habitaciones, que los quirófanos estarán infectados, que no habrán insumos, que tal vez no encuentres al especialista que necesitas porque los médicos están mal pagados. Nos descivilizaron en el momento en que lo sabemos y lo aceptamos y sólo oramos por una buena salud. Nos descivilizaron en el momento en que los estudiantes dejamos de esperar una educación de punta, en que perdimos la esperanza de buenos servicios, en el que empezamos a gastar dinero y tiempo en cocinar porque sabíamos que el comedor de la universidad no podría aguantar más; en el momento en que dejamos de ir a clases porque el servicio de transporte quebró y no había presupuesto para reemplazarlo. Nos descivilizaron cuando empezamos a pensar en estrategias para paliar la falta de servicios y a buscar planes para aguantar el año que nos queda de universidad en vez de pensar en soluciones reales para la causa de todo esto. Nos descivilizaron en el momento en que elegimos los pañitos calientes sobre los antibióticos. Nos descivilizaron cuando aceptamos la humillación de hacer colas durante días, cuando permitimos que los bebés no tuvieran pañales ni las mujeres toallas sanitarias, cuando no hicimos nada ante la desaparición de los desodorantes y la pasta de dientes. Nos descivilizaron incluso antes, cuando no nos pareció extraño que los productos de “lujo” como la nutella o el aceite de oliva, empezaran a estar fuera del alcance de profesionales trabajadores, cuando sólo levantamos las cejas e hicimos un comentario cualquiera ante los estantes vacíos en los supermercados y cuando simplemente dejamos de comprar cuando los precios aumentaron un 500%. En el momento en que nuestra mayor expectativa -y me incluyo- es irnos del país, buscar un sistema normal. Hemos dejados de ser ciudadanos, porque no esperamos nada del Gobierno, ni de la Asamblea, ni de nuestros concuidadanos. Perdimos el derecho de llamarnos ciudadanos en el momento en que nos damos cuenta de que siempre tenemos miedo de la gente que nos rodea y en el que creemos que los derechos civiles, los derechos humanos más básicos, están más allá del alcance de los venezolanos. Nos descivilizaron y nos han quitado mucho de lo que nos caracterizaba como venezolanos, porque bien podrían decirme que han habido países en peores situaciones, que siembre ha habido una Cuba y una Corea del Norte… sí, pero Venezuela nunca ha sido uno de esos países. Es verdad que hemos sufrido, que hemos tenido dictaduras crueles y momentos tristes pero siempre, siempre, el venezolano luchó en todos los frentes, con pluma y papel, con armas, con canciones, con errores y aciertos, por salir adelante. Hasta Marcos Pérez Jíménez estuvo sólo 8 años en el poder. Venezuela nunca ha vivido en la abundancia, nunca hemos sido un país desarrollado, pero siempre hemos estado orgullosos de nuestra gente, de cómo luchamos, de cómo pensamos… ¿qué ha pasado con nosotros?

Más aún, y esto sí lo perdimos nosotros solos sin ayuda de nadie, dejamos de ser ciudadanos cuando nos olvidamos completamente de nuestros deberes civiles. Porque para disfrutar de todos esos derechos básicos que, a día de hoy, vemos como privilegios de otros países, tenemos que cumplir nuestro de deber de ciudadanos y eso, señores, dejamos de hacerlo hace tiempo. Hace tiempo, incluso antes de estos fatídicos 17 años, dejamos de respetar las leyes de tráfico, dejamos de tener orden y honestidad, dejamos de respetar la burocracia y los canales oficiales, y que no me venga nadie con eso de que es parte de la picardía del venezolano. Ya he dicho antes que los culpo a Ellos de todo, pero tenemos nuestra parte desde el momento en que no hicimos nada. No quiero ser injusta ni desmeritar lo que han hecho muchos…  con los estudiantes que se sacrificaron en las marchas, ni con los políticos presos, soy consciente de que todavía tenemos personas trabajando, tratando de sacarnos adelante, pero tengo la sensación de que estamos paralizados ante la cantidad de problemas que enfrentamos, ante la disfuncionalidad e irracionalidad de todo, ante la criatura fea y cruel que es nuestro país ahora mismo… no puede ser que nos hayamos quedado sin opciones. ¿Dónde está el Miguel Otero Silva de mi generación? El José Pocaterra, el César Rengifo, el Andrés Eloy Blanco, el Rómulo Gallegos… ¿Dónde está el José Aguntín Catalá de nuestros días, para que luche por la libertad de expresión? ¿Dónde está nuestra Generación del 28? ¿Dónde está nuestro Falke, nuestro barco soñado, así sea un fracaso? ¿Dónde está nuestro Caracazo? ¿Dónde están nuestras letras, nuestro arte, nuestra cultura, nuestro ingenio, nuestro carácter, nuestro fuego?

 

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De amistades hablamos

¿Qué une a los amigos? Los amigos que conociste cuando tenías seis años, los que hiciste en el colegio, los de la universidad, los de la natación, los de la cuadra. De pequeños siempre decimos que María es nuestra mejor amiga del colegio y Laurita es la mejor amiga de las tareas dirigidas y Anita es la mejor amiga del barrio; pero luego crecemos y nos creemos muy maduros y nos referimos a la persona con la que más salimos o con la que más hablamos en ese momento como nuestro Mejor Amigo. Así, como si de un nombre propio se tratara: somos grandes y ya no clasificamos a los amigos. Y es que de niños nos dabamos cuenta de que las relaciones son distintas pero no podíamos entender por qué, así que simplemente organizábamos a la gente dentro de los espacios en que los conocimos.

Digo todo esto porque recientemente estuve viviendo fuera e hice amigos que se sienten cercanos, que se sienten verdaderos. Nunca olvidé a mis amigo de Venezuela, por supuesto; pero resulta que cuando le hablaba a mis nuevos amigos de mis viejos amigos empecé a usar la vieja fórmula de “Fulanita es mi mejor amiga… bueno, es mi mejor amiga de la carrera… bueno, que es una amiga” Se hacía muy difícil explicar en qué consistía la relación y cuál era el grado de la relación y todos esos detalles que por algún motivo salen a borbotones de mi boca cuando hago comentarios de mi país. Me empecé a dar cuenta de a quiénes de mis amigos nombraba más, con quiénes tenía más anécdotas y me encontré con que no había hablado ni una vez de gente a la que tal vez veía todos los días y que hacía muchísimas referencias a aquellos amigos que tenía meses e incluso años sin ver pero que seguían siendo figuras de peso en mi vida.

Hablando de ellos, me di cuenta de que no tengo muchas cosas en común con mis amigos de la infancia pero que cada vez que los nombraba, sonreía, y que contaba algunas cosas de sus vidas con sorpresa de que esas personas realmente pudieran ser mis amigos… ¿cómo llegamos a llevarnos tan bien? Compartía riéndome anécdotas que, tratándose de otra persona, tal vez hubiese contando con desaprobación. Recordando nuestros momentos juntos para poder contarlos, me entendí un poco mejor a mí misma y aprecié la ayuda que me brindaban sin saberlo mis amigos desde el otro lado del océano. Descubrí entonces que la niñez es el mejor momento para formar una amistad porque aprendemos a querer a la gente sin juzgarla y más adelante, cuando crecemos, las seguimos queriendo como niños, sin juzgar, sin exigir. Son personas que se vuelven parte de tu familia; por las que te preguntan tus tíos lejanos; que han pasado tiempo con tus hermanos sin estar tú prensente. Amigos que han superado todas las etapas contigo; que te conocen como nadie, a los que no tienes que explicarles detalles, a los que no tienes que poner en contexto porque han estado ahí viviéndolo todo. Son personas que te quieren tanto que se emocionan con tus nuevas aventuras y las viven como si estuvieran allí, incluso si se enteran de las cosas meses después de que hayan pasando, porque pueden imaginarse tus reacciones y tus sentimientos.  Tengo una amiga desde que tenemos seis años y estoy segura de que aunque decidiera irse repentinamente con una banda de motorizados a recorrer sudamérica, promulgando el comunismo soviético, cuando decidiera volver nuestra amistad sería la misma: la de las niñas que se conocieron a los 6 años. Son personas que quieres -y que te quieren- aunque hagas todo mal, aunque ellos se equivoquen, aunque se ofendan y se molesten. Son amistades que saben todo de tí, que te conocen y te aman como eres, por lo que eres y a pesar de lo que eres. Son amistades sólidas, sustentadas no tanto en gustos comunes y afinidad de espíritus como en el cariño sincero: el cariño de los niños.

Pero también pienso en mis nuevos amigos, específicamente en mis amigos de Akropol, mis amigos de un año. Amigos de un año, amigos que no han visto los diferentes colores que han pasado por mi pelo, que no me conocieron en mis crisis tenísticas, que no me soportaron cuando no podía ir a fiestas, cuando sólo estaba en una cancha de tenis o detrás de un libro. Amigos que no pueden imaginarse mis inseguridades de adolescente; amigos que no vivieron conmigo mis búsquedas y descubrimientos personales; amigos que no limpiaron las lágrimas después de la primera ruptura, del primer exámen suspendido, de las peleas con los padres; que no han estado en cumpleaños familiares, que no me ayudaron cuando no entendí algo en el colegio, que no compartieron mi satisfacción al aprobar la prueba de admisión para la universidad. Amigos que no conocen a las personas más importantes de mi vida: mi familia. Amigos que nunca han visto mi cuarto, mi estantería, mi colegio, mi universidad; peor aún, que no comparten mi cultura, que no entienden mi país, que no conocen y no pueden imaginar lo que es vivir en Venezuela. Estas personas tal vez no sepan nada de mí ni de mi historia, pero son -o yo los siento- tan amigos como mis amigos de la infancia. Pienso en ellos y me pregunto si es que acaso nuestra amistad es menos sólida, es menos duradera, si fue una amistad temporal, circunstancial. Me lo pregunto a pesar de que conozco la respuesta. Ellos no tenían ninguna idea preconcebida de mí, y me aprendieron a querer como adulta, por lo que soy ahora. Al conocerme no pensaron lo que piensan mis viejos amigos de mí “Dámarys nunca sale, no hace nada, hay que obligarla… pero la queremos igual“; ellos simplemente me conocieron y no me juzgaron por lo que era hace 5 o 10 años, como suelen hacer tus amigos de toda la vida. Nuestra amistad no está basada en años y recuerdos comunes, es cierto, sino en gustos, conversaciones infinitas sobre política, religión, ética, secretos compartidos,  afinidad. Tardes de café y té, almuerzos juntos, comida compartida, apoyo médico y psicológico, recomendaciones de películas y música, discusiones acerca de nuestras diferencias y el trabajo que conlleva aceptar esas diferencias, siendo adultos prepotentes como todos lo somos alguna vez. Si a mis amigos de la infancia los gané con algo que tenemos todos los niños: la inocencia, los juegos, la alegría… a estos tuve que currármelos, como dirían ellos. Cuando eres adulto no pierdes el tiempo pasándolo con tu vecino si no es porque esa persona tiene algo que te atrae, que te completa, que te gusta. Siendo adulto, te vuelves más selectivo. Llegar a querer a personas con las que no tienes historia común es difícil y por eso mismo es muy, muy meritorio. Ellos sufrieron conmigo las elecciones de la Asamblea, se impresionaban ante las noticias de mi país, me preguntaban si no se podía hacer nada… se interesaban por un país pequeñito que está a 8 mil kilómetros de distancia y que no han visto y probablemente no vayan a ver; empezaron a preocuparse por la vida en un país que no tiene nada que ver con ellos. Eso es cariño; eso es solidez. A pesar del poco tiempo, desarrollamos la empatía suficiente para entender un trasfondo personal que no conocíamos más que por pequeñas referencias; desarrollamos la curiosidad  necesaria para hacer las preguntas indicadas que nos descubrirían poco a poco la vida de los otros; desarrollamos la atención para darle significado a los detalles y ubicarlos en el rompecabezas que es el mundo de una persona desconocida. Cómo son tus amigos, qué hacen tus padres, qué hacías de pequeña, cúantos hermanos tienes, por qué estudiaste tu carrera, qué libros lees, qué haces en tu tiempo libre, cuáles son tus debilidades, fortalezas, ambiciones, miedos… información que no tienes tiempo de recolectar a lo largo de una vida, como pueden hacerlo los viejos amigos, pero que aprendes de manera precipitada prestando más atención de la que prestarías a tus amigos del colegio, escuchando más, preguntando más, observando más, sacrificando más…  y luego, tienes que desarrollar la tolerancia y el cariño necesarios para que, si no te gusta algo de la historia que armaste en tu cabeza, no lo juzgues, no lo confrontes porque en el fondo sabes que la historia nunca estará completa, nunca sabrás todos los detalles que derivan del día a día, de la historia común; pero aún así, te conformas. Te conformas con lo que te den, con el tiempo que puedas obtener, con los abrazos que te puedas robar, con cada momento… porque sabes que pronto estarán lejos. Esa es nuestra base y yo creo que también es bastante sólida.

A pesar de todas estas diferencias, tienen una gran cosa en común. Ambos tipos de amigos, después de pasado un tiempo sin verte e incluso sin hablar, te recibirán con los brazos abiertos y con el mismo cariño cuando la vida los una de nuevo. Y yo sólo puedo pensar en lo increíblemente afortunada que soy por tener la oportunidad de analizar en primera persona ambos tipos de relaciones. En lo bendencida que estoy al tenerlos a todos.

Arte, política e historia.

Lo acabo de terminar. Pareciera que mi destino es escribir siempre de lo mismo: arte y política, pero esta vez también hay historia. En fin, otro trabajo final:

Hilos de Libertad

La dictadura de Pérez Jiménez cae el 23 de Enero de 1958. El motivo de la caída más directo y evidente es el levantamiento de las Fuerzas Armadas; los militares, ese gremio que tanto lo protegió y al que le debía la seguridad de su posición y la impunidad de sus crímenes, fue el que concretó el derrumbe del régimen. Empezaron por alzarse la Aviación y las Fuerzas Terrestres en Maracay, en un precipitado intento de golpe a cargo del teniente coronel Hugo Trejo el primero de Enero del glorioso año de la salida. Se alzaron y los sublevaron rápidamente; fue una intentona casi improvisada que estaba originalmente planificada para el 5 de ese mes. El golpe no se dio

“Pero los sucesos del 1°, en lugar de amedrentar a los oficiales que conspiraban, los estimularon a seguir, y las detenciones y atropellos a muchos de los oficiales, y más particularmente el alto número de presos, movieron a otros de diversos grados a sumarse a la conspiración, o a conspirar por su cuenta”[1].

Y en este estado de ánimo llega el 23 de Enero. Para este se alza el gremio militar en pleno; la marina, el ejército, hasta la EFOFAC. Incluso los militares que estaban todavía con el dictador comienzan a ejercer presión para realizar cambios en el gobierno. El memorándum que el general Fernández dirige al dictador recomendando una serie de medidas, entre ellas la renovación de gabinete y de gobernadores, y la muy elocuente sugerencia de

“Reemplazar dos o más funcionarios, que en altos cargos se han hecho odiosos, por sus arbitrariedades y abusos (…) Deshágase de sus colaboradores que le están haciendo mal al régimen del Ideal Nacional”.[2]

En este memo, un amigo cercano, compadre y leal servidor del dictador reconoce abiertamente los abusos y las crueldades y realiza un intento de enmendar la situación; más revelador es el documento cuando Pérez Jiménez acepta las exigencias de este representante de las Fuerzas Armadas y pide la renuncia de Vallenilla Lanz y de Pedro Estrada, el director de la Seguridad Nacional y más fiel esbirro del régimen. El golpe de gracia viene cuando el coronel Quevedo acepta sumarse a la conjura y sublevar la Escuela Militar y se lo notifica al presidente, a lo que éste responde con la histórica frase “Yo me voy, no quiero derramar sangre de cadetes[3]. Lo que no dicen los libros de historia es lo que el dictador añadió luego de colgar la llama con el coronel Quevedo y que el coronel Herrera Tovar escuchó claramente: “Ahora sí estoy perdido”[4].

Con este telón de fondo y debido a la significancia de las dos últimas frases del general, se podría pensar que el gremio militar fue el único responsable de la caída del régimen; que se convirtieron en una especie de hijos pródigos, que recordaron su misión para con la Patria y dejaron a un lado todos los beneficios recibidos del régimen. Y es verdad. Como lo dice él mismo, al dictador lo que termina de desequilibrarlo es la suma de otro brazo del gremio militar a la sublevación. Su respeto por el cuerpo militar, su cariño por el gremio y la consciencia de que no podría mantenerse sin ellos es lo que lo termina de decidir a irse, es lo que le induce esa última frasecita “ahora sí estoy perdido”. Pero no podemos, no debemos olvidarnos del mundo civil. Sería un insulto a los periódicos en huelga, a las manifestaciones estudiantiles, a las madres, esposas, hermanas y amigas que permitieron que sus hombres lucharan en la calle y en los salones. Se ganaron a pulso su lugar en la historia y es nuestro deber como civiles –mi deber como estudiante- recordarlos. Esta es una de las razones por la que quise escribir de este tema. Los militares se sublevaron en el 58 ¿y acaso esto quiere decir que antes de esto no hubo movimiento? Si la respuesta es no, se estaría ensuciando la memoria del pueblo bravo de Venezuela; ¿son capaces los venezolanos de mantener la cabeza gacha durante 6 años de ultrajes, torturas e injusticias, sin decir una palabra de reclamo, sin un pensamiento de insurgencia? Los que creen que el 23 de Enero es obra únicamente de los militares tienen en muy mala opinión la sangre ardiente y libertaria de los venezolanos. Y esta fue la segunda razón para escribir de este tema: tenía que hablar de esos 6 años –del 52 al 57- en que los venezolanos se sublevaron a su manera, más valientemente aún pues no tenían armas que los respaldaran, se alzaban con la única protección de la palabra y de su conciencia.

Su arma era la palabra. Y eso me lleva al objetivo de este trabajo. Quisiera hacer un recorrido, tal vez un poco superficial debido al tiempo y a la magnitud de la tarea, por aquellas palabras que comenzaron a penetrar en las almas de los venezolanos desde el momento en que el presidente Rómulo Gallegos fue arrojado de su posición. Quisiera revisar –recordar- esos discursos escritos y orales que comenzaron a tejer una red que buscaba atrapar y sostener las conciencias venezolanas, el espíritu del pueblo; mi intención es revisar los hilos que constituyen la red, los hilos de libertad. Me parece justo y necesario reconocer la importancia que estos discursos tuvieron en el ánimo revolucionario que se concretó en Enero de 1958 y no me parece exagerado decir que sin ellos no habría sido posible la caída del régimen.

Para empezar, quiero aclarar que separaré el análisis en dos partes: primero, los discursos indirectamente subversivos -la literatura, el teatro, la música- que utilizaron el arte como forma de rebelión. Segundo, los textos directa e intencionalmente subversivos -los manifiestos políticos, los documentos históricos- Los incluyo a ambos, arte y política, porque fueron igualmente necesarios en la importante tarea que les tocó desempeñar en esos días aciagos.

Primero lo primero: el arte. Me parece casi un axioma el hecho de que los seres humanos somos seres políticos. La política invade nuestras vidas porque ser político es ser social, es vivir en la polis, en la vida pública. Sin embargo, muchos creen que hay una esfera que debería permanecer impermeable a la política: la esfera artística. ¿Hacer arte no es  acaso pensar, reflexionar, ver la belleza y la fealdad en lo que nos rodea para luego plasmarlo? ¿Cómo se puede creer esto y pensar al mismo tiempo que los artistas de la época serían inmunes al omnipresente dictador y a su influencia en todos los ámbitos de la vida? Resulta inaceptable considerar que estos artistas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX no reflejarían en sus trabajos la vida en esta época. Porque es que “el artista, como los demás hombres, quiéralo o no, sépalo o no, está hecho de la madera de su tiempo”[5]. En mi opinión, el truco del arte intemporal, de los clásicos, es que tocaron las fibras comunes del espíritu humano, y pudieron tocarlas viviendo su propia humanidad, y la humanidad se vive siendo conscientes del momento histórico, estando en contacto con nuestros semejantes y con nuestro entorno. Como dice Uslar Pietri: “si estuviera segregada del tiempo, estaría segregada de la vida y carecería de palabra para hablar a los mortales[6]. Los artistas trabajan con una única materia prima: su alma, sus pensamientos, sus emociones; y ya que están hecho de la madera de su tiempo, todas sus obras tendrán matices de este material: de su tiempo. Esto no quiere decir que todos los trabajos artísticos son intencionadamente políticos sino que todos serán un manifiesto de las condiciones de su tiempo, tomen o no parte en la disputa. En esta primera parte del análisis me centraré mayormente en los autores cuyos trabajos considero eran conscientemente políticos y proselitistas. Hombres que tenían una clara opinión política, hombres que ejercieron la política como profesión y que no por esto eran menos artistas. Quiero centrarme en ellos porque siendo conocedores del clima político, utilizaban sus trabajos para determinar un cambio en el imaginario colectivo; con su arte buscaban introducir el pensamiento libertario en los venezolanos y poco a poco lo fueron logrando. Cuando con

“Deliberado propósito, el artista toma parte en el ardiente debate de su hora, se transforma en partidario y pone su don de expresión al servicio de una causa. Entra, armado de su arte, al combate de la plaza pública”[7].

Resulta necesario reconocer la valentía de este hombre que está únicamente armado de su arte y a ello me dedicaré.

Empiezo por César Rengifo. A lo largo del curso hemos analizado algunas de sus obras, en las cuales utiliza la historia para reflejar la actualidad política y se dedica a hacer llamados de libertad y especialmente de alzamientos armados (Rengifo era consciente de la necesidad de las armas, de la milicia) e iba al meollo del asunto: la lucha. En trabajos anteriores he comentado los diversos elementos políticos respecto a Joaquina Sánchez, Soga de Niebla, Un tal Ezequiel Zamora y Lo que dejó la tempestad y no dudo en afirmar que Rengifo con cada una de estas obras tejió parte importante en la red de libertad que se consolidaría con los años. Cada una de sus obas fue un hilo libertario, llamó a la conciencia, gritó ¡libertad! Cuando la palabra estaba prohibida y los venezolanos comenzaban a escuchar. No profundizaré en la parte que le corresponde en este trabajo pues, como mencioné, ya se ha analizado anteriormente en otros trabajos.

Miguel Otero Silva, otro intelectual reconocido y respetado, abiertamente político y comunista. Este autor era también periodista y sentía el llamado de informar, de dar testimonio. Salvador Garmendia lo define como “El escritor: la realidad primero”[8] y dice que hacía en sus novelas

“Un trabajo reporteril labrado sobre la realidad; el reportaje que cuenta lo que se asoma de puertas afuera, lo que ya no es posible esconder, la nueva cara del país”.[9]

Publica en 1955 una de sus obras más famosas: Casas Muertas. Es una historia de muerte, publicada en el momento en que nuestro país moría. La desolación de Ortiz es el tema principal pero Miguel Otero no duda en introducir elementos fáciles de reconocer para el ciudadano sediento de libertad. Como Rengifo, utiliza la historia (y en su caso es más peligroso aún porque es una historia reciente, conocida y sufrida por todos: la de Gómez) para expresar cosas que pasaban en la actualidad:

“Los estudiantes de Caracas, presos desde hacía varias semanas en un campamento cercano a la capital, serían trasladados ese domingo a los trabajos forzados de Palenque”[10].

Y no sólo dice en pleno 1955 que había estudiantes presos sino que también denuncia que:

“De los trabajos forzados (…) regresaban muy pocos. Y esos pocos que lograban volver eran sombras desteñidas, esqueletos vagabundos con la muerte caminando por dentro”[11].

Otero Silva, en una muestra de valentía digna de un civil venezolano, muestra la lástima de los habitantes de Ortiz por los estudiantes presos y la lástima de los estudiantes presos por el pueblo fantasma de Ortiz y se atreve a exclamar “¡Malditos sean los culpables!”[12]. Sin embargo, y a pesar de supurar ruina en cada página, la novela repite la misma fórmula que las obras de Rengifo, en donde luego de mostrar la miseria se da el mensaje de esperanza y lucha que tanto necesitaban los venezolanos “¡Hay que hacer algo!”[13]

Los que mandan son cuatro, veinte, cien, diez mil. Pero los otros, los que soportamos los planazos y bajamos la cabeza, somos tres millones. Yo sí creo que se puede hacer algo[14].

Como dicen los mismos estudiantes camino a su triste final “Será necesario levantarlas [las casas muertas] de nuevo”[15].

Al igual que Rengifo, Otero Silva cree en la salida violenta:

“Berenice, yo no soy partidario de la guerra civil como sistema, pero en el momento presente Venezuela no tiene otra salida sino echar plomo (…) Los hombres dignos que han osado escribir, protestar, pensar, también están en la cárcel o en el destierro o en el cementerio. Se tortura, se roba, se mata, se exprime hasta la última gota de sangre del país. Eso es peor que la guerra civil. Y es una guerra civil en la cual uno sólo pega mientras que el otro, que somos casi todos los venezolanos, recibe los golpes”[16].

Y sus palabras recuerdan los casos de Ruiz Pineda, Carnevali, Gallegos, Chalbaud, Rengifo, los estudiantes; todos muertos, torturados, encarcelados, censurados.

Román Chalbaud es otro dramaturgo venezolano muy político y muy comunista. Su obra Réquiem para un Eclipse (1957) fue censurada por su contenido libertario y estrenada el 6 de Marzo de 1958, apenas un mes después de la caída del dictador y como celebración de la libertad.

Mario Briceño Iragorry, por su lado, escribe mucho de la precaria situación agrícola del país, la escasez, la pérdida de la tradición venezolana, la venta del país. Este era un tema que calaba tan hondo en la Venezuela de ese tiempo que sus obras eran distribuidas gratuitamente por Industrias pampero y “llegó así a manos de la juventud que resistía la dictadura Perezjimenista”[17]. Cuando leo esto me imagino cómo debieron haberse sentido esos jóvenes que sufrían, que tal vez querían abandonar la lucha y volver con sus familias, cuando les llegan estas obras de un autor muy querido y exiliado; seguramente fue un aire fresco para sus heridas, para renovar sus esperanzas. Recibir las palabras de “una conciencia crítica con profundas raíces ancladas en la historia[18]” constituye un arma igual de necesaria que las escopetas y los revólveres. Es aquí cuando me paro a pensar en la importancia de esta red discursiva; en la importancia que tuvo para sostener la conciencia y la mente de los que se desgastaban luchando. Estas palabras debieron haber sido indispensables entonces. A costa de sus columnas sobre el café, el cacao y la tierra, Mario Briceño Iragorry termina “convirtiéndose en voz colectiva de protesta contra la dictadura”[19].

En su Alegría de la tierra, publicada en 1952, Iragorry reclama indignadamente que

“No había razón para olvidar la tierra, como aconteció al hombre venezolano, cuando vio sus arcas hinchadas de la moneda petrolera”.[20]

Es curioso que el escritor utiliza la expresión “aconteció al hombre venezolano” como para quitar del venezolano toda culpa de este pecado; “aconteció”, porque fue otro –el régimen- el que trajo la desgracia sobre el hombre que hasta entonces había sido agricultor, conuquero, sembrador.

Aunque Iragorry se dedica casi exclusivamente al problema del petróleo y de la agricultura, no pierde oportunidad de incluir un mensaje de lucha entre sus granos de café y su oda al cacao:

“Nacen y crecen juntos café y música, al compás de la patria, que ya siente como se hinchan sus músculos para la gran batalla de la libertad”[21].

Y habla de música, porque en la red discursiva de la época también se encontraban hilos musicales, expresiones de protesta a la nueva vida impuesta por el Ideal Nacional. Conny Méndez no puede ser más clara en su merengue La Transformación:

Compadre ¿qué está pasando en la tierrita en que nací? / que ya nadie chupa caña ni se oye vender maní… / Y si es hasta el cigarrillo hay que fumárselo en inglés / Y no sabemos si andamos al derecho o al revés, / pues las calles se han vuelto un tablero de ajedrez. // ¿Qué pasó con las arepas, las caraotas y el café? / ¿qué pasa con la comida que toa la tienen que traé?[22].

Y repito, vuelvo a imaginarme a la gente en sus casas escuchando este merengue y preguntándose lo mismo que Conny; me imagino a las familias haciendo bromas sobre la veracidad de la canción, como siempre hacemos los venezolanos; me los imagino escuchando, riendo y reflexionando, rumiando la verdad en las palabras, porque las rimas acompañadas por música son aún más poderosas.

Para finalizar con los ejemplos de arte político que constituyeron una gran red para atrapar más y más adeptos a la causa y sostener a los que necesitaban esperanza, quisiera agregar un último elemento: Un autor anónimo –aunque se le atribuye a Andrés Eloy Blanco- escribió en esta época un poema nada camuflado, que llamaba abiertamente a la rebelión y que bien podría ser la bandera de la causa y de los gremios que más tarde se alzarían, cumpliendo lo que proféticamente dicen sus versos:

Son ocho los largos años / ciudadano Marcos Pérez / que a un pueblo de gente brava / lo tratas como a mujeres // Es poco lo que te queda / Se acabó lo que se daba / Vuelvo a sentir en sus venas / la sangre del “Vuelvan Caras”[23].

Antes de pasar a la segunda parte del análisis, quisiera hacer un último comentario. Hay quienes piensan que el camuflaje en los trabajos artísticos no es suficiente para crear un verdadero cambio y, más aun, que no pueden tener, por sus mensajes ocultos, una relación directa con los levantamientos. A esto quisiera responder diciendo que precisamente por el clima de miedo reinante durante estos años, muchas personas nunca hubieran accedido a leer un manifiesto político, pero sí escucharían sin miedo el merengue de Conny o leerían las columnas de Iragorry, que salían abiertamente en los periódicos. Por su camuflaje, estos trabajos podían superar no sólo la censura sino también el miedo de la gente y comenzar a tejer sus hilos de libertad en el alma del venezolano. En una época como aquella, es indispensable esta estrategia para llegarle al pueblo, de a poquito y por un lado. Para reforzar esta idea recurro al planteamiento del profesor William Anseume en donde expresa que:

“Si bien la literatura no es un tipo de texto que tienda a convencer en su finalidad última, muchas veces podemos encontrar que subyacen intereses discursivos que poseen esa finalidad con duración en el tiempo, más allá de lo que puede significar un convencimiento directo e inmediato del otro por el voto”[24].

Esto no quiere decir, claro está, que los textos abiertamente políticos y con carácter más intelectual no hayan tenido una gran importancia en esta red discursiva. Los manifiestos políticos eran indispensables porque, si bien las canciones y las obras y los poemas servían para incentivar el espíritu libertario, era en estos documentos políticos donde se expresaban las estrategias, donde se manifestaban los líderes que seguiríamos cuando llegara el momento.

Uno de los primeros textos durante esta época fue la alocución del presidente Gallegos al ser extraído de su residencia en Chacao para destituirlo de su cargo. Es en 1948 cuando se hace el primer llamado al pueblo venezolano:

“¡Pueblo de Venezuela!: Yo he cumplido mi deber, cumple tú ahora el tuyo no dejándote arrebatar el derecho que legítimamente habías conquistado de darte tu propio Gobierno por acto cívico de soberanía popular”[25].

A partir de este momento, los partidos políticos son los principales motores de los textos abiertamente revolucionarios. El texto “A la rebelión civil llama Acción Democrática” escrito por el entonces Secretario General Alberto Carnevali en 1952 cuando las elecciones parlamentarias fueron abiertamente violentadas, es otro manifiesto empapado de espíritu libertario y en donde se habla por primera vez de estrategias y pasos a seguir:

“Por los canales confidenciales del partido están siendo transmitidas las instrucciones concretas sobre este plan reorganizativo (…) Luego propiciaremos con todas las demás fuerzas políticas organizadas un plan de rebelión civil contra la dictadura (…) Esta coordinación debe responder a la consigna de que “todas las fuerzas políticas están obligadas a hacer respetar la soberanía nacional con los medios de que dispongan”[26].

El conflicto universitario de 1951 y 1952, cuando fue cerrada la UCV y detenidos gran cantidad de estudiantes y profesores, también fue un momento propicio para la generación de textos que tocaban fibras sensibles en los venezolanos: sus estudiantes. En el Comunicado de la Federación de Centros de Universitarios sobre el desarrollo del conflicto estudiantil y la clausura de la Universidad Central, los estudiantes exponen las agresiones sufridas y las injurias cometidas contra el sector estudiantil y profesoral y hacen un llamamiento; me dispongo a transcribir una parte, tal vez más larga de lo que sería necesaria para probar el punto, pero vital para mí, como estudiante, en el momento histórico que me ha tocado vivir:

Queremos Universidad abierta, sí, pero regida por un Estatuto democrático, que respete la estabilidad del profesorado, asegure la representación estudiantil en todos los organismos del gobierno universitario, ponga coto a la intervención del ejecutivo y mantenga las demás conquistas que siempre han constituido nuestro orgullo univeritario.   

   Queremos Universidad funcionando  pero a condición de que regresen de Guasina,  de la Modelo, del Obispo, de Sacupana y de las otras cárceles donde se encuentran encerrados nuestros profesores y compañeros estudiantes.

    Queremos en fin, la victoria del decoro, de la consecuencia con los ideales y de la lealtad universitaria. Por ellos os hacemos, compañeros estudiantes, un llamado fervoroso a la firmeza, al sostenimiento de la unidad por el logro de los objetivos planteados. Llamamiento que hacemos extensivo a las demás Universidadades de Venezuela, de América y del mundo. A los maestros y estudiantes de todas las ramas educativas. A los intelectuales de todas las tendencias. A los organismos de agremiación profesional y docente. A la UNESCO, cuyo deber primordial consiste en vencer los obstáculos opuestos al triunfo de la educación.

    La lucha apenas comienza y es ahora cuando requiere voluntades[27].

Es también en el 52 cuando uno de los intelectuales más queridos, más respetados en Venezuela hace un homenaje a Ruiz Pineda y hace vibrar, estoy segura, con su talento para las palabras que convierte en música un discurso, a aquellos que tuvieron el placer de escucharlo. Andrés Eloy Blanco dice, refiriéndose al asesinato de Ruiz Pineda:

“Pero es torpe el verdugo; no comprende que los que van cayendo son solamente intérpretes; que el capitán es otro, el de pies y cabeza innumerables, el pueblo que es la fuente y el fin de la justicia, que los que él asesina los resucita el pueblo, que los que él hace caer aquí, los hombres, las mujeres y los niños los alzan más allá, y en la forja de apóstoles y mártires, el pueblo los levanta de la sangre y de la tierra y los eleva al bronce de la estatua y los lleva en sus hombros a la solemne paz de los panteones, y los pone en los labios de la patria que nace, en el aire sin mancha de la escuela, y los arrulla en la canción de cuna para dormir al niño que llevará sus nombres.”[28]

Y después de estas palabras siento la necesidad de hacer una pausa y preguntar ¿puede alguien después de haber escuchado al poeta negarse a luchar por la libertad? ¿Puede alguien decir ahora que las palabras no tienen poder revolucionario y levantisco?

Guasina, donde el rio perdió las 7 estrellas, escrito por José Vicente Abreu –con la colaboración inestimable de José Agustín Catalá y sus compañeros de celda que sacrificaron el tabaco en pro de este legado-  es un testimonio directo y real de las deplorables condiciones de vida –o condiciones de muerte- de la prisión así llamada. El libro pudo circular y la gente pudo enterarse. Se supo, no pudieron mantenerlo oculto, las torturas, las humillaciones, las deshumanización a la que sometían a jóvenes que no habían hecho más que querer serlibres. Guasina y otros libros testimoniales como éste, dejaron plasmado para siempre el horror de esos años y me resulta imposible pensar que aquellos que lo tuvieron en sus manos pudieron quedarse tranquilos, disfrutando de las nuevas autopistas y de Círculo Militar; tengo en muy alta estima a mi gente, al pueblo venezolano como para dudar de que se horrorizaban con lo que pasaba. Cada manifiesto, cada llamamiento, cada discurso, estoy segura, les abría los ojos y los preparaba para la explosión civil que tendría lugar en 1957.

1957, año vital para la discursiva política venezolana. Es en este año donde casi todos los gremios se manifiestan en contra del dictador. Y los manifiestos tienen también un gran poder; a pesar de que no buscan exponer estrategias ni conseguir adeptos, cada manifiesto es una cachetada al régimen, es una muestra del descontento, una probada a la libertad de expresión tanto tiempo prohibida. El manifiesto de los ingenieros, de los abogados, de los médicos, de los farmacéuticos, de los intelectuales y de las madres, fueron alzamiento casi tan efectivos como los de las fuerzas armadas; cada uno significaba menos apoyo para el régimen. Especial mención a la Pastoral del Arzobispo Arias Blanco quien, con unas pocas palabras, voltea la actitud de la iglesia y abre las puertas a todos esos férreos católicos y sacerdotes que querían decir algo y hacer algo pero cuyo respeto a la Iglesia se los impedía. Cientos de personas convencidas y animadas por unas palabras leídas en las misas, reproducidas en los hogares innumerables veces. Imagino a las abuelas y a las tías: “Si el Arzobispo lo dice, así tiene que ser”.

Las mujeres, seres apolíticos y desconectados de la esfera perniciosa de la política, dicen públicamente:

“Consignamos nuestra más enérgica protesta por los actos de violencia cometidos por el cuerpo de policía contra adolescentes indefensos, hacemos un patriótico llamado a la ciudadanía del país, y en especial a la mujer venezolana, para que respalden nuestra posición”29].

Podría decirse que son solos unas líneas de mujeres igual de indefensas que los adolescentes que buscan proteger, pero volvamos nuestra mente y nuestra imaginación a los hogares donde los hombres todavía no habían decido unirse a las protestas o manifestar al menos una opinión y se encuentran con que un grupo de mujeres les dicen en pocas palabras que salgan a defender a su pueblo. ¿Qué hombre indeciso no se levantaría, siendo espoleado por mujeres valientes? Y es aquí donde vuelvo a la importancia de las palabras, pero más aun de las redes, donde los mensajes se unen en una sola palabra ¡LIBERTAD!

Ya casi finalizando, no puedo dejar por fuera los manifiestos emitidos por la Junta Patriótica, que dicen sin tapujos cosas como:

“Pérez Jiménez y su grupo pretenden perpetuarse indefinidamente en el poder sobre la base de la audacia del Ministro Vallenilla Lanz y del terror desencadenado por Pedro Estrada. Se impide la libre expresión del pensamiento, amordazaron a la prensa y se prohíbe a los venezolanos el ejercicio de los derechos que le otorga la Constitución, porque tienen miedo de perder sus inmensos privilegios alcanzados…”[30]

Era necesario que se dijera públicamente; perder el miedo; acusarlo todo. Sus consignas siguen resonando ahora, 60 años después, y estoy segura de que en ese momento enardecieron a miles de venezolanos:

¡Pueblo y Ejército unidos contra la usurpación!

¡Por la defensa de la Constitución ultrajada!

¡Por el respeto a los derechos ciudadanos!

¡Contra el atropello, las persecuciones y los asesinatos!

¡La libertad se conquista, no se mendiga! [31]

Los textos así, abiertamente políticos y crudos, cuando podían llegar clandestinamente a los oídos de las personas, abrían heridas, podían constituir pelotones enteros de voluntarios que salieran a la calle. Los testimonios directos de las atrocidades del régimen fueron vitales para llegar al corazón y al alma de los que todavía estaban indiferentes, de los que no querían ver en Casas Muertas o en Soga de Niebla una súplica de comprensión y de solidaridad para los venezolanos que sufrían. No puede negarse la utilidad pues, de estos manifiestos, testimonios, llamamientos.

Entonces, ¿fueron los militares los únicos confabuladores? ¿Les debemos sólo a ellos nuestra libertad? Además de contestar estas preguntas, me gustaría concluir resaltando simplemente la importancia del discurso, de las redes, en un momento donde el miedo es la regla. Si no fuera por el trabajo cultural, escrito y oral, que se venía haciendo desde mucho antes, habría sido más difícil mover a los estudiantes a manifestar, a las madres a expresarse, a los militares a sentir el dolor de su pueblo. Cada una de estas obras, de estos, textos, de estos discursos, fue un hilo de libertad que terminó por constituir una red. Una red discursiva, una red que atrapaba la conciencias flojas, que “quema a veces las pupilas y las manos culpables”[32]; y no sólo es la red del discurso sino que gracias a ellas se constituyeron también las redes de contactos, de personas que compartían sufrimientos, que se enteraban de los sufrimientos ajenos, sufrimientos y penurias que al estar escritos, eran más difíciles de negar.

Los miliares fueron el detonante, sí, pero estos textos y muchos otros que no pude incluir fueron los que prepararon el terreno y los ánimos de la gente.

Porque cuando nadie se mueve, las palabras vuelan.

 

[1] Díaz Rangel, Eleazar. Días de Enero: Cómo fue derrocado Pérez Jiménez. Monte Ávila Editores, colección 30° aniversario, 1998, p. 51.

[2] Ibid., p. 72, 73.

[3] Ibid., p. 184.

[4] Ibid.

[5] Uslar Pietri, Arturo. Las cabezas de la Hidra, 1969, p. 169.

[6][6] Ibid., p. 170.

[7] Ibid.

[8] Garmendia, Salvador. Introducción a Casas Muertas, Editorial El Nacional, 2001, p. XIX.

[9] Ibid., p. XXVII.

[10] Otero Silva, Miguel. Casas Muertas, Editorial El Nacional, 2001, p. 72.

[11] Ibid., p. 75.

[12] Ibid., p. 78.

[13] Ibid., p. 76.

[14] Ibid.

[15] Ibid., p. 79.

[16] Ibid., p. 85.

[17] Briceño Iragorry, Mario. Obras Completas, Vol. 8. Ediciones del Congreso de la República, 1990, p. XIII.

[18] Ibid.

[19] Ibid., p. XIV.

[20] Ibid., p. 9.

[21] Ibid., p. 23.

[22] Ibid., p. 13.

[23] Mensaje de Ultratumba (anónimo). Cómo Tumbar a un Dictador. Libros Marcados, 2012. p. 78.

[24] Anseume, William. Lingüísticos, literarios… y otros estudios culturales. Homenaje a Luis Barrera Linares., 2012, p. 537.

[25] Protesta del presidente Gallegos (1948). Documentos que hicieron historia 1810-1989 Vida Republicana de Venezuela. Tomo II. Presidencia de la República, 1988, p. 415.

[26] A la rebelión civil llama Acción Democrática (1952). Ibid., p. 428, 429.

[27] Comunicado de la Federación de Centros Universitarios sobre el desarrollo del conflicto estudiantil y la clausura de la Universidad Central (1952) Cómo Tumbar a un Dictador. Libros Marcados, 2012. p. 234.

[28] Blanco, Andrés Eloy. Obras Completas, tomo III-Discursos, Ediciones del Congreso de la República, 1973, p. 278.

[29] Consalvi, Simón Alberto. 1957: El año en que los venezolanos perdieron el miedo. Los libros de El Nacional, colección: Fuera de Serie. 2007, p. 126.

[30] Ibid., p. 93.

[31] Ibid., p. 97.

[32] Briceño Iragorry, Mario. Op. Cit., p.XIII

Trabajo Final.

Ya he colgado algunos de mis trabajos de la universidad aquí. No sé si dije por qué lo hago. No es para que todos elogien o critiquen mis ensayos. Es sólo porque estudio ingeniería y es muy poco probable -por no decir imposible- que mis ensayos vayan a trascender de alguna manera y por alguna razón me molesta pensar que trabajos en los que puse una gran cantidad de pensamientos y de investigación se vaya a perder. Puede que aquí nadie los vea de todas formas, pero me gusta tener agrupados todos estos documentos, que estén en algún lado además de en mi disco duro. Incluso he pensado en colgar mis informes técnicos; quién sabe si podrían servirle a alguien.

Ahora dejo un trabajo que, lo advierto, es bastante largo. Es largo porque es un trabajo final y valía 30 puntos. De esta misma materia tengo muchos escritos cortos que montaré en algún momento.

De la URSS al Socialismo del Siglo XXI: El arte como herramienta política.

Hace algún tiempo llegó a mis manos un libro de Vargas Llosa titulado La Civilización del Espectáculo, ensayo que hace una fuerte crítica a la “cultura” moderna, en la que cualquier libro es considerado literatura y todos los cuadros son arte. En su texto, Vargas Llosa analiza las diferentes causas que han colaborado en esta banalización de la cultura; por eso, no me sorprendí cuando, entre los últimos capítulos, encontré una mención al gobierno venezolano, en que lo tomaban como ejemplo de cómo la política puede destruir la cultura de un país[1]. Algunos días luego de terminar el libro, me encontré con un artículo de opinión en el diario El Nacional que hacía referencia a la reseña de una poeta alemana que visitó el país unos días por el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas; la escritora se dedicaba a contar su experiencia en la ciudad y criticaba numerosos factores que ya son cosa usual para los venezolanos[2]. Entre las cosas que más molestan a la alemana se encuentra el empeño del gobierno de “intentar vender propaganda como arte y así degradar el arte al nivel de propaganda”[3]. Finalmente, el texto de Borja[4] discutido en clases[5] terminó por afianzar la certeza de que debía escribir sobre este tema. Escribir objetivamente –intentar que sea objetivo- acerca de la propaganda mediática que el gobierno venezolano hace a través del arte desde hace algunos años. Es difícil escribir sobre política sin que las opiniones personales coloreen el texto, por esto usaré los textos mencionados anteriormente para matizar impresiones e intentar hacer una aproximación al asunto a través de comparaciones con el desarrollo artístico en la Rusia Soviética.

Me parece apropiado comenzar el análisis con una frase que estuvo en los inicios del proceso revolucionario venezolano: “Patria, Socialismo o Muerte”. La sentencia no carece de cierto ritmo, pensada para que resuene en nuestros oídos de manera profética, casi poética. Es precisamente esta característica la que acompaña a todos los actos del gobierno de Hugo Chávez de ahí en adelante (e incluso ahora) y que, como todo en política, tiene un sentido que va más allá de las palabras. Desde un principio, la Revolución fue pensada para romper con todo lo que no significara un avance al Socialismo del Siglo XXI y un primer paso consistía en inculcar en el pueblo un compromiso férreo con el proyecto, no había espacio para las dualidades: O estás conmigo o estás contra mí. Para lograr moldear esta clase de compromiso es necesario contar con la materia prima más poderosa: los sentimientos. Las pasiones. El amor –y el odio- de la gente era lo que necesitaba Chávez para comenzar a caminar hacia un control total de lo que pasaba en el país. Y en función de eso empezó a trabajar.

Comenzó con Simón Bolívar. Citándolo y ensalzado sus obras. Erigiendo monumentos y colocando pinturas en los Ministerios y espacios oficiales. Parecería un inocente e incluso adecuado tributo al Libertador, pero más que reconocimiento Chávez pretendía que Bolívar conquistara nuestros corazones. Es ésta una de las características que menciona Borja[6] en su texto cuando nos habla de Lenin erigiendo por toda Rusia monumentos a los héroes revolucionarios.

En su gobierno, Chávez buscó rodearse de personas que no sólo apoyaran la Revolución sino que demostraran un abierto afecto hacia él. El actor Sean Penn no dudó en llevarse un gran afiche del entonces presidente en una de sus visitas al país y de defender calurosamente tanto las bondades del Régimen como las virtudes de Chávez.

Por otro lado, el gobierno se valió de patrocinios para canjearse el apoyo de muchos artistas. Este es el caso de Gustavo Dudamel, el mejor director de orquestas venezolano actualmente. Una mente que ha brillado en el exterior es vital para la imagen del Régimen: es venezolano y es chavista. Tanto así, que en Enero de 2013, el director ofreció un concierto por la salud del presidente Chávez[7]. Como nos limitaremos al arte, no hará falta mencionar casos similares entre deportistas internacionalmente famosos; sin embargo, sí viene al caso los cantantes que abiertamente apoyaron el régimen como Hany Kauam, Omar Enrique, Roque Valero, el Potro Álvarez o Florentino Primera, por dar algunos ejemplos de la actualidad. Tal vez éstos no sean grandes y reconocidos exponentes musicales, pero son personas que desarrollan sus actividades en el terreno “despolitizado” de la música. Es decir, su apoyo es importante para este texto no basados en su nivel artístico sino debido a la esfera de donde proviene y a la esfera a la que se dirigen. Muchos de ellos han ocupado –incluso ahora- algún cargo en el gobierno.

Con los ejemplos dados hasta ahora es suficiente para hacer una pausa y comparar lo expuesto con el Realismo Socialista de la URSS. Tal vez la comparación no resulte evidente debido a que en los párrafos anteriores no hemos nombrado a ningún pintor y precisamente este inciso será útil para recordar que la comparación que aquí se hará no busca matizar el nivel de arte de cada país sino analizar el arte como herramienta política que se observa en ambos casos.

Borja cita en su texto acerca del arte en la Unión Soviética:

El realismo socialista, por ser el método de base a la literatura y de la crítica soviética, exige del artista una representación verídica, históricamente concreta de la realidad en su desarrollo revolucionario. Además, el carácter verdadero e históricamente concreto de dicha representación artística de la realidad debe combinarse con el deber de transformación ideológica y de educación de las masas dentro del espíritu del socialismo.[8]

Aquí encontramos una semejanza: La Revolución Venezolana busca, como la URSS, educar y conquistar. De hecho, los eventos culturales realizados por el gobierno están cada vez más politizados. Han dejado de ser espacios de creación y se han convertido en oportunidades de agradecer al Comandante y de reafirmar su legado. Pero sobre esto volveremos más adelante. En Venezuela, no todas las obras producidas y publicadas por los artistas tienen que cumplir con el adiestramiento revolucionario pero al menos la gran mayoría de las obras producidas por el gobierno lo hacen.

A partir de aquí nos resultará difícil establecer semejanzas con el sistema soviético. Tal vez la diferencia radica en que la URSS logró un cambio en el arte porque lo utilizaba para expresar una ideología profunda, que todos debían entender y abrazar. Chávez quería lo mismo, pero más que instruir acerca del Socialismo, él quería que amáramos la Revolución; no quería hacernos pensar, quería hacernos sentir. Esto se observa claramente en el hecho de que la Unión Soviética logró crear toda una corriente artística en la que las obras tenían tanto valor por sí mismas, que a pesar de ser herramientas políticas, no deslucían en sus cualidades. Borja nos dice:

Se suele considerar al arte Soviético una mera propaganda del régimen antes que arte como tal. Pero lo cierto es que la propaganda está dirigida a las masas y aunque la temática de una obra pueda resultar propagandística el valor estético no desaparece por completo.[9]

En Venezuela, ningún artista ha reflejado el valor de la Revolución a través de creaciones artísticas. Para lograr algo así, tendría que haber surgido en estos últimos años un artista como Alí Primera, cantautor de talento indiscutible y con abras abiertamente revolucionarias, pero éste es de una generación anterior, y no comparte espacio en estos párrafos con personajes como el Potro Álvarez o los Cadillacs. Por otro lado, entre los artistas que apoyan al régimen venezolano el más rescatable es Dudamel y éste, además de conciertos con propósitos partidistas, no ha cambiado la temática de sus interpretaciones ni se ha vuelto exponente de un tipo de música que pueda asociarse a alguna ideología específica; tanto en el exterior como en Venezuela, Dudamel sigue interpretando a los clásicos. Más aún, en el concierto dedicado a Chávez que mencionábamos anteriormente, Dudamel interpretó la Novena Sinfonía de Beethoven, una pieza, por cierto, muy poco revolucionaria.

Así, nos encontramos con una premisa importante: Venezuela no ha producido arte revolucionario. Por lo tanto, ¿de qué manera usan el arte como propaganda política?

Cuando hablo de arte, me refiero al significado literal de la palabra, todo lo que es considerado arte: literatura, pintura, música, danza, cine. Sin embargo, y como se ha podido observar, para Chávez y para los que vinieron después de él, el valor artístico era un elemento secundario, lo importante era el alcance de la herramienta. ¿Música? Para ellos era suficiente que Omar Enrique, Los Cadillacs y Hany Kauam compusieran “Corazón del pueblo”[10] como una muestra del talento venezolano. ¿Es esta canción fruto de la Revolución? Sí. ¿Es arte? No. Y como este, se multiplican los ejemplos. Como sucede con Patria, Socialismo o Muerte, la canción llegó a todos los rincones del país y se convirtió en un estribillo corriente en los hogares. No es mi intención expresar con esto que una expresión artística con contenido político deje por esto de ser arte o pierda valor; como se dijo anteriormente, mientras se comuniquen sentimientos e ideas y la composición tenga, de hecho, contenido, el uso que se le dé a la obra no va a menospreciar su valía. Para complementar esta idea, volvamos a la URSS. En su texto, Borja comenta:

Se puede tener la tentación de denominarlo arte oficial [al Realismo Socialista] pero sería una visión simplista ya que, el arte no estaba realizado por políticos sino por artistas que expresaban sus ideas y aunque atados a un método elegían la temática y la mostraban según sus ideas.[11]

En mi opinión, en el caso de Venezuela ocurre lo contrario: podemos llamarlo oficial, pero no podemos llamarlo arte.

Con esto claro, podremos pasar a una segunda cuestión: si la Revolución venezolana no está usando arte -arte verdadero- como propaganda política entonces, ¿qué ha estado ocurriendo con los verdaderos artistas, con los concursos literarios, con las presentaciones musicales? Xochil Schutz nos ayudará a aclararlo contando su experiencia.

La sala de aspecto señorial, amoblada con sofás de cuero, tiene aire acondicionado. En las paredes lucen pinturas, la más grande de todas muestra al presidente Hugo Chávez, fallecido en mazo de 2013[12]

Chávez muere e inmediatamente el retrato de Bolívar es acompañado por uno del ex-presidente. Esto es lo primero que nota la poeta alemana al llegar al aeropuerto Simón Bolívar para el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas.

A partir de aquí, comenzaremos a notar el uso que le da el gobierno de Maduro, aprovechándose de la figura martirizada de Chávez, a las imágenes. Ya no queda duda de que no es arte, es simplemente una reproducción constante y masiva de ojos de Chávez, de la firma de Chávez, del Corazón de la Revolución. Y aquí encontramos la última semejanza con el desarrollo del arte en la URSS: “Los que se quedaron [refiriéndose a los artistas] se dedicaron al diseño industrial para librarse de la represión”[13]

Sin embargo, de nuevo nos encontramos con que, a pesar de que la Revolución Venezolana busca lo mismo, en la práctica se aleja del método ruso. Mientras en la URSS “El Departamento de Bellas Artes, dependiente del Comisariado Popular de Cultura, inspirado por las ideas de Lenin abrió por toda Rusia museos fuertemente subvencionados en los que las obras eran seleccionadas minuciosamente[14], en Venezuela tenemos que conformarnos con la silueta de Chávez en las calles. Recientemente estuve en Barinas y me sorprendió lo mucho que aparecía la cara de Chávez en las paredes; su firma, no sólo en los edificios de Misión Vivienda, sino también en autobuses y tanques de agua. En las calles había más pinturas de los ojos de Chávez que letreros de señalización. A pesar de ser ésta una experiencia personal, es mejor apegarnos al testimonio de Schutz que, al ser alemana, proporcionará una visión mucho menos parcializada de la situación y que, siendo poeta, nos hablará desde el interior de la esfera artística venezolana.

Resulta que hay otra presentación antes de la mía: la de Chávez. En una pantalla gigantesca se le ve y se le oye, gesticulando de forma exageradamente sentimental, mientras recita un poema[15].

Durante su estancia en el país la poeta alemana trata de entender por qué un presidente muerto tiene que decir unas palabras antes de cada presentación. Por qué deben recitarse los logros políticos de un sistema en un festival de poesía. Por qué ella, que es poetisa y es alemana y no entiende de política venezolana ni conoció a Chávez, debe decir por radio las cosas que le agradece al presidente Chávez:

“Por la tarde tengo una entrevista con la televisora cultural más grande del país. Me dicen que debo decir frente a las cámaras lo que significa Chávez para mí. Me rehúso y le explico al empleado de la televisora que la poesía es independiente. Me ven con sorpresa”[16]

La crónica de la alemana responde mejor que cualquier cosa la pregunta planteada hace unos párrafos: El arte en Venezuela no está siendo restringido, pero es tomado y maquillado para que sirva a la Revolución. Los festivales no han dejado de hacerse, pero deben cumplir una serie de parámetros. En su relato, Schutz nos proporciona una imagen de cómo está siendo utilizado el arte “verdadero”.

La Revolución toma todo: lo sencillo y lo profundo, herramientas nuevas y recursos milenarios, imágenes simples y organizaciones complejas, y los pone a su disposición. En Venezuela no se usa el arte como propaganda, pero la propaganda acapara el arte.

En Venezuela no se está utilizando arte para fortalecer la Revolución. Se están utilizando imágenes y referencias populares para promover un sentimiento; para que no olvidemos. La parametrización de lo que debe ser el arte en una sociedad -como se hizo en la URSS- está mal, pero tal vez sea peor, como dijo Schutz “intentar vender propaganda como arte y así degradar el arte al nivel de propaganda”[17]. Si hubiese arte podríamos rescatar algo de todo esto, pero al gobierno sólo le interesa que sus imágenes se reproduzcan rápidamente, que lleguen a todas las casas –a todos los corazones-. Las imágenes de la Revolución, como el Realismo Socialista –salvando la inmensa distancia entre ellos- deben ser sencillas, entendibles, familiares. El gobierno quiere recordarnos por qué la Revolución es buena, pero no debe ser algo con sentido artístico –o con cualquier sentido- porque entonces podríamos comenzar a pensar.

No. El gobierno venezolano no está usando el arte como propaganda; pero hacen algo más. Ellos conocen la influencia de unos ojos que lo ven todo, como el Gran Hermano de Orwell. Reconocen la magia de una firma, que puede tomar posesión de un edificio y de todos los que viven en él, como si firmara un contrato: esta casa por tu voto. Son conscientes del poder de la imagen, de la música, de la palabra. No. En Venezuela no se hace propaganda política con el arte, pero se hace algo más que propaganda y este es un hecho igual de alarmante.

Por esto, a diferencia de la URSS, en Venezuela sigue habiendo buen arte que, siendo ignorado por el gobierno, se mantiene libre. Además, las redes sociales y el internet contribuyen a dificultar la monopolización del arte. A cada momento surgen artistas innovadores que no pueden ser utilizados para dar un mensaje. Artistas virtuales que sólo son conocidos en la red. Tal vez estemos lejos de marcar una corriente, como los artistas de la URSS, pero no estamos más cerca de perder la esencia que nos caracteriza como venezolanos. De pensar, innovar. De crear.

Dámarys C.

[1] Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo. Alfaguara, 2012, p. 120.

[2] Schutz, Xochil, (2013, 14 de Octubre). Visiones desde el primer mundo. El Nacional:  http://www.el-nacional.com/opinion/poeta-Caracas-visiones-primer-mundo_0_280172261.html

[3] Ver Schutz, Xochil. Visiones desde el primer mundo.

[4] Borja, Santiago. El Realismo Socialista; la pintura al servicio de la política. Thaumazein N°2, 2011, pp. 26-31.

[5] Arte y Política (CSX-565). Caracas, Universidad Simón Bolívar. 2015.

[6] Borja, Op.Cit., p. 28.

[7] AVN (2013, 10 de Enero). Dudamel ofrece concierto en apoyo a Chávez. El Nacional: http://www.el-nacional.com/escenas/Dudamel-ofrece-concierto-apoyo-Chavez_0_115790954.html.

[8] Estatutos de la Unión de Escritores Soviéticos, 1932. Citado por Borja, Op.Cit., p.26.

[9] Borja, Op.Cit., p.27.

[10] Kauam, Hany. “Corazón del Pueblo”. En todas partes. 2009

[11] Borja, Op.Cit., p.27.

[12] Schutz, Op.Cit.

[13] Borja, Op.Cit., p.29.

[14] Borja, Op.Cit., p.28.

[15] Schutz, Op.Cit.

[16] Ibid.

[17] Ibid.

Ellos

Viendo el circo de la Asamblea Nacional ayer, recordé lo mal que estamos. No me malinterpreten, yo también estoy feliz por los 112; yo también tengo fé y esperanza. Pero lo que vi ayer, los insultos, la falta de respeto, la grosería y el poco interés me hizo ver lo lejos que estamos del cambio. Tal vez me equivoque, pero ayer no se habló del país. no culpo a Borges o a Allup, ya sé que era necesario marcar la pauta desde el principio, pero aún así. Creo que todos les guardamos un poco más de rencor a los-que-no-deben-ser-nombrados, todos pudimos ver su desinterés por la patria, su rechazo al progreso, su miedo a la luz. Una vez más, los culpé de todo. A través de una pantalla, con un océano de distancia, no podía dejar de pensar en su culpa. No quiero sonar exagerada, pero los odié. Porque ellos han tenido mi futuro en sus manos durante 15 años. Son responsables no sólo de la inflación y de la escasez sino de la profunda crisis social que atraviesa nuestro país. Son responsables de la ignorancia, del odio, del resentimiento, del miedo y de la envidia.

El problema de nuestra generación -un problema del que no somos propietarios-  es que lo tuvimos todo y luego no tuvimos nada; y que nos quitaron todo sin explicaciones, sin causas nobles -como las que supuestamente justifican una guerra- Nos dijeron: “tener dinero es malo; tener educación es malo; pensar es malo; la cultura y el arte son malos. Es malo tener más que los demás, así sea fruto del trabajo honesto”. Nos dijeron: “La Cuarta tuvo la culpa y por eso ustedes no tendrán nada”. Ellos profetizaron: “No importa que estudien y que luchen y que lloren, su destino será que sus mismos hermanos se alcen contra ustedes y les quiten todo; y habrán muertes y nadie responderá por ellas. No podrán salir a la calle en su propia tierra y tampoco podrán escapar a otra. Deberán hacer colas y perderán su dignidad en ellas. Lucharán por el café y por el jabón. Cometerán fraudes y chantajes por el azúcar y la harina. Su dinero no valdrá nada. Los peródicos desaparecerán, los hospitales se derrumbarán y las escuelas perderán su propósito; y aquellos que puedan, tratarán de huir. Se avergonzarán de su país”. Nos condenaron cruelmente cuando nuestra generación todavía no podía hacer nada para detenerlo. Nuestros abuelos tuvieron el privilegio de sufrir con valentía ante una dictadura que los enfrentaba sin tapaderas, podían rebelarse porque sabían de donde venían los golpes. Sabían cómo luchar. Pero nosotros, ¿qué podemos hacer ante una plaga que se disfraza de bienhechor? ¿Cómo nos defendemos sin formación, porque ellos violentan los colegios y las universidades; sin recursos, porque todo está fuera de nuestro alcance, y sin herramientas políticas, porque nunca hemos conocido otra cosa que esto que nos rodea? Vivimos en tiempos de guerra, sufrimos por capricho de ellosun grupo de personas que sólo quiere beneficiarse e implantar un sistema que no entienden y que no les importa. Una ideología se puede debatir; una mentira no.

Incluso si antes la vida era peor, ¿por qué a nosotros no nos permitieron cometer nuestros propios errores? Esta tortura es impuesta e inmerecida. No nos la ganamos y no nos corresponde padecerla. En una entrevista a José Agustín Catalán, el editor de la democracia, le preguntan: ¿Merece el pueblo este gobierno? y él responde: “Las nuevas generaciones no son culpables”. No, no tenemos la culpa, no votamos por esto, nunca lo quisimos; pero aquí estamos.

No somos egoístas, sí pensamos en los desvalidos; el problema es que los que antes sufrían, ahora también sufren y de peor manera porque están amordazados. Hay igualdad: nadie está seguro, todos tienen miedo.Todos tienen lo mismo: no comida, no educación, no salud, no entretenimiento, no dinero, no trabajo, no oportunidades.

¿Que nuestra generación no ha sufrido? No podemos luchar por nuestros sueños, porque si estudias 5 años en una universidad no habrán empleos para recompensarte. A nosotros no nos funciona la vieja receta de estudiar, trabajar, comprar un apartamento pequeño, un carrito e ir escalando, trabajar por lo que quieres; porque aquí no hay apartamentos ni carritos ni trabajos. No tenemos comida, no tenemos ropa, no tenemos lujos. Sí, sé que podría parecer que me quejo sólo porque no tengo comodidades pero, ¿qué tiene de malo estar de luto por todo lo que me han quitado, cuando sé que me lo merezco? Mis padres no tenían nada y trabajaron muy duro para darme lo mejor dentro de sus capacidades y todo para que ellos decidan que está mal que a mi me guste comer nutella, o querer un carro, o usar ropa de marca y que es tan malo que mejor lo sacan de la escena. El problema es que no solamente nos han quitado las posibilidades sino que muchos han perdido también la esperanza. En este país disfuncional nada tiene sentido ¿cómo encajamos aquí? Tal vez los lujos no sean indispensables para vivir pero son un símbolo de nuestra libertad, de nuestro trabajo; representan un mundo al cual queremos ingresar y al que, por ahora, nuestra generación no tiene acceso. Eso es lo cruel.

A ellos les digo: ¿son conscientes del daño que nos hacen? ¿no les duele su país? Podrían estar condenando a toda una generación ¿Les importa? ¿pueden dormir en la noche? Les pregunto, ¿saben cuánto le va a costar al pueblo venezolano recuperarse de esto? Díganme, ¿a que país primer mundista piensan escapar cuando acabe esta Época Oscura?. Sólo quiero entender. ¿Creen que esto es lo correcto? ¿Permiten que sus hijos y sus nietos salgan solos a la calle? ¿Salen ustedes sin guardaespaldas? Disculpen mi insistencia, pero tengo que preguntar, ¿cómo le van a explicar a sus hijos pequeños que trataron de asesinar a Venezuela? ¿Les van a decir, acaso, que tienen la sangre de millones de venezolanos en sus manos, que sabían lo que estaba pasando en el país y que no quisieron hacer nada al respecto? A veces quisiera preguntarle a sus familiares si saben lo que hacen, si lo aprueban, si no les da verguenza, si les dicen que aprovechen mientras puedan, si los ayudan.

Los culpo a ellos de todo. Que lo venezolanos somos flojos, que somos pícaros, que somos aprovechadores, que somos cómodos, que somos tercermundistas, que no hay cultura, que tiramos basura en las calles, que no cuidamos nuestros espacios, que no leemos, que no buscamos, que no insistimos. Que no luchamos. Con todo y eso: los culpo a ellos.

Porque vale la pena tenerlo cerca

Hay algunos extractos literarios que vale la pena tener cerca para leerlos de vez en cuando, para que nos aparezcan de repente cuando menos lo esperamos pero más lo necesitamos. Ya que saqué de mi estantería Falke, para escribir la entrada recién publicada, aprovecho para compartir unos de mis fragmentos favoritos:

En una de nuestras conversaciones usted me preguntó por qué acepté el puesto en el hospital psiquiátrico de mujeres de San Baudilio de Llobregat. Le aseguro que las ventajas no fueron económicas. La verdadera razón es que se trataba de un magnífico sanatorio, que surgió de una estructura completamente anticuada, propiedad de una congregación religiosa que, como usted bien sabe, creen ser las “amas de las almas”. Yo quería no sólo ver, sino ser parte activa en la lucha que emprendía un psiquiatra moderno para transformar algo prehistórico en una institución racional. Cuando el Dr. Mira llegó a dirigirlo, era un manicomio que estaba saliendo de la inquisición: exorcismos, brujas y cadenas incluidas. Participar en esa aventura ha sido fascinantes y hoy puedo decirle, sin andar por las ramas, en qué consiste esa fascinación: ¿no cree usted que Venezuela es también un prodigioso manicomio?.

Ciertamente no llegué a Llobregat buscando un laboratorio para estudiar a nuestro país, lo que sí puedo asegurarle es que poco después de estar en aquella república de mujeres exaltadas comencé a darme cuenta de ciertas similitudes. Particularmente de un síndrome que es endémico en nuestro manicomio [Venezuela]: la histeria.

Estudiando lo escrito sobre esta enfermedad -que solemos achacarle, injustamente, solo a lo femenino-, he encontrado que la histeria viene a ser la antítesis de la historia, por consistir en una condición que bloquea la posibilidad de entender el sentido y las lecciones de nuestros fracasos y limitaciones. Dice un investigador que la histeria es como una plataforma donde rebota todo lo que acontece, impidiendo que lo vivido pueda transformarse en experiencia. Esto hace que nos quedemos continuamente en la superficie, sin llegar jamás a profundizar, sin llegar a tener una visión interior, sin unir nuestro pasado a la historia del hombre sobre la Tierra. Tenemos pues que Venezuela es un país histérico sometido a una repetición infernal. Nuestra mayor pobreza es carecer de una verdadera historia de nuestro empobrecimiento.  Y perdóneme el enredo.

¿Qué hacer entonces? No se imagina cuánto sufro con esta pregunta. Creo que he desarrollado una paranoia contra la política, por reconocer en ella nuestra faceta más histérica.

He visto a mis compañeros totalmente acaparados por la política, hasta el punto de olvidar que se encontraban en Europa y que debían aprovechar su permanencia para tratar de prepararse técnicamente en cualquier cosa. Los oigo hablar de lo que hace falta, de lo que hay que hacer, de lo que hay que llevar a Venezuela, pero ninguno trata de adquirir el mínimo conocimiento para intentar suplir las deficiencias que reconoce. Observo cómo las nulidades, los incapaces de adquirir por un trabajo serio y prolongado la más simple herramienta de trabajo, se convierten de la noche a la mañana en personajes importantes que lo saben todo, que tienen soluciones para todo, que todo lo pronostican, la mayor parte de mis compatriotas carece de la preparación intelectual para hacer el más insignificante trabajo de asimilación, de digestión, de adalptación.

F. Vegas. 2005. FALKE. Editorial Alfa. Pg.465.

Sé que no es exactamente un pequeño fragmento. De hecho, me da un poco de miedo el hecho de estar cayendo en el plagio o en la reproducción ilícita del libro. Pero es tan preciso de principio a fin que no me decidía a recortar ninguna línea o ninguna palabra.

No se imaginan la impresión que sufrí al leer esto; era como leer mis pensamientos, y no digo que yo pudiera expresarlos de manera tan exacta y tan hermosa, ni usando la metáfora de la histeria, pero es exactamente eso lo que siempre pienso. Fue todo un descubrimiento ver en papel estas palabras que tantas veces pasaron sin forma, como humo, por mi mente. Y sé que no soy la única. Muchos de mis compañeros piensan igual y a ellos y a todos les recomiendo este maravilloso libro porque todas las páginas están llenas de historia y de pensamientos valiosos, sean de Rafael o de Federico.

Cómo quisiera que la gente leyera esto y lo internalizara porque sé que no ofrece soluciones pero el principio de todo está en el reconocimiento y lo primero que debemos hacer es reconocer la raíz de nuestro problema y lo ridículo de nuestra situación.

Dámarys C. 

Agresiones a la Universidad Venezolana.

He pasado bastante tiempo sin escribir, y no precisamente por falta de ideas; a pesar de que yo me excusaba pensando que ésa era la razón. Es curioso como siempre tengo mil cosas en la cabeza, pero sólo cuando abro el blog y toco el teclado me doy cuenta de que puedo materializarlas. Tenía meses sin dejar de pensar en un libro que leí; meses quejándome del asalto a la autonomía universitaria y meses pensando en la contradicción de querer luchar por todo pero deseando irme de aquí para no vivir lo que viene. Meses y meses, y sólo ahora me doy cuenta de que cada idea viene unida a las otras. Lo lamentable es que esta será una entrada muy larga si no consigo la manera de exponer las cosas ordenadamente.

Primero lo primero. El libro: Falke, de Federico Vegas. Es un libro mitad histórico mitad novela. No puedo etiquetarlo de novela histórica porque los capítulos están divididos de forma que es posible decir qué fue agregada por Federico y qué viene de la pluma de Rafael. Se trata de una recopilación de cartas y manuscritos de un muchacho de la generación del 28, que se exilió en París y que regresó a Venezuela en un barco llamado Falke, para luchar contra Juan Vicente Gómez. Así, el libro cuenta, algunas veces de primera mano y otras veces desde la interpretación del autor, la travesía de unos estudiantes universitarios en París que deciden dejarlo todo para luchar por su país en una expedición que estaba condenada desde su concepción. El libro es muy bueno pero lo que lo hizo tan especial para mí fue que llegó a mis manos no por una recomendación o por una crítica, ni siquiera había escuchado nunca de su autor; llegó a mi como por magnetismo: entré a la librería y fui directamente a él, sin ninguna razón -la portada no es tan atrayente- y aún sin haber terminado de leer la contraportada, decidí que me lo llevaría y que lo colearía en la lista de libros por leer; sabía que lo leería y que no podría dejar de pensar él. Todo esto lo supe en el tiempo en que leía su resumen -y eso que el resumen no es ni la mitad de claro que como yo lo estoy expliqué acá-. Sabía que sería un libro especial. Pues bien, no creo que haya sido casualidad que llegara a mí justo cuando el año pasado los estudiantes tuvimos la intención de revelarnos ante un régimen dictatorial mucho más dañino que el de Gómez. El libro llegó a mis manos cuando en mi cabeza siempre está presente el pensamiento de que somos impotentes, más débiles aún por el hecho de no hacer nada. Leía y leía, y todos los pensamientos -reales- de Rafael Vegas, tenían un reflejo en los míos.

Recuerdo el libro hoy, cuando me entero de que ayer, 7 de Julio, el Tribunal Supremo de Justicia emitió una sentencia ordenando a las universidades públicas aceptar al 100% de sus alumnos a través del sistema de asignación de cupos del Estado, Opsu, que además fue modificado, haciendo que el sistema de ingreso dependa en 50% del índice académico. 30% de la situación socioeconómica, 15% de la zona del país donde vives y 5% la “participación en actividades extracátedra en la comunidad”. Me indigna enormemente el sólo hecho de recordar esta violación a la autonomía universitaria, a la autonomía de un país. Es un insulto contra todos aquellos que se matan estudiando, contra todos aquellos que tal vez no estudien tanto pero que son brillantes, contra todas aquellas personas en Margarita, Barquisimeto, Puerto la Cruz, Maracaibo, que quieren estudiar en la UCV o en la USB en Caracas; es una imposición cruel, clasista, excluyente. Es humillante que desprecien nuestro intelecto al justificar su delito diciendo que este sistema de ingreso es incluyente pues la única forma justa de entrar una Universidad es por tu capacidad académica y no por considerar cuánto tienes en el banco o en dónde vives. Esto quiere decir que si yo tengo un promedio de 20 puntos pero vivo en Las Delicias, en Maracay, mis padres son profesionales, tenemos casa y carro propios, estudié en un colegio privado y nunca he ido a pintar las paredes en un barrio, tengo solamente 50% de probabilidades de estudiar en la Universidad Simón Bolívar, cuna de mentes brillantes, Casa de Estudio cuyo sistema de ingreso actual es perfectamente legítimo y funcional ¿es eso justo? ¿es eso incluyente? No. Dicen que es para evitar la corrupción y venta de cupos en las universidades públicas pero en la Universidad Simón Bolívar nunca se ha vendido un cupo, ni siquiera es posible comer dos veces en el comedor porque todos los sistemas son computarizados. En una universidad donde el mayor mérito no es ni siquiera el promedio de bachillerato sino haber entrado por prueba interna. Ellos dicen que evitan la corrupción pero lo cierto es que están pagándole a sus votantes con cupos en la universidad; ellos están regalando cupos, ellos son los corruptos. Ellos son los que quieren politizar la esfera académica, tener militantes dentro de un ámbito que es, y siempre será, opositor. Quieren destruir una comunidad educada que cuestiona, investiga, critica.

Quisiera tener la valentía de Rafael Vegas y sus compañeros, a pesar de que fracasaron muchas veces. Quisiera tener su fuerza y su disposición. ¿Cómo, nosotros, estudiantes universitarios, personas educadas e inteligentes, con valores y principios, cómo podemos permitir que esto pase? Y al mismo tiempo ¿qué podemos hacer?

Al principio hablaba de una contradicción. Hablo de valentía y de indignación pero este año, Dios mediante, cursaré en Cracovia el último año de mi carrera. Sí, aprovecho la primera oportunidad para salir de aquí y mi único miedo es que la destrucción de las universidades venezolanas ocurra tan rápido que al llegar de Polonia, la USB no exista y no pueda graduarme. Lo digo con dolor pero también con vergüenza, porque es verdad. No sé si pueda hacer algo al respecto, pero la realidad es que no estaré aquí para intentarlo, y no me arrepiento.

Temo por mi país, porque la Universidad venezolana es la única bola de cristal que augura un futuro mejor. Es aquí donde podríamos conseguir esperanza y también nos la quitan. Temo por el futuro de los niños venezolanos. Pero repito ¿qué podemos hacer? Me pregunto a mi misma: ¿qué puedo hacer?.

Siento mucho que esta entrada haya revelado mi cobardía y mi desesperación; parece más digna del cuadernito que de este blog, pero como siempre digo: aquí escribo lo que los demás puedan entender y estoy segura de que todos los estudiantes venezolanos sienten algo similar.

Una última acotación: el barco de Rafael Vegas y sus compañeros zarpó de Cracovia. Quién sabe, tal vez me consiga mi propio Falke.

Cada día me convenzo más de la ineficiencia del civismo en Venezuela. Sin diez mil bayonetas atrás no hay ideología que salga adelante. El camino que nos queda es el de la acción. He aquí el abismo: la mayoría de nosotros, por la educación, el género de vida, y hasta por nuestras mismas ideas, está incapacitado para actuar a fondo.

Vegas, F; FALKE. (2005) Editorial Alfa. Pg. 404.

Dámarys C.

Semana Santa

Religión y política. Por más que queramos, es difícil dejar de girar alrededor de estos temas: uno por universal y el otro por necesidad. Y es que ambas cosas exponen nuestras facetas más humanas y vulnerables; hablar de religión y política -abierta y sinceramente, escuchando de verdad- puede revelar muchas cosas de una persona: lo que admira, lo que teme, lo que sueña.

Hoy quiero hablar de religión. De mi religión.

La semana santa es -junto con la navidad- una de las épocas del año donde los católicos reafirmamos nuestras creencias. En la navidad nace el hijo de Dios y para celebrarla apropiadamente hay que reconocerlo como tal. En la semana santa conmemoramos el martirio y celebramos la resurrección de Jesús, actos nada pequeños que lo certifican como Dios. Además de la celebración, se cumplen una serie de reglas: no se puede comer carne los viernes durante 40 días (Cuaresma) ni el jueves y viernes santo. Se recomienda también hacer pequeños sacrificios de cosas que disfrutemos. También están el miércoles de ceniza, el domingo de ramos y otros días conmemorativos importantes de los cuales desconozco el origen y el significado. Este desconocimiento es una de las cosas que me hizo escribir esta entrada. En la cuaresma siempre me pregunto por qué estará mal comer carne y pollo los viernes; y lo hago pero, si no entiendo por qué, no creo que esté cumpliendo demasiado. Mas aun, no creo que semana santa sea coincida con la fecha de los acontecimientos que celebramos, al igual que es difícil que tantos años después se haya mantenido que la fecha del nacimiento de Jesús es el 25 de Diciembre. Otra factor que me puso a pensar fue la lectura de Villette, última novela de Charlotte Bronte; en ella, se hace una fuerte crítica al Catolicismo solemne y ritual, con kilos de oro y plata en las iglesias, con jerarquización del poder, entre otros elementos imposibles de negar. Me he dado cuenta que, del Catolicismo, me cuesta creer muchas cosas, niego rotundamente otras cuantas y me averguenzo un poco de algunas. Todo esto podría parecer una nota explicativa antes de volverme musulmana, pero no es así. Si alguno de mis familiares -todos profundamente católicos- está leyendo esto, le pido que respire y lea hasta el final.

Quise escribir para ordenar las ideas que vinieron en mi ayuda a la hora de explicar las dudas arriba planteadas. Que  las fechas importantes que celebramos no coincidan con los sucesos originales es un hecho, porque la Semana Santa nunca cae en la misma fecha pues está sujeta al calendario católico en el que las fechas se establecen por la cuenta de días: 40 días de cuaresma, tantas semanas de tiempo ordinario, etc. Pero esto no tiene importancia porque para los católicos lo importante es no olvidar que Dios se hizo hombre, sufrió, murió y resucitó. Todos los años lo recordamos, hablamos de eso en misa, le dedicamos pensamientos, cumplimos promesas… esta periodicidad reafirma nuestra fe, nos recuerda nuestras creencias más importantes y no importa en qué fecha del año hagamos esto. En cuanto a la comida y al ayuno: no creo que comer carne o pollo en un viernes de cuaresma me haga mala persona o mala creyente. Siempre trato de cumplirlo porque es una tradición y precisamente tratando de cumplirlo me di cuenta de que ayunar da muchas lecciones: aprender a sacrificar algo que, además, ni siquiera es un gran sacrificio porque se puede comer cualquier otra cosa; aprender a respetar las tradiciones, aprender a ser más comedidos, menos despilfarradores, más desprendidos. Además de la carne, los sacerdotes sugieren también hacerlo con cosas que nos gustan mucho. Sí, los rituales son solemnes y son majestuosos, pero no creo que esté completamente mal alabar a Dios como el rey que es, claro que ésta no es la única, ni siquiera la mejor, pero es una forma.

Siempre hay dudas. Para mi es claro como el agua que Dios existe pero ¿y lo demás? Que Dios exista no quiere decir que necesariamente vaya a haber un paraíso después de la muerte; para mí que Dios exista le da sentido a kas cosas, que todo tiene una razón. El paraíso, el infierno, el purgatorio, el ayuno, la cuaresma.. a mi parecer son todas cosas útiles pero no necesarias. Si todo eso no existiera, yo aun creería en Dios. No sé si esto es bueno o es malo. Son los preceptos de mi Iglesia y no reniego de ellos; y como es cuestión de elegir, yo elijo creer. Estas ideas me han hecho quien soy y las recibo con los brazos abiertos. Sin embargo, si alguien no cree en nada de lo anterior y es una persona honesta, trabajadora, servicial, empática y misericordiosa, seguiré pensando que está en el camino de Dios. Las costumbres no son universales pero conllevan valores humanos que todos debemos buscar.

A pesar de no estar completamente segura del significado de algunas cosas de mi religión, creo que sus elementos tienen un propósito importante, si quieres encontrarlo.

Las que SÍ.

Para continuar la entrada anterior, las que sí sirven. De hecho, pude haber omitido la entrada pasada: ¿a quién le interesa leer cosas aburridas sobre series aburridas? Pero algo tenía que hacer con la cantidad de opiniones recolectadas en verano, más aún cuando pocas personas comparten mis gustos en series (tanto los buenos como los malos)

En estos meses pude ver muchos de los estrenos de la temporada televisiva y completar algunas series cuyas temporadas me habían dejado atrás. Hablemos ahora de las que, en mi criterio, valen muchísimo la pena:

Orphan Black, The Americans, House of Cards, True Detective son algunas de las series que actualicé y la segunda temporada (da la casualidad que todas están en su segunda temporada) fue brillante en cada una de ellas. Orphan Black a veces se complica tratando de dar profundidad y moralidad a su excelente historia de ficción pero Tatiana Maslany tiene la capacidad suficiente para proporcionar en cada uno de los clones ese toque emocional que le hace falta, porque creo que aunque quieran enfocarse en la ética de la clonación, su aspecto más fuerte es el emocional a través del vínculo entre las “hermanas”. El humor es excelente y, como yo casi no veo series de comedia, me encanta una serie de drama que me haga reír.

The Americans parte de una historia fenomenal: la guerra fría. Es una temática poco explotada en los últimos años y las complicaciones familiares de los agentes rusos hacen que no te puedas despegar. Sin embargo, no me gustó ese último giro de apropiarse de los hijos de los agentes, más aún cuando falta tan poco tiempo (históricamente) para que la Unión Soviética se quiebre. Me parece que es una pobre excusa para sacar la tercera temporada; tal vez hubiese sido mejor seguir con la línea del uso de la influencia que tanto América como la Unión hacían en los países latinoamericanos. Aun así, una serie sensacional.

House of Cards es una imprescindible. A diferencia del gran defecto de The Last Ship, en HOC sí que le dan duro a los americanos. Nada de altruismo, ingenuidad, nobleza o sacrificio: los políticos en la Casa Blanca son tan corruptos como en cualquier país tercermundista. Que tienen más trabas, es verdad; que las leyes están mejor formuladas, es verdad; que sí hay separación de poderes, es verdad. Pero no dudan en mostrar claramente las mentiras, los sobornos, el tráfico de influencias. Hay quienes puedan admirar a Francis por su carácter implacable, pero yo creo que sólo es un ejemplo de las razones por las cuales vivimos en medio de una crisis económica mundial; sólo una de las consecuencia de nuestra descomposición moral.

De True Detective no hay mucho que decir. Es una obra maestra. Lenta como pocas, no había encontrado una serie que me obligara a verla sólo para escuchar los monólogos de los protagonistas ¡y qué monólogos!. Además del sexy de Matthew, por supuesto. Para los que la rechacen por tener en su título la palabra detective (aunque a estas alturas no creo que nadie la rechace) no teman. El crimen es lo de menos en esta serie. De verdad, de verdad y por favor, no dejen de verla.

Pero los estrenos también trajeron buenísimas noticias: Penny Dreadful, Manhattan, The Knick, Halt and Catch Fire, The Leftovers…

Vamos, ténganme paciencia, trataré de no extenderme.

Si cuando les diga que aparecen Dorian Drey, Drácula (el verdadero, el de Mina), un hombre lobo, una espiritista y Frankestein todavía no quieren ver Penny Dreadful, no puedo convencerlos con nada más. Claro, también está la maravillosa ambientación victoriana y las sólidas actuaciones. Otra serie lenta, eso sí. Pero hermosa. Esa es la palabra, esta serie es hermosa para la vista y el oído. Si alguien es como yo y no son muy dados al terror, les digo: el terror es el segundo plato de esta pieza. Creo que no es para todos los gustos, lo admito; pero eso no la desvaloriza para nada.

¿Manhattan? tal vez no hayan oído de ella; de hecho, no tiene más de cinco capítulos pero por lo que lleva, se merecee un aplauso. Sí, como debieron haber pensado se trata del Proyecto Manhattan, el de la bomba atómica. Nos cuenta la historia de su creación, dando especial énfasis a las relaciones personales, matrimonios, debates morales y la convivencia de un montón de científicos en un pueblo fantasma. Contando con la presencia de Oppenheimer y Bohr, a una pobre estudiante de ingeniería no podía dejar de llamarle la atención.

Halt and Catch Fire nos lleva a los años 80 y la creación de las primeras computadoras portátiles. Con personajes extravagantes, complejos y muy reales. Un hilo argumental poco frecuentado pero con muchísimo potencial, un potencial que, creo yo, supieron aprovechar.

Y ya casi para dejarlos en paz, hablemos de The Knick . Lo repito por tercera vez: si le huyen por ser otra serie de médicos, están equivocados. Porque, como lo dice su publicidad: los médicos de antes no eran como los de ahora. Las monjas son distintas, las enfermeras tienen otro papel y así para cada una de las esferas de acción. Es resaltable la fidelidad con la que presentan los procedimientos quirúrgicos de principios del siglo pasado. Nada de ocultar la sangre, los órganos o las manos en la mesa, tienen un papel fundamental en la serie. Se esmeraron en representar no sólo las carretas y los vestuarios, sino los instrumentos médicos, las camillas, las dificultades morales y, cómo no, el racismo que se encontraba hasta en el norte de los Estados Unidos.

Y ahora sí, la última: The Leftovers. Es el estreno de HBO para esta temporada y la cadena que no es televisión no se equivocó en apostar por ella. Yo no viví en la época de Lost, pero he oído por ahí que se le parece mucho; claro, es del mismo creador (si eres fan de Lost y no has visto The Leftovers, deja de leer y corre a verla). Se centra en los dejados atrás por la desaparición espontánea que se llevó al 2% de la población mundial. Todos estas desgarrados, desorientados y sufriendo. La serie hace que nos pongamos en el lugar de varios personajes para entender cómo les afectó la partida. La primera temporada no dejó mucho en claro (afortunadamente ya confirmaron la segunda) pero un mensaje que sonó fuerte: No podemos olvidar. No podemos olvidar el dolor, la pérdida, el abandono… una serie como sólo HBO sabe hacerlas; eso sí, leeenta y con muchas incógnitas. Si van a verla (y espero que lo hagan) les recomiendo que se sienten tranquilamente y con paciencia a disfrutar de las actuaciones, la banda sonora y un misterio delicioso.

¡Ah! Me faltó Masters of Sex, pero seguro que no quieren leer más. Sólo decir que ésta temporada (la segunda; debería ir en el paquete de más arriba) es mucho más dinámica que la anterior. Que todavía se mantiene con el listón alto y tiene todo el mérito del mundo para estar en esta lista.

Sin más con qué molestarlos, hasta aquí llego (esperando pacientemente la temporada de Otoño).

Dámarys C.

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